La libreta del hambre
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    SOCIEDAD
    Bocadillos de la batalla de ideas

    Fabián D. Arcos

    LA HABANA, Cuba – Marzo (www.cubanet.org) – Para los vecinos y
    trabajadores de los centros de trabajo cercanos a la esquina de 19 y D,
    en el corazón del Vedado, el punto de venta de alimentos ligeros
    (fiambres) ubicado allí constituía un verdadero respiro a la hora de
    comer algo.

    Inicialmente, allá por los lejanos años sesenta, el lugar era ocupado
    por una bodega, La Bilbaína, propiedad de un pequeño comerciante español
    proveniente del país vasco. Como es lógico, La Bilbaína fue intervenida
    junto a sus similares, y continuó como bodega hasta los años 70, cuando
    sus consumidores fueron "trasladados para el supermercado" creado en 19
    entre A y B. En el lugar se edificó un punto de distribución de leche y
    sus derivados, que en los tiempos de gloria expedía, además de la leche
    normada, algunas cantidades liberadas, de yogurt y diversos tipos de queso.

    Más adelante, como toda buena obra de la revolución, al faltar los
    productos liberados y el local caer en pésimas condiciones por la falta
    del necesario mantenimiento y reparación, el centro fue cerrado y por
    años se mantuvo así, hasta que con la reanimación de los 90, el local se
    reparó y fue preparado como un centro de elaboración de fiambres para
    las unidades gastronómicas del municipio.

    En los primeros años de este siglo (los vecinos no recuerdan cuándo
    exactamente) se inauguró el quiosquito para vender algunos productos a
    los vecinos y trabajadores de los centros de trabajo aledaños. Con sus
    altas y bajas, se vendían hamburguesas, croquetas y pizzas. Además, su
    calidad era mejor que la de las que se expenden en los centros
    gastronómicos, y más baratas.

    Todo marchaba bien, a pesar de los problemas y de los frecuentes cierres
    ordenados por los inspectores de Pública, hasta que se decidió
    clausurarlo para someterlo a una "remodelación". Pasó a ser entonces
    elaborador de las meriendas escolares de la "batalla de ideas". Con su
    reinauguración, sin bombos ni platillos, el quiosquito desapareció.
    Todos los esfuerzos y recursos se dedicarían a la alimentación de los
    estudiantes. Los vecinos y trabajadores del barrio no tenían idea de
    cómo conseguir en algún lugar cercano los fiambres.

    Las quejas de los vecinos y las secciones sindicales no se hicieron
    esperar, y el centro preparó un nuevo quiosquito para "ayudar a la
    comunidad". Ahora era de plástico (el anterior era de madera) para jugar
    con la ornamentación de ese centro priorizado. Cuando lo inauguraron
    vendía una buena variedad de productos: panes con croqueta, queso,
    hamburguesas y picadillo, a precios económicos; y dulces como panqués,
    tartaletas, gaceñigas, torticas. Si a ello se le adicionan cigarrillos,
    tabacos, rones no racionados y cervezas en moneda nacional, era un
    verdadero oasis para todo el que lo visitaba.

    Pero como dice el refrán: "la felicidad en casa del pobre dura poco", y
    a muy pocas semanas los dulces desaparecieron, aunque se producían allí.
    La causa de la desaparición fue, según algunos trabajadores, que no se
    le quiso reconocer la categoría al dulcero, y por tanto no se le pagaba
    el salario que le correspondía. El hombre se fue con sus dulces a otra
    parte. "Ni que el dulcero viviera de su salario -dijo una vecina-, ahí
    todo el mundo roba, como en todas partes".

    No obstante, la venta de los panes con relleno iba en aumento. Más que
    el relleno, atraía a los comensales el pan, ya que era el mismo que se
    usa para las meriendas escolares, que es un poco mayor y más suave que
    el que se vende por la libreta de racionamiento. Pero esa diferencia con
    los otros centros gastronómicos no se podía mantener. Recientemente,
    según un trabajador del centro, el ministro del ramo "orientó" que no se
    podía utilizar el pan de las meriendas escolares para la venta de los
    fiambres a la población. Ahora los bocadillos se venden con panes
    similares a los que se entregan por la libreta de racionamiento, a uno
    per cápita.

    "La diferencia no está en el peso, sino en la calidad. Eso se aprecia
    inmediatamente. Si pesan lo mismo, entonces ¿qué trabajo cuesta hacerlo
    con mejor calidad?", se preguntaba un trabajador de las cercanías.
    "Nada, que como dijera Ché Guevara, la calidad es el respeto al pueblo"
    -dijo, irónico, otro trabajador.

    La lección, sencilla pero certera, no deja dudas: la "batalla de ideas"
    es otro de los demagógicos planes del gobierno. Quien no sea
    beneficiario directo de esa batalla, no tiene derecho a disponer de sus
    beneficios. Esa es la enseñanza que nos ofrece el ministro del ramo, y
    quizás ello sea una orientación proveniente de "más arriba".

    http://www.cubanet.org/CNews/y07/mar07/27a6.htm

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