La libreta del hambre
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    Publicado el lunes 04 de junio del 2007

    La dieta de Anita
    ALEJANDRO ARMENGOL

    No sé si la Anita Snow aspira a convertirse en la Paris
    Hilton de los corresponsales extranjeros en Cuba, pero su idea de
    alimentarse durante un mes con artículos racionados, y lo que puede
    comprar un cubano promedio en los agromercados, tiene más posibilidades
    de éxito mediático que de brindar información nueva sobre la realidad de
    la isla.

    Snow, que lleva ocho años como jefa de la oficina de prensa en La Habana
    de la Associated Press, piensa alimentarse durante un mes con la libreta
    de abastecimiento y otros alimentos que los cubanos con un sueldo
    promedio pueden adquirir con pesos cubanos en los agromercados.

    Durante ese mes promete llevar la cuenta de lo que gaste y colocar los
    resultados en un de la AP.

    ''Como la comida es tan fundamental en la vida y la cultura, yo no podré
    apreciar por completo la experiencia cubana hasta que no coma como ellos
    lo hacen'', afirma Snow.

    El artículo en que la corresponsal anuncia su intención es una muestra
    no sólo de las dificultades que confrontan los cubanos, sino de lo
    enrevesado de un sistema que década tras década se ha hecho cada vez más
    obsoleto –si esto es posible– sin variar sustancialmente: un milagro
    de inacción con parches agregados ocasionalmente para lograr que
    sobreviva. Cuidando mucho no hacer nada para el sistema cubano,
    Snow se lanza por el camino de las sustituciones –en vez de papas,
    boniatos– característico de cualquier economía familiar de la pobreza.

    La idea de que para conocer mejor la experiencia de cualquier pueblo es
    necesario compartir sus recursos y estilo de vida es propia de la
    antropología cultural surgida a finales del siglo XIX y de gran
    popularidad sobre el XX, y hay mucho de mezcla de conocimiento
    positivista con actitud misionera. Pero por principio este enfoque
    requiere una aproximación holística al problema: ninguna parte, ni
    siquiera la suma de todas ellas, permite conocer a la totalidad. Para
    vivir como ''un cubano'' hay que renunciar a cualquier derecho o deber
    ajeno a la isla. Sólo quienes deciden repatriarse, al comienzo de la
    revolución, conocen esa experiencia, y en la mayoría de los casos se
    arrepienten de ella.

    Por supuesto que la periodista norteamericana no pretende ni ha
    declarado intenciones de ir tan lejos. Su mes de sumersión en la libreta
    de abastecimientos cubana es un proyecto de conocimiento limitado y no
    un afán totalizador. Aunque su mismo enunciado no lo libra de un
    reproche esperado –compartir los productos de la libreta es sólo una
    muestra de la realidad cubana– y tampoco de los llamados a una
    experiencia más completa: moverse sólo en ''camellos'' o en bicicleta,
    bañarse con un cubo de , vivir en un edificio o una casa
    deteriorada, limitarse a la programación de los canales de televisión
    oficiales y otras experiencias similares por las que atraviesan o han
    atravesado los ciudadanos de la isla.

    Todos estos reproches –justos en su mayoría– no se libran, como
    tampoco esta columna, de formar parte de una respuesta esperada. Lo que
    es más, el proyecto de la periodista puede interpretarse también como
    una réplica a la exigencia de conocer en carne propia la realidad de la
    isla antes de hablar sobre ella. Sin embargo, y tal como aparece
    formulado en el cable de AP, el experimento de una corresponsal
    extranjera viviendo un mes con la libreta en Cuba atrae tanto por ''lo
    exótico'' como provoca el rechazo por lo frívolo. Desde el punto de
    vista puramente periodístico, rebaja la experiencia del a un
    reality show.

    El problema con la experiencia que se propone realizar Snow es que no se
    salva de ser una simple imitación de la realidad cubana. Ni es necesario
    para un periodista o cualquier otro extranjero compartir la comida de
    los cubanos para entender sus problemas, como tampoco se requiere que
    los médicos padezcan las enfermedades que curan ni que los historiadores
    fueran soldados en las batallas que explican, ni esta experiencia en
    particular va más allá –en el mejor de los casos– de una práctica
    piadosa que se aprovecha de las circunstancias para llamar la atención.

    Quizá por toda la publicidad que implica, el proyecto no se salva de la
    ligereza. Pese a que la periodista declara que ha desarrollado grandes
    amistades en la isla y un profundo respeto por el pueblo cubano, hay un
    elemento impúdico también en la siguiente declaración de Snow: ''Espero
    desarrollar hábitos de alimentación saludables a partir de la necesidad:
    reducir la cantidad de carne de res y de productos derivados de la
    leche, llevar a cabo una planificación de las comidas y comprar verduras
    en los agromercados'', escribe.

    ''Pero al llegar el primero de julio, también estaré lista para comerme
    un bisté grande y jugoso'', añade.

    El afán por compartir la realidad de la isla con una perpectiva
    extranjera, que desde el inicio se convierte en un plan imposible de
    alcanzar, tiene también una limitación moral: el problema es que ''la
    experiencia cubana'' va mucho más allá de una dieta de un mes y el
    anhelo de comerse un bisté.

    aarmengol@herald.com

    http://www.elnuevoherald.com/noticias/mundo/columnas_de_opinion/story/48721.html

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