La libreta del hambre
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    SOCIEDAD
    Desventuras del ajo y el limón (II parte y final)

    Oscar Mario González

    LA HABANA, Cuba – Febrero (www.cubanet.org) – El otro producto objeto de
    nuestra reflexión, el ajo, se va convirtiendo cada día en algo
    inalcanzable para una parte mayoritaria de la población cubana.

    Por menos de dos pesos resulta imposible adquirir una cabeza; con cinco
    se logra una de tamaño normal y hasta siete u ocho pesos son necesarios
    para comprar una de dientes abundantes y hermosos.

    En los primeros años de la revolución el ajo se mantenía con los precios
    tradicionales: 32 centavos la libra. El precio de la unidad era de un
    centavo como promedio. Buena parte de las familias humildes adquirían el
    producto diariamente, comprando dos centavos de ajo y cebolla en la
    bodega de la esquina. El mercado era lo suficientemente confiable. No
    había que temer por la falta del producto. El ajo y el bodeguero siempre
    estaban a la espera del cliente.

    Es interesante observar que en fecha tan temprano como 1960, el recién
    creado Instituto Nacional de la Reforma Agraria (INRA), anunciaba
    sembrar unas 215 caballerías de ajo y cebolla, para suplir las
    importaciones que de ellos se hacía. Esto se nos prometía en el Manual
    de Capacitación Cívica, vocero oficial del entonces gobierno
    revolucionario. Lo cierto es que el ajo se fue haciendo más escaso y su
    precio, aunque fluctuante, ha seguido una línea ascendente y en nuestros
    días es casi un lujo para muchas familias humildes.

    Hace falta que el ajo baje de precio. Para que sea asequible al bolsillo
    del hombre trabajador. En las condiciones actuales es imposible concebir
    el despunte de su producción, pues dependió siempre de una clase de
    pequeños agricultores emprendedores y diligentes casi extinguida, cuyos
    restos perecen sumidos en un letargo de apatía e indiferencia. Parece
    que la mano del estado es una jaula que impide el vuelo del sinsonte,
    somnífero causante de una modorra casi cincuentenaria.

    Pero esta maravilla de la madre tierra es más que un exquisito
    ingrediente, cuyo sabor fuerte y picante se une a la acidez del limón
    haciendo apetitoso todo tipo de alimentos. Hoy por hoy, se considera
    como el remedio natural con mayores propiedades medicinales demostradas
    experimentalmente.

    En los últimos años se le ha dado mucha importancia a este alimento
    procedente de Asia. Hasta los vegetarianos más ortodoxos, para quienes
    todo lo que esté fuera del mundo botánico, especialmente las carnes, son
    venenos para el organismo, exaltan las virtudes del ajo para una vida
    longeva y saludable.

    Según la experiencia popular, esa que no conocer de experimentos ni
    academicismos y se sustenta en la realidad de cada día, el ajo es bueno
    para la tos, la ronquera y la pulmonía. Calma los nervios y a la vez es
    bueno para el espabilamiento y para quitar la zoncera. Quita el dolor en
    huesos y coyunturas cuando se aplasta y toma en conocimientos. Con dos o
    tres dientecitos crudos diariamente, mejora la chochera de los viejos o
    eso que llaman arteriosclerosis. Baja todo tipo de hinchazón y elimina
    todos los dolores. Hasta el dolor de huevos, que ya es mucho decir.

    Pero la cualidad que más agrada al hombre cubano es la relacionada con
    el poder afrodisíaco que se le atribuye al ajo, tanto por científicos
    como por curanderos y espiritistas. Esto último siempre lo hará popular
    entre los hijos de esta tierra que tienen como gran orgullo nacional, la
    condición de ser insuperables sementales.

    Ojalá y la adquisición de estos dos productos se mejore para el bolsillo
    de la gente del pueblo. Porque con el pancito que viene por la libreta,
    embarrado de aceite vegetal, con un dientecito de ajo y un jarro de
    con azúcar tocada con limón, el socialismo se hace menos insoportable.

    http://www.cubanet.org/CNews/y07/feb07/16a6.htm

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