La libreta del hambre
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    Andar en P

    El público siempre fue una asignatura pendiente del gobierno
    de Fidel Castro. A pesar de que en los años 80 (cuando el país contaba
    con más recursos y apoyo de Hungría y otros países del antiguo bloque
    socialista), en el poblado de Guanajay, a 60 kilómetros de la capital,
    montaron una factoría que ensamblaba ómnibus de la marca Ikarus, siempre
    fue una calamidad trasladarse de un punto a otro de la ciudad.

    En los años de más abundancia material de la revolución verde olivo,
    donde había yogurt y leche sin cartilla de racionamiento, en la urbe
    rodaban 2 mil 500 ómnibus y cerca de 5 mil taxis. Pero ni así, paliaban
    el déficit del trasporte urbano.

    Con la llegada de esa guerra silenciosa que es el período especial,
    andar por la ciudad en el transporte estatal, era casi una proeza digna
    de una aventura de Indiana Jones. Hubo momentos que algunas rutas de
    ómnibus pasaban dos veces al día. Aparecieron los "camellos", camiones
    con un gran armatroste de remolque, que cargaban hasta 300 personas
    apiñadas como sardinas. Verdaderas saunas y sitios para carteristas y
    pervertidos sexuales.

    Hasta 20 kilómetros caminaba la gente, para ir a resolver algún asunto o
    visitar un amigo o familiar. Por las noches, las principales avenidas
    estaban desiertas y oscuras, pues hubo momentos en que el fluído
    eléctrico se cortaba 12 o más horas diarias. Entonces hicieron acto de
    presencia las pesadas bicicletas chinas, en buena parte culpables de que
    los accidentes mortales de tráfico crecieran en flecha.

    Sin contar la escalada de . Las calles de La Habana, competían
    con las de Medellín o Río de Janeiro. Por robar una bicicleta, los cacos
    lo mismo te podían destrozar a machetazos, o degollarte con una soga
    puesta a lo ancho de una oscura calle, cuando pasabas en tu bici.

    A las guaguas y "camellos" les decían el cometa Halley, por lo que
    demoraban en pasar. Más preocupado por ayudar a y dilapidar el
    exiguo erario público en disparates económicos y planes sin sentido,
    Castro I aterrizó en la realidad en 2004. Y con cara de tonto preguntaba
    en la Asamblea del Poder Popular, qué hacía el Ministro de Transporte
    para resolver la crisis del ramo.

    Como siempre, el Comandante descargó los fracasos en otros. Pero se dio
    cuenta que si quería que la economía creciera, había que sacar dinero
    del banco, para adquirir ómnibus, camiones y locomotoras. En y
    Rusia compró cerca de 5 mil buses y un número igual de camiones.

    El transporte urbano, en estado de indigencia, vio el maná cuando
    comenzaron a rodar por la ciudad cerca de 460 ómnibus articulados de la
    marca Yutong, Liaz y Maz. La Empresa de Metrobus, su nombre oficial,
    gestiona 17 rutas denominadas con la letra P, y que abarcan las
    principales arterias de La Habana.

    En horas pico, tiene una frecuencia entre 5 y 10 minutos. Los P siempre
    van llenos a reventar y son calurosos como un horno. Pero a falta de
    pan, casabe. La tan mentada mejoría de la que se vanaglorian los
    dirigentes habaneros es puro espejismo.

    Es lógico que una capital de más de dos millones de habitantes, como La
    Habana, si se quiere que mínimamente funcione, debe contar con un
    servicio de ómnibus capaz de trasladar el millón de personas que cada
    día se mueven en la ciudad. A falta de un metro o un tren suburbano, y
    donde los taxis estatales en moneda nacional prácticamente han
    desaparecido, como única opción viable, la gente tiene que trasladarse
    en los atestados P.

    Ya moverse desde las principales avenidas hasta algún reparto lejano es
    una historia complicada. Otra calamidad es el servicio de ómnibus que
    circula por los más populosos barrios y repartos.

    Con la vuelta de tuerca a la economía, debido a las dos crisis, la
    mundial y la que padecemos desde hace dos décadas, producto del
    interminable período especial, los planes de expansión del transporte
    público han sido frenados y muchas salidas de rutas se han visto reducidas.

    Por si fuera poco, entre el personal de la Empresa de Metrobus se rumora
    que debido al impago típico del gobierno cubano, los proveedores no
    garantizan las piezas de repuesto para los años venideros. De ser
    cierto, ir de una zona a otra de la ciudad podrá convertirse en un
    martirio. Aunque nunca, a decir verdad, andar La Habana en ómnibus fue
    muy grato.

    Iván García

    Andar en P « Desde La Habana (5 October 2009)
    http://vocescubanas.com/desdelahabana/2009/10/05/andar-en-p/

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