La libreta del hambre
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    Sociedad
    Huele a quemado

    La Habana hiede a tranquilidad o miedo, basurero y ruina, por más que
    algunos quieran identificar otro aroma de esperanza.

    José Hugo Fernández, La Habana

    jueves 26 de julio de 2007 6:00:00

    Es pródiga entre nosotros la cosecha de ecologistas improvisados para
    las últimas escaramuzas politiqueras. Hace poco uno de ellos comentaba,
    a través de las páginas del periódico Juventud Rebelde, que hoy
    cualquier niño cubano sabe lo que es un play station pero no sabe lo que
    es un marañón.

    Tal vez estaba refiriéndose a los niños de su entorno. Y es de suponer
    que su entorno no se ubique dentro de las coordenadas de barrios
    habaneros como El Canal, en el Cerro, o Palo Cagao, en La Lisa, o La
    Cuevita, en San Miguel del Padrón, o La Güinera, en Arroyo Naranjo, o La
    Hata, en Guanabacoa, por no mencionar sino una mínima minoría (de la
    capital) donde los negritos (y también los blanquitos, aunque más los
    negritos) desconocen sin duda la existencia del marañón pero tampoco han
    tenido nunca delante un play station.

    En fin, dejando a un lado engendros técnicos y frutas que aprietan la
    bemba, resultaría tentador (ya que disponemos de tantos y tan sensitivos
    naturalistas), emprender por acá una encuesta en busca de consenso sobre
    cuáles son los olores que tipifican en este minuto nuestro ámbito
    capitalino en la Isla.

    No hay que taparse la nariz a priori. El análisis no tendría que ser
    como los que realizan ciertos representantes de agencias extranjeras de
    información que se acreditan en La Habana. Por cierto, es todo un poema
    —lírico, esópico, sádico— el reciente despacho de una de esas agencias
    donde la reportera da cuenta de las maravillas de la libreta de
    racionamiento. Y hasta dice hacerlo desde una perspectiva personal,
    luego de haber ensayado alimentarse durante un mes sólo con las raciones
    de la de marras. Es lo que nos faltaba.

    Las emanaciones de la segunda dinastía

    Pero volvamos a lo serio: ¿a qué conclusiones podrían arribar quienes
    intenten establecer en verdad a qué huele por estos días la atmósfera en
    la capital?

    Depende del sitio hacia (o desde) el cual enfoquemos el olfato. Incluso
    de los particulares antojos de cada una de las fosas nasales. Mientras
    los ecologistas del marañón aspiran quizás el soplo perfumado que tan
    dulcemente le resbaló nariz adentro a la condesa de Merlin, hace unos
    doscientos años, a nosotros, los habaneros de a pie, las páginas de sus
    periódicos nos huelen a reflexión sobre las reflexiones, que es el olor
    de la urna cineraria.

    Es sólo un ejemplo, para que se vaya teniendo tamaño de bola acerca de
    las menudencias de la tarea. En La Habana, al igual que en cualquier
    otro punto del planeta, pueden ser percibidos tantos olores diferentes
    como narices haya. Pero algo nos distingue, nos hace únicos, y es que
    aquí todos los olores se resumen en dos: a) un olor virtual, que
    proviene no del objeto olfateado sino de las restrictivas feromonas del
    que huele; b) un olor concreto, que engloba y representa en múltiples
    variantes la peste a quemado.

    De modo que el diseño de semejante encuesta podría ser bien sencillo o
    bien complejo, según para dónde apunten los hocicos de aquellos que lo
    trazan.

    En una misma calle, dentro del reducido espacio de un bache o de un
    adoquín, La Habana puede oler por igual a daiquirí que a pedo de
    chícharo con gorgojos, a patrimonio o meada, a gala solemne o a sicote,
    a desvelo o zozobra, a paciencia o derrota, a complicidad o miedo, a
    pachanga o desasosiego, a fe o fingimiento, a Bodeguita del Medio o
    barracón de esclavos, a cañona o entusiasmo participativo, a
    irresistible impúber pubis o a leso crimen de chocho, a
    correctos modales o sofocada repulsa, a tranquilidad o acecho, a fosa
    reventada, a grajo, a basurero, a ruina, o a honor patrio…

    Todo está sujeto al interés del ñato que venga a olernos. Y según por
    donde nos huela. Aunque justo será reconocer que en los últimos tiempos
    han estado arrimándonos algunos morros sin mezquinas predisposiciones,
    pero al parecer no despojados de predisposición a la inocencia, que
    igual los hace ñatos.

    Tales narices escarban casi obsesivamente entre las emanaciones de
    nuestra segunda dinastía tratando de identificar algún que otro aroma de
    esperanza. Y es tanto lo que se esfuerzan que más de una vez creyeron
    oler nuevos hálitos donde no hay sino versiones del viejo olor a
    quemado. Sin duda lo hacen de buena fe. Pero uno no sabe ya si
    agradecerles o deplorarlos.

    http://www.cubaencuentro.com/es/encuentro-en-la-red/cuba/articulos/huele-a-quemado/(gnews)/1185422400

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