La libreta del hambre
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    EL TRISTE SINO DE TRES CURAS OBREROS EN CUBA
    Por José Manuel Vidal
    El Digital
    RD
    Infosearch:
    José F. Sánchez
    Analista
    Director
    Dept. de Investigaciones
    La Nueva Cuba
    Julio 20, 2009

    Aunque no quiere confesarlo abiertamente, está preocupado y muy triste.
    Escalofríos recorren su frágil cuerpo, sobre todo por las noches. Se
    llama Isidro Hoyos y es el único superviviente de los tres curas
    españoles que, hace años, decidieron entregarse a los más pobres de
    Cuba. Primero apareció asesinado Eduardo de la Fuente el 13 de febrero,
    y sus dos amigos pensaron en la fatalidad. Pero cuando este lunes,
    también día 13, corrió la misma suerte Mariano Arroyo, a Isidro comenzó
    a rondarle el miedo a ser el siguiente. «En mi tierra dicen que no hay
    dos sin tres», comentaba preocupado tras enterarse de la noticia. Un
    poco más tranquilo, tras la detención del sospechoso de haber asesinado
    a Mariano, sigue preguntándose por el móvil. ¿Simple robo, crimen ritual
    satánico, obra de la mafia o de un desequilibrado?

    A sus 75 años, curtido por más de tres décadas de cura obrero en
    Santander, el padre Isidro lleva casi diez años en Cuba. Dedicado a
    evangelizar, acompañar y compartir la vida de los más humildes. Viaja en
    guagua y hasta ha pedido la cartilla de racionamiento. Para ser uno más,
    como su gente, que lo arropa en estos momentos tan dolorosos que está
    atravesando. «Nunca me hubiera imaginado que nos podría pasar algo así.
    Es como una película de suspense. Como la novela ésa de Agatha Christie
    en la que van cayendo unos tras otros. Una horrible pesadilla», asegura
    con voz entrecortada por teléfono desde la casa de unos amigos, porque
    en su casita-parroquia de las afueras de La Habana no lo tiene. «¿Miedo?
    Sí y no. No soy valiente, pero tampoco quiero obsesionarme con esa idea
    de que puedo ser el siguiente. No pienso en eso, prefiero no pensarlo.
    No podría vivir así», confiesa. Y no es para menos. En cinco meses
    perdió a sus dos mejores amigos curas. «Mis amigos del alma», como él
    los llama. Y, además, asesinados «de una forma horrenda».

    Eduardo de la Fuente fue el primero. Su cadáver fue encontrado en la
    cuneta de una carretera, a unos 20 kilómetros de La Habana el viernes 13
    de febrero. Estrangulado, cosido a puñaladas y con las huellas de los
    pies y las manos quemadas. Era el primer cura asesinado desde el triunfo
    de la revolución cubana, el 1 de enero de 1959. Todo el mundo se
    preguntó, entonces, por las causas del crimen. Sobre todo, los 175
    sacerdotes extranjeros que trabajan en la isla (entre ellos los 60
    españoles) y, en especial, sus dos amigos, Mariano e Isidro. Un crimen
    que sigue sin esclarecerse, aunque fuentes del consulado aseguraban
    estos días a Isidro que «al parecer, hay dos o tres detenidos por el
    caso de Eduardo». Pero las autoridades cubanas no han dado más
    información sobre el tema.

    A los cinco meses exactos del asesinato de Eduardo, aparece muerto el
    segundo del trío sacerdotal, de nuevo un día 13. Esta vez fueron a por
    el alma mater del grupo. Mariano Arroyo fue asesinado este lunes,
    decimotercer día de julio, en la casa parroquial del santuario de
    Nuestra Señora de Regla, a las afueras de la capital cubana. Torturado,
    cosido a puñaladas y con las huellas de manos y pies quemadas. Como Eduardo.

    «Hay similitudes llamativas. Los dos fueron asesinados un día 13 y de la
    misma manera horrible, con el mismo procedimiento y con la misma muerte
    cruel», reflexiona en voz alta Isidro. Y repasa para Crónica las
    distintas hipótesis. Primero descarta el hurto, motivo que se atribuyó
    al crimen del padre Arroyo porque se encontró la caja fuerte de la casa
    parroquial donde vivía abierta. «No puede ser un robo, porque ha habido
    ensañamiento y en ambos casos». También descarta, por
    «descabellada», la hipótesis de que fuese la banda terrorista española
    ETA. ¿El régimen castrista? «Ni por asomo. Al Gobierno estas muertes
    también le hacen daño. No es una imagen internacional que lo beneficie.
    Además, las relaciones con la Iglesia son muy cercanas y muy
    complacientes, sobre todo tras la visita del secretario de Estado del
    Vaticano, cardenal Bertone, a Cuba y su encuentro con Raúl Castro».
    Isidro tampoco avala la hipótesis de eventuales venganzas. «Mariano
    nunca recibió amenaza alguna. Nunca tuvo enemigos ni altercados ni
    problemas personales ni miedo alguno a nada ni a nadie. Su casa siempre
    estaba abierta y su coche era la ambulancia de la zona. Tanto él como
    Eduardo eran dos curas muy queridos por todo el mundo».

    ¿UN RITO SATÁNICO?

    Sólo le parecen plausibles dos hipótesis. Una, de su propia cosecha: «Un
    desequilibrado, con la misma forma de proceder en ambos crímenes». Y
    otra, que avanza con cautela, porque se la comentó la policía de la
    embajada española: «Un crimen ritual, probablemente cometido por la
    santería satánica». Porque, «a la otra santería, digamos la normal,
    Mariano la conocía mucho y se sentía cercano a ella, como, en general, a
    toda la religiosidad popular, un campo en el que era un consumado experto».

    De hecho, «babalaos y santeros» de la religión yoruba lo invitaban a sus
    festejos. Al lado mismo del Santuario de la Virgen de Regla se practica
    la santería, que llama Yemayá, la diosa del , a la Virgen de Regla.
    Más aún, la gente entra y toca a todos los santos del santuario católico
    por indicación de las santeras que están sentadas enfrente del templo.
    El padre Arroyo había logrado conciliar un puente de entendimiento y
    convivencia entre la iglesia católica y los populares cultos sincréticos.

    Tras el análisis de las diversas hipótesis sobre el móvil del asesinato,
    Isidro concluye: «No hay explicación posible. No me puedo imaginar la
    causa. Es un enigma, un misterio». Un misterio que parece haber empezado
    a desentrañar la policía cubana, tal y como le ha pedido el propio
    Gobierno español. El pasado viernes, un comunicado del arzobispado de La
    Habana aseguraba que la policía había detenido al sospechoso del
    asesinato del padre Mariano y que no existe relación entre este crimen y
    el del padre Eduardo, a pesar de las analogías entre ambos sucesos.

    Sin embargo, desde Tailandia, Vicente Gutiérrez, un misionero que antes
    estuvo en Cuba, sostiene todo lo contrario. «La clave, para mí, está en
    el asesinato de Eduardo. Creo que hay una mano oculta que asesinó a
    Eduardo. Mariano, por amistad, por cierta culpabilidad por haberle
    invitado a quedarse en Cuba, ha debido de estar preguntando e
    investigando por su cuenta. Esa mano oculta no quería que Mariano
    regresara a España por lo que fuera, por algunas ideas que tuviera o por
    si movía algo en España».

    Y concluye: «Me inclino más a pensar que la muerte de Mariano ha sido
    consecuencia de la de Eduardo. La mano oculta puede ser algún tipo de
    mafia o de oligarca del lugar, con buenas conexiones para que no salga a
    la luz
    lo que pasó. Por eso ahora me preocupa la seguridad de Isidro,
    que es el tercer amigo. ¡Ojalá regrese a España con el cuerpo de
    Mariano! Si él se salva, todavía me preocupan los otros curas españoles
    que quedan».

    ¿Puede que Mariano le ocultara alguna información que conociera a
    Isidro? Éste lo niega tajantemente: «Estuve hablando con él el domingo,
    pocas horas antes de que lo asesinasen. Estaba totalmente tranquilo,
    como siempre. Entre nosotros dos no había secretos, nos lo contábamos todo».

    ARROYO LOS CONVENCIÓ

    Isidro y Mariano eran amigos de verdad. Y cuando Isidro lo recuerda, se
    le escucha llorar al otro lado del teléfono. Al rato, toma aire y pide
    disculpas. «Era mi mejor amigo. Con una amistad de muchos años. Vivimos
    juntos y coincidíamos en muchas cosas. Tanto en lo personal como en lo
    pastoral. Incluso compartíamos los mismos amigos, como Eduardo… Nos
    queríamos mucho. Y que haya terminado así, con una muerte tan cruel, me
    parte el alma y me deja un vacío muy grande, que sólo encuentra consuelo
    en la esperanza de la resurrección».

    Y tras otro alto, recupera el aliento y, orgulloso de él, destaca que su
    amigo era sobre todo «maestro de la fe, una de esas personas que hacen
    creíble a la Iglesia y un sacerdote apasionado por evangelizar y por
    llegar al pueblo».

    Si algo unía a estos tres curas, además de la amistad, era la pasión que
    compartían por los más humildes. O en términos clásicos, su «opción
    preferencial por los pobres». Cada cual a su manera. Pero siempre
    «encarnados» en la realidad del pueblo llano.

    Mariano Arroyo era el aglutinante del trío y el que había conseguido
    que, tras recorridos vitales diversos, terminasen juntos en Cuba. Nacido
    el 20 de febrero de 1935 en Cabezón de la Sal (Santander), Arroyo se
    ordenó en 1960 y se licenció en Filosofía y Teología por la
    Pontificia de Comillas de Madrid. Bien formado y con un brillante futuro
    clerical por delante, optó por irse de misionero a Chile. En la diócesis
    de Copiapó todavía lo recuerdan como el cura que, a pesar de su
    preparación intelectual, «nunca buscó los grandes puestos».

    Regresó a Madrid y estuvo trabajando durante 10 años como formador del
    seminario y como cura comprometido. Fue en esa época cuando entró en
    contacto con los Hijos de la Caridad, una congregación dedicada a los
    más desfavorecidos de la periferia de Madrid. Y con Eduardo de la
    Fuente, clérigo de Carabanchel que recogía en su propia casa a todos los
    que le pedían ayuda. Llegó a adoptar incluso a cinco hermanos de etnia
    gitana que habían sido abandonados por sus padres.

    Pero a Mariano le seguía picando la misión. Y, en 1980, regresó de nuevo
    a Chile, donde estuvo 17 años en puestos de responsabilidad. En 1997 se
    trasladó a Cuba, porque sentía que allí hacía más falta. Y una vez en La
    Habana llamó a sus dos amigos. Al de Madrid y al de Santander. El de
    Madrid, Eduardo, era el más joven de los tres. Llegó a La Habana con 58
    y, tres años después, fue asesinado. Quizás por eso, Mariano llegó a
    sentirse culpable de su muerte.

    EL SUPERVIVIENTE

    El tercero en la lista maldita y el único superviviente, Isidro Hoyos,
    es un clásico cura obrero de los de antes. De hecho, su historia figura
    en un libro titulado Curas obreros (Editorial Herder), publicado el mes
    pasado y que recoge la vida y milagros de una treintena de esta especie
    de sacerdotes en vías de extinción. Segundo de cinco hermanos de una
    familia de campesinos, Isidro Hoyos nació el 10 de mayo de 1934 en
    Reinosilla (Santander), se ordenó sacerdote en 1957 y, desde siempre,
    tuvo muy claro que su universo pastoral iba a ser el mundo obrero.

    Y por el mundo obrero hizo una opción radical: vivir como ellos. Por eso
    renunció a la paga de cura, a pesar de seguir colaborando en una
    parroquia, y buscó trabajo. Primero como peón en el puerto, después en
    una cadena de electrodomésticos o en una carpintería mecánica. Hasta que
    el sindicato Comisiones Obreras le pidió que hiciese la carrera de
    Derecho (por la Universidad a Distancia). Conseguido el título, pasó a
    ser abogado del sindicato hasta que se jubiló, en 2000, con 66 años.

    Avelino Seco, que compartió más de 30 años de trabajo pastoral con
    Isidro en la parroquia santanderina de San Pío X, define a Isidro como
    «una grandísima persona, austero, sencillo, de fe profunda y encarnada y
    con una capacidad enorme de tirar palante». Y recuerda que «fue Mariano
    el que lo animó a trasladarse a Cuba».

    Y se fue por amistad. Y, como él mismo dice, «por conocer la realidad de
    un país socialista y compartir con los pobres lo que tengo». Y allí
    trabajaron juntos. Hasta que el cardenal de La Habana nombró a Mariano
    rector del santuario de la Virgen de la Regla y a Isidro, sacerdote de
    Alamar, una parroquia de nueva creación de unos 120.000 habitantes, a
    las afueras de la capital cubana. Ahora, un asesino los ha separado.
    «Hasta que nos volvamos a ver en el cielo», dice Isidro, confiado.

    Fiel hasta el final, ayer vino desde Cuba acompañando el féretro de su
    amigo. Y tras rendirle homenaje y, a pesar de que su nombre podría
    figurar en la lista maldita, el único superviviente del trío de
    sacerdotes lo tiene muy claro: «No se me ha pasado por la cabeza no
    volver a Cuba. Volveré con su memoria, que siempre permanecerá viva en
    Cuba y, no digamos, en mi corazón. Porque, como decía Ignacio Ellacuría,
    lo que más me dolería es que me acusasen de haberme alejado de los
    pobres y de haber olvidado a los amigos».

    LA NUEVA CUBA (20 July 2009)
    http://www.lanuevacuba.com/2009/Jul/notic-09-07-2002.htm

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