La libreta del hambre
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    Publicado el sábado 12 de abril del 2008

    Cuba: miedos políticos
    OSCAR PEÑA

    Todo el que conoce la Cuba absorbente de la vida humana de estos 50 años
    entiende los justificados miedos que ha tenido la población cubana para
    abordar el tema de las libertades. Es precisamente por el conocimiento
    de ese terreno minado que se valora altamente el coraje de los pocos
    disidentes que encendieron un día las velas de la dignidad cívica y
    rompieron filas; y es también la razón por lo que se explica el miedo de
    grandes figuras del régimen, de sus funcionarios, militares, dirigentes
    y diputados. Las experiencias vividas y las ajenas conducían al cubano a
    concluir que podían un día quejarse públicamente de algún producto de su
    libreta de racionamiento que no había llegado a la bodega, del hueco
    grande de la calle de la esquina y de otras nimiedades de la vida. Sin
    embargo, todos sí sabían que no se podía traspasar la cerca invisible,
    pero existente; y los padres cubanos desde que sus hijos eran unos bebés
    comenzaban a hacerles una transfusión de miedo que los llevara a no
    hablar o cuestionar nada de la política del país. Toda Cuba ha crecido
    sabiendo cuál es el terreno vedado.

    Ese penoso actuar ha sido un medio de defensa, un salvavidas social para
    no perecer en los pelotones de fusilamiento, en las prisiones, en el
    destierro, en el plan piyama o muerte en vida; o trabajando eminentes
    intelectuales en un cuartico obscuro de una biblioteca organizando
    libros o cargando hierros en una fundición. Todos los cubanos han tenido
    –de una forma u otra– la necesidad de ponerse la penosa careta cubana.
    Cuando en 1989 y 1990 Fidel Castro organizó y dirigió desde su puesto de
    mando los actos de repudio más tumultuosos y largos que afirman ha
    conocido la capital del país. Uno primero en el reparto Aldabó y
    posteriormente otro en el Vedado, donde paralizó todos los grandes
    centros de trabajo de La Habana para concentrar multitudes en la calle H
    y 15 frente al humilde apartamento donde estábamos un grupo de
    disidentes que habíamos cometido ''el delito de traspasar el cercado''.
    Estábamos emplazando al régimen a un diálogo nacional para discutir la
    falta de libertades del país y buscar entre todos vías para el despegue
    de la sociedad. Desconocíamos un peligroso secreto: Fidel Castro siempre
    ha querido que sus adversarios sólo sean extranjeros.

    ¿Saben los lectores a quienes envió Fidel Castro al frente de aquel
    canallesco maltrato de estado? A Robertico Robaina y a Felipe Pérez
    Roque. Su intención era mancharlos. Ellos estaban allí porque también
    tenían miedo de incumplir la orientación. Ellos no sabían quiénes eran
    esas personas a quienes maltrataban, ni el ''delito'' cometido, pero
    ¿cómo decirle al comandante en jefe: yo no me presto para esas bajezas
    humanas? En los regímenes totalitarios ellos también son víctimas. Hay
    que comprenderlos. Son llevados a esos extremos por aquello del hombre y
    sus circunstancias. Felipe Pérez Roque ha sabido ajustarse más la
    careta, pero Robertico ''se salió del plato'' y hoy sólo está pintando
    en su casa cuadros de mujeres.

    ¿A qué buena conclusión debemos llegar? Los que están hoy atrapados
    dentro del régimen son hombres y mujeres –igual que todos no-

    sotros– con defectos y virtudes, y paralizados por mecanismos de
    relojería suiza de mucha presión, pero la mayoría son cubanos que pueden
    ser útiles a la nueva Cuba. En 1959 fue un crimen nacional provocar la
    salida de todos los batistianos a fabricar otra Cuba fuera de la isla.
    La vida ha demostrado que todos no eran el asesino Esteban Ventura Novo.
    Hoy sería otro crimen superior no pensar en reconstruir a Cuba entre
    todos. Las partes positivas y valientes del último discurso de Eusebio
    Leal, Alfredo Guevara y otros en el finalizado congreso de la UNEAC lo
    tenían ellos y el resto de todos los asistentes oculto en sus mentes en
    todos estos años, pero hay pensamientos que para sobrevivir en Cuba con
    ellos tienen que estar disfrazados. Hoy lo hicieron público porque
    recibieron la seña, el visto bueno del nuevo mandante nacional, que
    ojalá siga por el camino de convertirse en el histórico facilitador del
    cambio. Posiblemente en alguna próxima reunión, Leal, Guevara, Silvio,
    Amaury, Milanés o cualquier otro se atrevan a pedir la de todos
    los presos de conciencia, o Raúl Castro se adelante y la semana próxima
    estén todos en sus hogares. Entonces la historia estaría obligada a
    juzgarlos diferente.

    El miedo de Cuba se entiende y se puede justificar, pero el de Miami no.
    En una sociedad libre no tiene explicación. No me refiero a las
    diferentes opiniones de la democracia, sino a muchos capítulos reales de
    miedos políticos que se han visto en el cubano. Lamentablemente
    el último ha sido el del Directorio Democrático, un grupo de
    inteligentes jóvenes que nos entusiasmaron a todos con nuevas ideas y
    con la esperanza de que venían con una cultura política moderna a
    desbrozar el viejo y oxidado camino cubano de la oposición. Me duele que
    no ha sido todavía así. Se necesita de ellos. Sin embargo, se están
    autoexcluyendo. No se puede ser útil a la apertura de Cuba con hombres
    que estén pensando cómo quedan ante los extremistas. Cuba está como está
    desde que nació por los radicales de ambos lados. Al exilio le ha
    costado mucho trabajo ganarse la solidaridad internacional, y cuando hoy
    el exiliado cubano Carlos Alberto Montaner es vicepresidente de la
    Internacional Liberal, y cuando por primera vez la organización mundial
    de los Socialdemócratas Cristianos se identifica con el exilio y la
    libertad de Cuba, y retan al régimen de La Habana a un diálogo nacional
    entre las partes de Cuba, llevando en ese desafío a organizaciones
    exiliadas, es contraproducente al proceso de la libertad de la isla la
    retirada pública del Directorio de una declaración internacional de
    acción política inteligente y moderna.

    Los reclamos de justicia son más fuertes de este lado que el deseo
    genuino de una solución viable al problema cubano. Cuando el contrario
    haga todo lo que le exige esa cuadrada oposición para dialogar, ya no
    hace falta el diálogo, el debate, ni esa inefectiva oposición. Ojalá en
    las dos partes de Cuba se haga una verdadera rectificación de errores y
    de miedos.

    http://www.elnuevoherald.com/noticias/mundo/columnas_de_opinion/story/189015.html

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