La libreta del hambre
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    En Cuba se viaja hechando dedo
    Es la mejor manera de transportarse
    The Associated Press

    LA HABANA, Cuba – Laura García no tiene automóvil, y los tres pesos que
    lleva en el bolsillo (unos 15 centavos de dólar) no le alcanzan para
    viajar en autobús a su poblado natal, ubicado a unos 90 minutos de
    camino. Camina junto con un amigo bajo el sol abrasador, a un lado de la
    autopista, mientras los automóviles pasan a gran velocidad.

    Pocos autos y gasolina cara

    Pero la estudiante de derecho, de 18 años, no pierde el optimismo.
    Confía en que pueder conseguir un viaje gratis hechando dedo.

    "La gente te lleva. Siempre encuentras conductores que te echan la
    mano", dice la joven, de pantalones cortos, gafas oscuras y camiseta sin
    mangas. García estudia en La Habana pero va a ver a sus padres, que
    viven cerca de Pinar del Río, localizada a unos 140 kilómetros al poniente.

    Este medio de es una forma común de movilizarse para muchos
    habitantes de esta isla caribeña, donde hay pocos automóviles y menos
    personas que pueden pagar el costo de la gasolina. El transporte público
    es poco fiable y va siempre repleto.

    Quienes se transportan a dedo se paran en varias de las esquinas
    principales de La Habana, y en las principales carreteras. Levantan el
    pulgar o tocan en las ventanillas de los automóviles detenidos frente al
    semáforo cuando está en rojo o en los cruces peatonales.

    En la carretera que conduce al aeropuerto, se ve a familias enteras con
    su equipaje.

    "Pedir botella"

    Este medio de transporte no es tan común en las afueras de la capital.
    Allí algunos inspectores del gobierno ayudan a detener automóviles y
    camiones estatales con espacio de sobra para que recojan a los peatones.

    En las poblaciones pequeñas, es normal que la gente se suba sin previo
    aviso a un vehículo si el conductor no le pone el seguro a las puertas.

    Los cubanos usan el término "pedir botella" para referirse a este medio
    de transporte, pero nadie parece conocer el origen del término.

    "Hasta la policía lo hace", dice Janeth González, de 20 años, antes de
    subirse al vehículo de un extraño para dirigirse al centro desde su
    , ubicada en el poniente de La Habana.

    Melba, estudiante de danza, recientemente pidió "botella".
    Mejor que los autobuses

    La joven de 18 años, quien prefirió no dar su apellido, cuenta que ha
    usado esta forma de transporte sola o con sus amigos desde cuando tenía
    14 años, y que nunca ha tenido problema alguno por subirse al vehículo
    de un desconocido.

    Sin embargo, narra que en una ocasión, un auto que había abordado chocó
    de costado con otro. Nadie resultó lesionado, pero como testigo, la
    estudiante tuvo que esperar dos horas a que la policía dirimiera
    responsabilidades en el percance.

    "Más rápida es una guagua (autobús) ese día", dice Melba.

    Pero habitualmente, este sistema es más veloz que los autobuses. Incluso
    el presidente interino, Raúl Castro, reconoció en diciembre que el
    sistema de transporte público de la isla está al borde del colapso.

    Aunque viejos autobuses escolares y de pasajeros, traídos de Canadá,
    Rusia y de algunos países de Europa, recorren con su traqueteo las
    calles capitalinas, los habitantes recurren con más frecuencia a los
    "camellos", camiones con remolques acondicionados para pasajeros,
    abultados en la parte superior, lo que los asemeja a las jorobas de esos
    animales.

    "Camellos" para 200 pasjeros

    En un camello pueden viajar hasta 200 pasajeros, sofocados por el calor.
    Los vehículos, con la carrocería desteñida por el tiempo y manchada por
    alguna consigna que alguien pintó sobre la lámina, no llevan un letrero
    o número que indique su destino. Pero los cubanos que se agolpan para
    subir conocen las rutas, y siempre ofrecen ayuda cuando alguien se
    acerca con timidez a una parada.

    "Es caótico y difícil, pero lo bueno es que esperan a que todos suban",
    dice María Luisa Fernández, profesora de secundaria, de 38 años, quien
    espera un camello frente a la cúpula de la sede del Congreso en La
    Habana. "Vamos unos encima de otros, pero todos vamos".

    El pasaje en los tractocamiones a diesel cuesta aproximadamente un
    centavo estadounidense. Los primeros camellos funcionaron a comienzos de
    la década de 1990, cuando el colapso de la Unión Soviética puso fin a
    los generosos subsidios. La ayuda actual de ha ayudado a
    mitigar las tribulaciones del transporte, pero hay todavía muy pocos
    camellos para prestar el servicio.

    Los delitos menores, de los que casi no se tiene noticia en la mayoría
    de la sociedad cubana, son un problema en los camellos. Los ladrones se
    roban bolsos y meten la mano a los bolsillos de los pasajeros. Algunas
    mujeres sufren manoseos en medio del apretujamiento.

    "Hay demasiada gente como para poner orden", dice Fernández.
    Renovar no, "aumentar"

    El año pasado, el gobierno anunció la compra de 7 mil autobuses a
    para sacar de circulación a los camellos. Desde julio, cuando se dio a
    conocer la enfermedad de su hermano, Raúl Castro ha dicho que cientos de
    autobuses más llegarán pronto a la isla.

    Pero mientras esperaba un camello, después de trabajar el turno nocturno
    en una planta de electricidad, Néstor Pérez cree que los nuevos
    vehículos no serán suficientes si dejan de funcionar los camellos.

    "La solución no es que pongan guaguas nuevas, igual se llenan.
    Necesitamos más guaguas", dice el trabajador de 40 años de edad.

    Añade que aunque "la botella" puede ser una opción más rápida, muchos
    automovilistas prefieren llevar sólo a mujeres.

    "Si tengo una mujer guapa a mi lado, siempre la llevan a ella. Para mí
    es una perdedera de tiempo".

    Vehículos de otro siglo

    Para comprar un auto nuevo hace falta un permiso estatal, pero los
    habitantes que no trabajan para el gobierno pueden poseer vehículos
    ensamblados antes de 1970, incluidos los clásicos pero maltrechos
    Mercedes, Hudson, Mercury y Buick que todavía recorren las calles.

    Los conductores, orgullosos, salen en sus autos Model A para dar un
    paseo dominical. Andan por ahí también los ARO y UAZ fabricados por el
    bloque comunista, y los Cadillac fabricados poco después de la Segunda
    Guerra Mundial.

    Muchos propietarios reemplazan los motores originales de esas carcachas
    con otros más pequeños y económicos a diesel. Un litro de gasolina
    regular cuesta casi un dólar, una cifra prohibitiva en una isla donde el
    salario del trabajador gubernamental promedio es de 12 dólares mensuales.

    Sin embargo, su sueldo rinde un poco más pues la mayoría de los cubanos
    no tienen que gastar en alquiler de vivienda, servicios de o
    educación. Además, los precios de los alimentos, servicios públicos y
    otros bienes básicos están subsidiados.

    Algunas personas con vehículos particulares obtienen permiso para operar
    como taxis colectivos. Otras, que ofrecen ilegalmente el servicio, pasan
    por las repletas esquinas para recoger a la gente que no ha tenido éxito
    con "la botella" o que está cansada de esperar a un autobús.

    Sin muchas
    opciones

    Pero fuera de La Habana, las opciones se reducen más. Los peatones
    esperan bajo los puentes, junto a las carreteras, o a la sombra de algún
    árbol. Se aglomeran alrededor de los inspectores gubernamentales,
    identificados por una gorra y una camisola, quienes llevan un silbato y
    una libreta con la palabra: "Alto".

    Los vehículos gubernamentales con espacio disponible deben detenerse
    para llevar a los que piden "botella".

    "Hay que buscar manera de llegar al trabajo", dice Julián Navarro,
    cocinero de 39 años de edad, quien pide "botella" en una autopista al
    oriente de la capital.

    Navarro cuenta que todos los días camina media hora desde su casa hasta
    el lugar adonde están los inspectores. Suele auguardar otros 20 minutos
    para que alguien lo lleve a la ciudad, aunque algunas veces, la espera
    puede ser más larga.

    "Nunca estoy tarde pero sí tengo que salir muy temprano".

    http://www.univision.com/content/content.jhtml?cid=1121376

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