La libreta del hambre
We run various sites in defense of human rights and need support to pay for more powerful servers. Thank you.
Recent Comments

    Crónicas
    En la isla de las marcas

    Cuba es el país de las vacas sagradas, el mayor contribuyente del siglo
    XX a la alimentación de los tiburones y donde nada es de nadie.

    Rafael Alcides, La Habana

    miércoles 16 de enero de 2008 6:00:00

    Cuando el primero de enero de este 2008 la Revolución Cubana entró en su
    año 50, lo hizo exhibiendo el gobierno más viejito del mundo: esto es,
    el gobierno con mayor cantidad de viejitos y el que durante más años ha
    gobernado sin cambiar de presidente en lo que va de historia del mundo.
    Esta es una de las cientos de marcas que no es de creer que el porvenir
    pueda disputarle jamás a la Revolución.

    Los viejitos, desde luego, disimularán semejante marca
    político-gerontológica hablando de otras marcas. Trascendentes,
    mencionarán la campaña de alfabetización culminada en un año; hablarán
    del libre acceso a la educación, que ha dado por resultado la tal vez
    mayor cantidad de universitarios por habitante en el planeta; encomiarán
    la creación de un sistema de pública con médico y cama en todos
    los hospitales para toda la población…

    Y, desde luego, volverán a recordar, con batir de tambores y fusiles en
    alto, la primera derrota sufrida por el imperialismo norteamericano en
    tierras de América (Girón) y la victoria que ha sido resistir, después
    de casi medio siglo, la extravagante ley de embargo económico ("el
    bloqueo") que a la Revolución le fuera impuesta por . Y no
    mentirán los viejitos. Son hechos irrefutables. Obras que ellos fueron
    haciendo mientras envejecían, mientras dejaban de ser, en todo sentido,
    los jóvenes peludos que muestran los noticiarios fílmicos de un día remoto.

    Verduras a precio de Cartier

    Callarán, sin embargo, las marcas que dieron por resultado que aquella
    revolución (que más que revolución fue asumida con la fe con que en un
    altar se toman los hábitos para profesar una religión) sea hoy algo de
    lo que tal vez los más también quisieran escapar, huir, despertar en
    otra edad, soñar que nunca sucedió.

    Cientos son las marcas que uno les oye mencionar.

    Fuera del ejército norteamericano (que sin ser Dios, está en todas
    partes), desde los años de Napoleón, Cuba es el país que en más naciones
    ha tenido tropas combatiendo. Es el país que durante más años ha
    soportado una cartilla de racionamiento de alimentos. , donde los
    norteamericanos mataron a tres millones y pico de personas y donde
    todavía el agente mandarina sigue siendo el terror de las mujeres que
    sueñan salir embarazadas, resolvió ese desabastecimiento en veinte años.
    Cuba, que por fortuna para ella no puede enmedallarse con desgracias
    tales, lo soporta aún.

    Es (y esto no es un chiste de Álvarez Guedes) el país donde las coles y
    todo género de verduras, hortalizas, frutas, viandas, carnes y leche
    tienen, en general, precio de joyas firmadas por Cartier, no obstante
    haber aquí tierras ociosas suficientes para alimentar a medio planeta.

    Es el país donde lo que a usted le habían dicho que era suyo, resultó
    que no lo era, puesto que no podría disponer libremente de ello, sea
    casa, tierra, automóvil o un hijo pequeño, digamos, si autorizados por
    el gobierno a trabajar en otro país, usted y su mujer se quisieran
    llevar al niño.

    Surrealismo o superstición dignas también de los Guiness de la
    Antigüedad del porvenir, Cuba es hoy el país en el cual ha sido tanto,
    pero tanto el cuidado puesto por las autoridades en la recuperación de
    la masa ganadera, que cuando una gran sequía azotó un par de años atrás
    parte de la Isla, perecieron de hambre en los potreros de las antiguas
    provincias orientales decenas de miles de reses. Se convertían en
    esqueletos a ojos vistas, sin que se diera la orden de sacrificarlas
    para el consumo humano. Ese estaba ahí para lo que estaba, y por
    eso mismo, aunque no fuera inmortal, era sagrado de cascos a cabeza.

    Para salvar la patria…

    Dejemos a las auras banqueteándose en los potreros con la carne que
    nadie ha visto aquí en años (excepto que fuera músico que viaja, pintor
    famoso, destinatario de grandes remesas del extranjero o, digamos,
    dirigente de cierto nivel) y pasemos al mar.

    Cuba es el país que con mayor número de ciudadanos ha contribuido a la
    alimentación de los tiburones del siglo XX.

    En Occidente al menos, es el único país donde el ciudadano no puede
    acceder a ni al teléfono celular, ni puede tener televisión por
    cable o satélite, ni emigrar del seno de su país a la capital.

    Es el país donde decir o escribir cosas que a los viejitos del gobierno
    no les gusten, puede llevarlo a uno a la cárcel y en otro tiempo al
    paredón; aunque si de ser justo se trata, hay que reconocer que dicha
    prohibición no es nueva, sino que la crearon los viejitos para salvar la
    patria (eso dijeron) en aquellos días remotos, ya casi míticos, en que
    todavía eran muy jóvenes y la gente creía en ellos. Hasta se soñaba con
    dar la vida por ellos o, al menos, por uno de ellos en especial.

    En cuanto al tema inmigración, las marcas (cicatrices incluidas) no
    serían agotadas por una generación dedicada a envejecer escribiendo
    novelas. En lo estadístico, basta con resumirlo diciendo que la quinta
    parte de la población cubana se ha marchado y, de las cuatro partes que
    quedan en la Isla, nadie sabe cuántas no se irían si al levantarse una
    mañana apareciera un camino mágico tendido sobre la mar.

    En cuanto a los que ya se fueron, antes o después, solos o con familia,
    se fueron para siempre. Nada de cuidado, según la patria de la que
    hablan los periódicos. Basura pro imperialista, mercenaria y
    anexionista, que aquí no podría volver a menos como turistas. Y esto, si
    se portan bien, si no cometen el descoco de ponerse a hacer
    declaraciones lesivas para la dignidad nacional; es decir, para la
    revolución, para el gobierno.

    Abarcan muchas cifras las marcas impuestas por estos viejitos, en ya
    casi medio siglo de fabricar cerrojos y cadenas, muros y silencio, sin
    ser herreros ni utilizar cemento. Saber que muchas de esas prisiones
    fueron indispensables una vez, para el sueño que nos proponíamos, no
    aminora las tragedias a que dieron lugar. Ni ninguno de los bienes
    obtenidos entonces o después —que, por cierto, no han sido pocos—
    compensaría la aberración de haberlas perpetuado cuando ya no eran
    necesarias.

    Ahora que os llegó la hora de partir

    Pensadlo, bellos jóvenes de un día, que cometisteis la locura de
    envejecer en el poder. La familia, ese irrecuperable don, único bien en
    este mundo que no es humo, ha pagado esa locura de vosotros, dejándose
    destazar a lo macho, destazar a hachazo limpio, con hachazos demasiado
    grandes, demasiado profundos e innecesarios al cabo, hachazos que no han
    dejado de retumbar, que continúan desgajándola todavía con un hacha que
    os ha comido el alma.

    A mi me dejó, en el '93, sin un hijo que entonces tenía dieciséis años y
    ahora treinta. En los últimos trece años no lo he vuelto a ver. Incluso
    ni siquiera s&#2
    33; si está vivo.

    Pensadlo, ahora que os llegó la hora de partir, oh, abandonados, la hora
    del inevitable adiós. Pensadlo. ¿Os absolverá la historia cuando cada
    cubano pueda sentarse a contar, despacio y sin miedo, su parte en este
    cuento de marcas infinitas que pareciera escrito por un Kafka vendido al
    diablo? ¿Os absolverá…?

    Dirección URL:
    http://www.cubaencuentro.com/es/encuentro-en-la-red/cuba/articulos/en-la-isla-de-las-marcas

    Print Friendly

    Leave a Reply

    Your email address will not be published. Required fields are marked *

    Calendar
    January 2008
    M T W T F S S
    « Dec   Feb »
     123456
    78910111213
    14151617181920
    21222324252627
    28293031  
    Archives