La libreta del hambre
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    Sociedad
    Gordos por decreto

    Cuesta aceptar que las raciones de la libreta permitan el alto consumo
    de grasas, azúcares y carbohidratos descrito entre las causas de nuestra
    recién decretada obesidad.

    José Hugo Fernández, La Habana

    viernes 15 de junio de 2007 6:00:00

    No hace mucho, un grupo de funcionarios estatales se presentaba
    asiduamente en la televisión para informar sobre los planes de
    distribución de víveres "subvencionados" (así los apellidamos, con
    gracia impar) por los establecimientos comerciales de La Habana. Eran
    los responsables de mover directamente los hilos del condumio. Y a la
    gente del pueblo le llamó la atención el detalle de que todos estaban
    pasados de peso, o al menos todos eran barrigones.

    Entonces vox pópuli rebautizó aquel espacio televisivo como "El programa
    de los gordos". La joda fue tan del dominio y del retozo popular, que
    los gordos terminaron sacados del aire con programa y todo. Pero antes
    de su desaparición, dejaron un mensaje, nada subliminal: quienes están
    gordos dentro de un conglomerado de flacos y desnutridos, al menos en
    esta parte del mundo, es porque comen mucho más y viven mejor que
    aquellos que dependen de las flacas cuotas de los gordos encargados de
    repartir la comida.

    Ahora parece que de nuevo está ocurriendo lo que ha ocurrido tantas
    veces. Los jefes, con dominio de aquella experiencia, resolvieron
    enrarecer su lección convirtiéndonos en gordos a todos por igual y
    mediante decreto avalado por la ciencia.

    No es que pongamos en duda la agudeza de nuestros disciplinados
    especialistas en Nutrición e Higiene de los Alimentos, o en Higiene y
    Epidemiología. Tampoco es que descreamos a priori de los voceros locales
    del gobierno o de sus ecos más y menos inocentes en el mundo. Ni
    siquiera dudamos que casi a una tercera parte de nuestros ansiosos
    comensales les sobre alguna empella. Hasta los puercos engordan
    fácilmente, sólo con desperdicios.

    La duda no radica en el hecho mismo, ni en el porqué ni en el cómo, sino
    en cómo y por qué vía han conseguido engordarnos de un día para otro a
    pesar del cuánto.

    Tomemos, por ejemplo, el presente mes de junio, limitándonos a la norma
    de un municipio habanero, ya que se supone que el resto reciba iguales
    suministros.

    En La Lisa todo el alimento (per cápita) que se ha distribuido este mes
    por la libreta (al menos hasta el día 13) consiste en 20 onzas de
    granos, divididos en chícharos y frijoles negros; 7 libras de arroz
    (cinco normadas y dos adicionales); 3 libras de azúcar blanca y 2 libras
    de prieta; media libra de aceite; 4 onzas de café; media libra de pollo;
    11 onzas de calamar, y el diminuto pan de tosca harina y alevosamente
    desgrasado que nos venden a diario.

    Debe ser por lo ignorante que somos, pero cuesta aceptar que tales
    raciones nos permitan el alto consumo de grasas, azúcares y
    carbohidratos que ahora se describe entre las principales causas de
    nuestra recién decretada gordura.

    Por cierto, quienes insisten en utilizar el apellido "subvencionados"
    para esos alimentos tan escasos y de la peor calidad que se distribuyen
    por la libreta de racionamiento, deberían preguntarse si verdaderamente
    no será nuestra gente de a pie (trabajando como bueyes, cobrando como
    esclavos y alimentándose como pajaritos) los que subvencionan no sólo la
    subvención de sus propias migajas, sino las bien provistas alacenas de
    los poderosos y, en general, las múltiples y cotidianas e incontrolables
    insuficiencias, con los despilfarros de un sistema en el que toda acción
    política, es decir, toda acción genera despilfarro.

    Los puercos engordan con desperdicios

    Pero, en fin, volvamos a los posibles causantes de nuestros malos
    hábitos alimentarios, que hoy amenazan con postrarnos, inflándonos, como
    sapos al sol.

    También existe la variante de comprar por la libre algunos productos
    engordadores. Aunque no es una tercera parte de nosotros la que se
    encuentra en condiciones de pagar con frecuencia 10 pesos por una libra
    de pan liberado (en mercados estatales), 20 pesos por una libra de
    aceite (en bolsa negra), veintitantos pesos por una libra de carne de
    cerdo, 4 pesos por una libra de malanga o casi 2 por una libra de
    boniatos, alrededor de 10 pesos por una calabaza o por una libra de
    garbanzos, más de 30 pesos por una libra de jamón…

    Quedan algunos alimentos elaborados que se pueden consumir en la calle a
    precios digamos alcanzables, aunque no todos los días: la siempre fiel
    pizza, las croquetas proyectiles (se disparan lo mismo desde la sartén
    que dentro del estómago), los misteriosos masarreales y torticas de
    morón (imposible descifrar la fecha de su elaboración, porque siempre
    están viejos), los panes con pasta de no se sabe qué, los vasos de
    refresco sintético, la frita refrita y refrita y refrita… En ellos
    precisamente pensábamos al recordar que los puercos engordan con
    desperdicios.

    Algo más allá de las enumeradas, resultaría extraña, mágica, milagrosa,
    la existencia de otras condicionantes que sostengan con rigor nuestra
    obesidad.

    A no ser que agreguemos ciertas sutiles estrategias de los jefes, cuyos
    dolores de cabeza se originan hoy en la barriga del pueblo, y ya que
    saben lo que quieren pero al parecer no saben cómo conseguirlo de
    verdad, podrían dejarlo caer mediante decretos como el de marras, que
    aun cuando no se coma, nos ha hecho engordar. Y de qué manera, más que a
    los holandeses y tanto como a los asturianos atracadores de judías con
    tocino, chorizo y morcilla.

    En Cuba, como en cualquier otro sitio, no todo es lo que parece, y no
    todo lo que parece ser termina siéndolo. La peculiaridad en nuestro caso
    quizá radique en el hecho de que tales disensiones nutren el cuerpo, a
    partes iguales, de los planes políticos, la directiva editorial de los
    medios de información y el prisma de muchos observadores que (desde
    cerca o lejos, pero siempre ajenos) ven en nuestra realidad no lo que
    ven sino lo que les conviene.

    El resto, con el perdón de los esforzados estudiosos, y con la venia de
    la ciencia, por lo menos para los de acá adentro, los de abajo, sigue
    siendo entelequia, aguaje, pura vestimenta, como cantarían en la
    orquesta Van Van.

    http://www.cubaencuentro.com/es/encuentro-en-la-red/cuba/articulos/gordos-por-decreto/(gnews)/1181880000

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