La libreta del hambre
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    Cuba, Ciudad Amargura

    2005-10-26 elmundo.se

    Llegamos a La Habana sin intención de pisar Varadero. Creíamos que ir
    equipados únicamente con una mochila de menos de 9 kilos nos iba a
    permitir conocer el otro lado de la Cuba turística. Sin prejuicios
    políticos, sin planes predeterminados, y con alojamiento en casa de una
    amiga española que trabaja en la capital como cooperante en un organismo
    de Naciones Unidas.

    Pero Cuba es demasiado complicada para tratar de conocerla de paso, y el
    choque ha sido tan enorme que muchas cosas, desde nuestra percepción del
    , hasta nuestros principios sociales y políticos, han quedado
    tambaleantes.

    Para llegar de la zona residencial de Vedado a la popular Habana Vieja
    hay dos rutas posibles: o paseas por el malecón, o te das un baño de
    realidad por Habana Centro.

    Caminábamos sin rumbo hasta que se nos acercaron los primeros jineteros.
    Mareados por el calor y su discurso nos dejamos arrastrar por las calles
    más sórdidas de la ciudad. Podían habernos sacado hasta las uñas, pero
    tuvimos suerte y nuestro primer contacto con la picaresca caribeña solo
    nos costó 5 pesos convertibles – CUC (poco menos de 5 euros). A cambio,
    y sin ser la intención de nuestros improvisados guías, tuvimos una
    primera impresión del día a día habanero que condicionó el resto de
    nuestras percepciones sobre la realidad de la Revolución más
    institucionalizada de la historia.

    Conocíamos los cinturones de pobreza que rodean México D.F, y los
    ranchos de Caracas… pero nunca habíamos visto favelas con escalinatas de
    mármol. Ninguno de nuestros conocidos que habían visitado Cuba antes que
    nosotros había hablado de otra cosa que no fuera la alegría cubana, la
    salsa, el ron, la fiesta, el Caribe. También es cierto que nadie había
    mencionada el sexo, así que deberíamos haber sospechado que nos
    ocultaban datos.

    Caminamos en medio de un olor pestilente, observados por gente que bebía
    en las puertas de los “solares”, mansiones ruinosas donde habita una
    familia por cada cuatro paredes — incluyendo lo que en un pasado fue un
    descansillo al mejor estilo colonial- y donde se comparten hornillos y
    retretes. Nos dejamos arrastrar hasta el edificio donde se rodó Fresa y
    Chocolate, al que nuestros “guías” nos llevaron convencidos de que era
    eso lo que queríamos ver como buenos Europeos con Mochila. Mientras
    ellos se esforzaban en asociar las distintas estancias con los decorados
    de la película nosotros veíamos el interior de las casas/cuarto,
    preguntándonos donde coño ha estado toda esa gente que dice que no hay
    miseria en Cuba.

    Llegar a la Habana Vieja fue como llegar a un parque temático. Casas
    majestuosas, calles limpias, vigilancia policial que pretende limitar el
    trato entre cubanos y turistas… Porque los cubanos son las víctimas
    caribeñas del apartheid del siglo XXI. Hoteles para turistas, autobuses
    para turistas, tiendas para turistas… un mundo aparte al que los
    nacionales tienen prohibida la entrada. Y ni siquiera es cuestión de
    poder adquisitivo, con todo lo rechazable que es el clasismo. Es algo
    aún peor. Los cubanos a los que les preguntamos sobre lo que suponía
    para ellos esta separación justificaban los privilegios turísticos
    asumiendo que “el cubano es pendenciero”, “hay gente que sólo se dedica
    a molestar a los extranjeros, mejor que limiten el acceso”. ¿Es eso lo
    que se entiende por hospitalidad y buen trato en Europa? ¿Qué todo un
    país trate con reverencia al visitante blanco?

    Callejeábamos en busca de un taxi para volver a casa cuando nos topamos
    con La Bodeguita de en Medio, a rebosar de turistas plenamente
    satisfechos y creyendo confraternizar con cubanos que sólo buscaban, y
    no les juzgo por ello, sus dólares o sus pasaportes. Y digo sinceramente
    lo de no juzgarles por buscar la oportunidad de mejorar en cada uno de
    los extranjeros que encuentren por la calle. Si yo fuese cubana, sería
    balsera o jinetera. Nunca había sentido tanta angustia por un país en
    tan poco tiempo. Pero esa apatía, ese dejar escurrir la vida entre los
    dedos (¿no era aquí donde si que sabían disfrutar?), esa mutilación de
    las aspiraciones personales… el pueblo cubano se levanta cada día
    pensando cómo va a llegar al siguiente. Sin ningún proyecto a medio o
    largo plazo. Critican a Fidel, pero no le nombran, porque Fidel ya no es
    un hombre. Es un dios al que no se le conoce familia ni residencia. Y
    miran de reojo. Porque nadie se fía ya de nadie. Ese es el poder de la
    Revolución.

    Volvemos a casa cansados y desmoralizados por lo que nos espera en los
    próximos días. Nadie va a quitarnos ya la impresión de que todas las
    historias de alegría y hermandad extranjero — cubana tienen un precio en
    dólares.

    Nos espera la casera del edificio con un café. Durante los próximos días
    hablaremos mucho en su cocina: ella contesta nuestras preguntas y
    nosotros le suponemos una novedad en su rutina diaria. La casera se
    llama Mari, y como todos los cubanos es ingeniera en alguna materia.

    Mari nos habla de sus viajes por Europa y por Rusia como empleada del
    gobierno cubano a principios de los 90.

    1990 marca el inicio del sarcástico “Periodo Especial en Tiempos de
    Paz”. Sarcástico, porque lo que realmente comienza en la década de los
    90 es el camino en solitario de la Revolución Cubana, una vez deja de
    ser colonia rusa y ya no puede seguir vendiendo azúcar a precio de petróleo.

    Es la época que refleja Pedro Juan Gutiérrez en “Trilogía Sucia de la
    Habana” o en “El Rey de la Habana”, mucho más crudo que Zoe y su “Nada
    Cotidiana”. Son los años de esconder cerdos en las azoteas y tirar los
    desperdicios a la calle. De usar la bañera como criadero de pollos. Es
    el inicio del proceso de muerte por desnutrición al que se enfrenta
    lentamente una gran parte de la población habanera. Puede que las
    noticias no recojan el número de personas que mueren de hambre, pero
    tampoco recogen el número de abortos y se barajan cifras de hasta el 40%
    de los embarazos. No mueres de hambre, al menos no en pocos días ya que
    puedes tardar toda una vida, pero el concepto alimentación incluye más
    que el rancho de arroz con frijoles en que consiste el plato diario de
    una familia cubana.

    En uno de esos viajes Mari se divorció de su marido para casarse con un
    argentino con residencia legal en España. Cuando ya esta todo a punto,
    el corralito frustra los planes y ambos regresan a sus países encerrados
    en sus respectivas crisis personacionales. Así que a día de hoy, la
    casera vive con el que legalmente es su exmarido, también ingeniero,
    también en casa las 24 horas del día porque le cuesta más dinero ir a
    trabajar que quedarse en casa. Ella es pura rabia. Él es pura apatía.
    Les pregunto que creen que pasará cuando Fidel muera. Y ella contesta:
    “Nos mataremos”. Le consuelo pensando que la menos no se ve que la
    población tenga armas, como vimos en , y ella me mira seria y
    matiza: “Armas no, pero tenemos machetes”.

    Buscando un manual de historia cubana contado por cubanos en uno de los
    múltiples puestos de libros de la zona vieja conocemos a Guadalberto.
    Provocamos su conversación par
    a tener otra perspectiva. Hasta ahora sólo
    hemos tenido contacto con un sector marginal, y con personas de mediana
    edad. Puede que toda su crítica y desesperación estuviera teñida de
    búsqueda de piedad (o sea, dinero) o de cansancio vital.

    Guadalberto estudió económicas. Pero gana más dinero como vendedor
    ambulante. Es lógico, si comparamos los 15 CUC del sueldo medio nacional
    con los 8 CUC que pide a los “yumas” por cada libro de segunda mano que
    vende. Nos dice que el no se va por su bebé. Nos dice que lee lo que los
    extranjeros le envían porque en Cuba los libros no se censuran de
    primeras, pero se retiran o se publican por partes. Nos dice que su
    libro preferido es 1984, de George Orwell.

    Un solo ojo no puede verlo todo, Big Brother no es tan poderoso. Pero si
    lo son las “little sister”. Y lo sentimos cuando llegamos a casa.

    La vecina de Mari pertenece al Comité de Defensa de la Revolución.
    Existe un cada 20 cuadras y su función es similar a la que Chávez
    quiere dar a sus Círculos Bolivarianos. Puede que su primera intención
    ideal fuera el trabajo comunitario. Pero a día de hoy son órganos de
    control de la vida vecinal.

    Esta vecina alquila habitaciones a los turistas, como casi todos los
    cubanos con una habitación libre en una casa digna. Por el hecho de
    poner una habitación a disposición de los turistas,( nunca de un cubano,
    ni de un extranjero con un cubano), tienes que pagar una cuota inicial
    que ronda los 100 euros (recordando que el sueldo base no supera lo 15
    mensuales), a lo que hay que añadir una cuota mensual de alrededor de
    150 euros, tengas o no ocupada la habitación.

    Mari alquila un cuarto de forma : no paga por el ninguna cuota, ni
    está registrada, lo que permite a mi amiga pagar 200 euros en vez de los
    700 que puede costarle a un extranjero alquilar una habitación para
    residir en La Habana.

    Su vecina, la del CDR, tiene 3 habitaciones, de las cuales sólo una es
    legal. Ha visto que en casa de Mari entra y sale mucho extranjero, y da
    por hecho que no somos invitados, si no que está haciendo negocio con
    nosotros, por lo que le advierte: o le paga determinada cantidad, o le
    denuncia al partido. Una denuncia puede suponer que te requisen la casa
    en la que vives.

    Mari paga, y nosotros tenemos que irnos. No queremos dar complicaciones
    a otros conocidos, así que nos vamos a una habitación legal, que nos
    cuesta unos 30 euros por noche. Es difícil salirse del circuito
    establecido a los extranjeros: por desconocimiento y por no querer meter
    a nadie en problemas. Gastamos una cantidad de dinero considerable en
    comparación con otros viajes, no sólo por Sudamérica, si no incluso por
    Europa. Si a nosotros nos parece cara la vida en La Habana, ¿Cómo lo
    hacen los cubanos?

    No es picardía, ni realismo mágico. Es miseria, mendicidad moral y
    abuso. Abuso hasta vomitar, porque el turismo deja millones de euros que
    no llegan a la gente de la calle, porque se desperdician los recursos,
    porque sesgan el acceso a la información de tal manera que no dejan la
    más mínima opción de elegir. Porque no te dejan irte y te asfixian
    lentamente si te quedas. Porque consiguieron venderse a la juventud del
    mundo como el paradigma de la lucha por la y la igualdad.
    Porque la izquierda de mi país no dice DICTADOR con todas las letras y
    la derecha lo critica mientras su fundador brinda con la familia Castro,
    con el dueño controlador de todas las empresas turísticas cubanas.
    Porque venden populismo y demagogia como solidaridad. Porque el bloqueo
    es responsable, pero Castro es culpable. Porque los campos están sin
    cultivar y matar una está más penado que matar una persona. Porque
    los datos oficiales niegan la incidencia del SIDA pero follar es lo
    único al alcance de la mano. Y los condones no están incluidos en la
    cartilla de racionamiento.

    Guadalberto nos preguntó si era la primera vez que estábamos en Cuba. La
    primera y la última, le respondimos. Claro, dedujo, ustedes prefieren
    regresar al Soma.

    No le desmentí. Pero no es mi mundo material lo que echo de menos. Es su
    imposibilidad de cambiar su vida lo que me provoca angustia. Es más
    fácil asumir la vergüenza de vivir en un Mundo Feliz en el que nadie es
    consciente de las oportunidades que tiene. Simplemente por poder elegir.

    Fuente:
    http://www.elmundo.es/elmundo/2005/10/25/enespecial4/1130240947.html

    http://www.presslingua.com/web/article.asp?artID=3516

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