La libreta del hambre
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    SOCIEDAD
    Cuba, el capitalismo salvaje y la nueva clase
    Jorge Olivera Castillo

    LA HABANA, Cuba – Marzo (www.cubanet.org) – Continuar proclamando la vía
    socialista en Cuba no deja de ser una aberración. En los flancos de la
    connotación semántica se sitúan como cuchillos la desigualdad, el
    carácter crónico de la ineficiencia, la incongruencia en el empleo de
    los recursos y la falsa premisa de que no existe la desocupación en la
    esfera laboral.

    El socialismo intenta erigirse como la escalera para subir al cielo,
    pero la mayoría cae -con estrépito- sobre la dura realidad. Otros, los
    menos, consiguen rozar las nubes con artimañas de malabaristas
    profesionales.

    No hace falta destreza profesional, un título universitario, las
    inventivas que hagan de la productividad un medio para recibir mayores
    retribuciones salariales. Tampoco son pertinentes alianzas con la
    honestidad, la ética y cuanto intervenga en la conformación de un
    individuo capaz, eficiente y sujeto a reglas mínimas de civilidad.

    El ambiente es propicio para el desparpajo, la sustracciones ilícitas,
    las truhanerías practicadas como un ritual, la indiferencia en virtud de
    modelar la psiquis de adultos y jóvenes, la grosería como estilo de vida
    y el deseo de abandonar el país en plena convivencia con la angustia de
    sobrevivir a la manera de una náufrago.

    Un antiguo colega de estudios durante mi adolescencia ha logrado
    forjarse una parcela capitalista dentro del socialismo. "Mi socio, a
    esto hay que cogerle el ritmo y meterse en la orquesta", me asegura con
    su veta de humor criollo.

    A través del fraude y el soborno cuenta con un buen apartamento,
    amueblado con piezas de óptima facturación, aire acondicionado,
    computadora, conexión a , televisión por cable y otras
    facilidades que lo excluyen de la igualdad pregonada a diestra y
    siniestra en discursos y mensajes propagandísticos.

    Él se dedica al arte culinario en una dependencia de la Habana Vieja,
    posee una cultura mediocre y le sobran habilidades para llevarse, por
    métodos poco honestos, 30 o 40 pesos convertibles (24 o 32 dólares) a
    diario. Es experto en corromper inspectores, darles a los clientes "gato
    por liebre", manipular la báscula a su favor.

    "Generalmente los extranjeros no protestan, si lo hacen todo se
    resuelve", me dice con resolución. Como parte de la nueva clase puede
    evitar un encontronazo con la pobreza. Un monstruo que mantiene a
    millones de personas en permanente zozobra. Para muchos coterráneos es
    una especie endémica que muerde más que un enjambre de pirañas.

    Valga la ilustración, porque no es raro que un sinnúmero de familias
    apenas desayune y su almuerzo sea un par de vasos con zumo de caña de
    azúcar junto al pan de 80 gramos que le pertenece por la cartilla de
    racionamiento. Ni hablar de la posibilidad de calzar un buen par de
    zapatos, mantener las axilas a salvo del mal olor o planificar un paseo
    gratificante.

    Ellos son las bajas de una guerra entre las ilusiones de la retórica
    oficial y las realidades de cada día. Son personas que pugnan por un
    lugar en las trincheras de la sobre vivencia y que solo alcanzan
    victorias pírricas. El combate es arduo en un escenario que se crispa
    por la tozudez de oponerse a una reforma estructural del sistema.

    En Cuba, el socialismo se desplaza por el siglo XXI herido de muerte. En
    sus entrañas se divisan la polarización y el palpitar de la decadencia.
    El capital ejercita sus tentáculos y extiende sus dominios en un mercado
    que cada vez se tiñe más de negro. La sociedad ha cambiado. Ya no somos
    iguales. Hay fraccionamientos y traumas que requieren terapias urgentes.

    Pienso en esto cuando mi vecino-el cocinero- pudo realizarse un chequeo
    médico en un solo para extranjeros y excepcionalmente accesible
    a cubanos con influencias o muy solventes. Obtuvo los resultados en
    breve tiempo, lo trataron como en un cinco estrellas y los métodos
    de diagnóstico eran ultramodernos. Por todo esto pagó-por la izquierda
    50 pesos convertibles (40 dólares).

    En cambio, Manolo, un desgraciado obrero metalúrgico me contaba que hace
    unos meses no le que quedó más remedio que aguardar varias semanas para
    efectuarse un examen relacionado con sus padecimientos circulatorios.
    Vive en un cuartucho con grietas y mugre. A causa de su existencia
    miserable ya casi es un alcohólico. En sus ratos de sobriedad me
    pregunta: ¿Adónde fue a parar el socialismo?

    http://www.cubanet.org/CNews/y07/mar07/15a7.htm

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