La libreta del hambre
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    Publicado el jueves 10 de enero del 2008

    Lágrimas negras
    ANDRES REYNALDO

    Cuba quiere . Lo dicen esas mujeres de blanco que muestran por
    las calles de La Habana el coraje y la decencia que debían vestir los
    hombres de verde olivo. Lo dicen los jóvenes ahogados en alta mar cuyos
    cuerpos amanecen mordidos por los peces en las playas de nuestra
    conciencia. Lo dice (para ser románticos) el espíritu de los tiempos. Y
    lo dice, por omisión, el trastabillante dictador en sus habituales y
    caóticas reflexiones sobre la importancia de sí mismo, sobre la
    importancia de haber mutilado a una nación.

    Rumoran que Fidel padece de incontrolables accesos de llanto. Que llora
    a la hora de la papilla y a la hora del baño, antes de la siesta y
    después del noticiero. Que llora cuando ve a Chávez y cuando se acuerda
    de Randy. ¿Llorará por las vidas que ha destruido? ¿Llorará por el
    deliberado dolor infligido a millones de sus compatriotas? ¿Por la
    abrumadora carga de rencor y desprecio que deja sobre los hombros de sus
    hijos y nietos? ¿Llorará, en fin, por algo o alguien que no esté
    emponzoñado por su leguleyo narcisismo y su espeluznante frialdad?

    De Fidel se han escrito biografías y se han filmado documentales. Su
    principal hagiógrafo es un señor Premio Nobel y hasta Steven Spielberg
    (ese maestro del realismo socialista) lo considera un prodigio de
    virtudes. Sin embargo, nadie nunca nos ha dicho a quién ama Fidel.
    Sabemos que Hitler idolatró a su sobrina y que Stalin veneraba a su
    madre (solía llamarla virgencita). Trujillo, quizás, a sus hijos.
    Batista, sin duda, a los suyos. ¿Pero a quién habrá amado Fidel? ¿Por
    quién se habrá quedado sin apetito una semana? ¿Frente a quién habrá
    llorado en su adultez este hombre perturbadoramente lastimado en su
    infancia? Más importante aún, más terrible, ¿de qué lo puede redimir su
    llanto? ¿En qué medida sus lágrimas lavan las nuestras? ¿De qué vale que
    llore, si es que llora, como no sea para contaminar con los quejidos de
    su decrepitud el aterrado silencio que sembró en el corazón de los cubanos?

    Ahora que los últimos espasmos de su vida biológica testimonian, con
    visos de sainete, su muerte política, Cuba tiene que atreverse a echar a
    andar sobre sus ruinas. Ante todo, hay que aprender a imaginar el
    mañana. Cierto que ser libre implica un mar de incertidumbres, pero el
    miedo al futuro no anula la posibilidad del futuro. Por suerte, el
    castrismo agotó en la diaria y dura práctica sus cantos de sirena. Allí
    no va a quedar un mito. Allí van a saltar en una tarde de primavera los
    monumentos a Lenin y las estatuas del Che. Allí se harán misas por Pedro
    Luis Boitel y se estudiará como una abyecta y cantinflesca rareza la
    cláusula de fidelidad absoluta a la Unión Soviética que contemplaba la
    Constitución de 1976.

    Tuvo suerte Fidel. Tiene suerte Raúl. El proyecto revolucionario pudo
    cristalizar a plenitud. Los yanquis no invadieron, el ejército no se
    sublevó, el pueblo aguantó callado. Cincuenta años de poder absoluto,
    sin tener que perderse una sola borrachera. Al contrario, cobijados por
    la celebratoria fanfarria de la progresía, desde las odas de Silvio a
    los conciertos de Serrat, desde los poemas de Córtazar a las bendiciones
    de Leonardo Boff, desde las meditaciones de Sartre a las coqueterías de
    Danielle Mi-

    tterand. Lástima que el proyecto haya sido una reverenda mierda. Lástima
    que el mayor logro de la revolución haya sido Miami.

    ¡Qué ironía, don Miguel Barnet! ¡Qué rizo del realismo mágico, don
    Cintio Vitier! Cientos de miles de presos políticos, decenas de miles de
    fusilados, la UMAP, Villamarista, la libreta de racionamiento, los
    procesos de depuración ideológica contra homosexuales y creyentes, las
    campañas de subversión en el Tercer Mundo, las guerras en Africa, los
    brutales sacrificios del período especial, el picadillo de claria, los
    bistés de frazada de piso y todo para convertir un sureño balneario de
    tercera categoría, desventajosamente rodeado de pantanos, en el
    verdadero milagro cubano de todos los tiempos. A 90 millas. Con Palacio
    de las Fritas, Colegio de Belén y hasta Casa de los Trucos.

    A la larga, lo mejor de la revolución han sido sus opositores, sus
    víctimas, sus humildes antídotos. Dentro y fuera de la isla. Los
    gusanos, los blandengues, los apátridas, la escoria, los mismísimos
    mercenarios del imperialismo. Los que envían el dinero de las remesas.
    Los que tararean el himno nacional en una celda de castigo. Cuba quiere
    libertad. Y ya sólo es cuestión de abrir un par de ventanas. Pensándolo
    bien, ¿será esto lo que ha puesto a llorar a Fidel?

    http://www.elnuevoherald.com/noticias/mundo/columnas_de_opinion/story/141140.html

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