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    EGIPTO Y CUBA, LAS DIFERENCIAS NO HACEN LA DIFERENCIA
    23-02-2011.
    Darsi Ferrer Ramírez
    Observatorio de Análisis Político, afiliado a la plataforma Consenso Cívico.

    (www.miscelaneasdecuba.net).- La Habana, Cuba. 21 de febrero de 2011.
    Los históricos acontecimientos que sacuden el mundo árabe, iniciados con
    las masivas protestas populares que en Túnez derrocaron al régimen
    dictatorial de Zine El Abidine Ben Ali, y luego se extendieron
    rápidamente a Egipto costándole la caída al régimen antidemocrático de
    Hosni Mubarak, y ahora inspiran las manifestaciones en otras naciones
    del área como Yemen, Libia, Bahréin, Argelia, Marruecos y hasta influyen
    en Irán, desataron la actual polémica que discurre sobre las
    posibilidades de que ese tipo de revueltas se desaten también en Cuba.

    En no pocos analistas y diplomáticos predomina el criterio de que las
    diferencias entre estos pueblos son marcadas. Un punto significativo que
    señalan es la limitación de acceso de la sociedad cubana a las redes
    sociales y demás tecnologías modernas de las comunicaciones,
    herramientas que constituyen el vehículo de la ola revolucionaria del
    Próximo y Medio Oriente.

    Otras comparaciones aludidas entre el mundo árabe y Cuba es el nivel de
    sometimiento del pueblo cubano, que en más de medio siglo apenas ha
    tomado las calles para rebelarse ante los abusos y arbitrariedades del
    régimen totalitario de los hermanos Castro. Hay quienes aseguran que los
    de la isla tienden a arriesgarse en el intento de escapar del terruño
    por cualquier vía, pero no se atreven a disputarle el poder a la dictadura.

    No faltan argumentos que valoran como una considerable ventaja para las
    autoridades la geografía insular, a la hora que les sea preciso sofocar
    cualquier protesta del pueblo. Además, ven como un factor disuasorio de
    las reacciones masivas de malestar social el control casi absoluto de la
    población por el gobierno, y las conocidas capacidades de su enorme
    aparato represivo y la impunidad con la que opera.

    Las razones anteriores y muchas otras expresan las divergencias entre
    las realidades del mundo árabe y Cuba. Sin embargo, no hacen la diferencia.

    Es verdad que en la isla es limitado el acceso a la Internet y el uso de
    las redes sociales, así como los servicios de la telefonía móvil y la
    penetración de las señales de televisión satelital, en comparación a las
    naciones islámicas, pero dichas dificultades tienen compensación con la
    suma de algunas particularidades, como: la plena identificación de la
    sociedad con los conceptos y valores globales de la cultura occidental,
    la cercanía geográfica a los EEUU y los vínculos naturales e históricos
    entre ambos pueblos mediante la modernidad, el activismo político y las
    potencialidades del exilio muy comprometido con la situación de sus
    compatriotas, y el enorme foco que representa el tema cubano en la
    opinión pública internacional, entre otras.

    Asumir la tesis de que el pueblo cubano padece de cobardía genética
    resulta doblemente absurdo. Las sociedades tunecina y egipcia soportaron
    el terror y la opresión durante décadas, y no fue hasta hace unas
    semanas que salieron valientemente a sacudirse el yugo de sus regímenes.
    Durante el medio siglo de dictadura los cubanos, a pesar de las
    apariencias, no se han comportado de modo obediente, por el contrario,
    los caracteriza un alto grado de insurrección en la esfera económica.
    Ese hecho se confirma con la magnitud del mercado negro, más extendido
    en esta sociedad que en los desaparecidos totalitarismos de Europa del Este.

    La invulnerabilidad que le achacan a los mecanismos de terror impuestos
    por el aparato represivo, pasa por alto los acontecimientos en similares
    sociedades cerradas. El temible y despiadado aparato de control social
    manejado por la Stasi en la desaparecida Alemania Oriental, estaba a
    plena capacidad de funcionamiento cuando se desmoronó el Muro de Berlín
    y no tuvo modo de contener a las determinadas masas de personas que se
    lanzaron reclamando libertad. También en Rumanía, Checoslovaquia y
    Polonia el cambio de sistema sorprendió a los gobernantes totalitarios
    con sus respectivos aparatos de inteligencia y fuerzas de la policía
    política intactas. Lo mismo sucedió hace apenas unos días en Túnez y
    Egipto. ¿Por qué razones Cuba estaría condenada a un desenlace distinto
    de ocurrir posibles manifestaciones populares?

    Las tropas del ministerio del interior tienen una esencia represiva,
    criminal y de insensibilidad hacia el pueblo. Están formadas en la
    práctica impune de ser los castigadores de la población, y responden
    fielmente como perros de presa a los designios de sus amos, esa casta
    gobernante que controla el poder mediante el uso despiadado de la fuerza
    y el servicio a su conveniencia de leyes arbitrarias e injustas.

    Pero no es la situación del ejército. Los altos mandos se muestran
    leales a la élite política, porque condicionan su obediencia a la
    garantía de los privilegios y prebendas que reciben. Aunque esos
    militares de alto rango no son recuperables por su estado de
    comprometimiento con el poder, los cuadros intermedios y las tropas
    llanas difícilmente se presten para masacrar a sus coterráneos. Ellos no
    están preparados para disparar a mansalva a sus familiares, amigos y
    compatriotas, jamás ha sido parte de su misión. Llegado el momento los
    oficiales intermedios y soldados, como en Egipto, Túnez, Alemania o
    Rumanía, terminaran aliándose junto a su pueblo.

    Con demasiada frecuencia los análisis sobre la situación cubana ignoran
    las circunstancias que han llevado a la población a evitar los costos
    del enfrentamiento político. El ser humano, ligado al instinto de
    conservación, tiende a buscar la salida menos traumática para resolver
    sus problemas vitales. Hasta ahora, la población ha utilizado como
    mecanismo de compensación para su supervivencia la vía de escape
    encontrada en el conjunto básico de los magros salarios de los
    trabajadores, los escasos servicios y recursos subsidiados por el Estado
    y el acceso cotidiano al imprescindible mercado negro.

    Es precisamente este mecanismo compensatorio de supervivencia elemental
    el que está llamado a desaparecer o deprimirse considerablemente a
    consecuencia de la política que encabeza el gobernante Raúl Castro,
    quien asume la implementación de los denominados ¨Lineamientos del
    Partido¨ como la única alternativa de salvación de su fracasado Sistema.
    El diseño de ese engendro estratégico será sometido para su aprobación
    en el anunciado Congreso de los comunistas, que tendrá lugar a finales
    del mes de marzo.

    En medio de las crecientes condiciones de miseria y encarecimiento de la
    vida, los Lineamientos del Partido plantean la necesidad insoslayable de
    expulsar de sus empleos a más de un millón de trabajadores, los que
    quedarán en total desamparo. Además, estipulan el cierre de las empresas
    estatales irrentables e insisten en la eliminación gradual de los
    servicios y productos que subsidia el Estado.

    También se refiere en el documento partidista que la masa crítica de
    desempleados podrá ser absorbida por el emergente sector privado, al que
    denominan no estatal, y que recientemente fue autorizado a re surgir
    mediante la autorización de licencias que permiten la realización de 178
    categorías de negocios privados, de poca significación económica y bajo
    reglas asfixiantes.

    Para despejar la incógnita de por qué en Cuba no se han desarrollado
    grandes manifestaciones sociales, hay que valorar en su justa medida las
    variables que actúan directamente influyendo en la supervivencia.

    Hace unos meses al mandatario boliviano, Evo Morales, se le ocurrió
    aprobar por decreto el aumento del precio de la gasolina, en lo que fue
    conocido como el ¨gasolinazo¨. Tal acción provocó manifestaciones y
    disturbios a gran escala en todo el país suramericano, hasta que el
    gobernante indígena dejó sin efecto la medida y ordenó restablecer los
    anteriores precios. Una medida parecida se adoptó en la isla, donde se
    incrementó por esos tiempos el precio de la gasolina y de la población
    no surgió la más mínima reacción de protesta.

    La razón de estas diferencias radica en el hecho de que, al igual que en
    el resto de las naciones normales, la supervivencia del pueblo boliviano
    depende de la economía legal, donde se incluyen la privada y la estatal.
    Una subida de precio de un producto básico como la gasolina genera
    incremento en los demás productos de primera necesidad y afecta la
    dinámica de vida de la población. En cambio, la economía de subsistencia
    de los cubanos es el mercado negro y se abastece fundamentalmente de la
    corrupción, el desvío de recursos, el robo en las empresas estatales y
    otros actos de ilegalidad. Alternativa que sirve de colchón para
    compensar cualquier variación salida del monopolio casi absoluto de la
    economía del Estado.

    A ningún cubano le rinden más allá de una a dos semanas las 4 libras de
    azúcar que el Estado distribuye por persona mensualmente a través de la
    cartilla de racionamiento. No obstante, en términos generales ningún
    cubano completa sus necesidades de azúcar comprando el faltante en la
    red de tiendas estatales que venden sus productos en divisas. Resulta
    que donde todos suplen esas necesidades es en el mercado negro. Igual
    sucede con la sal, el huevo, el arroz, la gasolina, el cemento y muchos
    otros productos y materias primas sustraídas de los almacenes y
    establecimientos estatales.

    Ahora se puede razonar que de los 500 mil trabajadores que serán
    despedidos inicialmente unos 300 mil son activos participantes, de una u
    otra manera, en la dinámica de funcionamiento del mercado negro, donde
    una vez fuera de sus trabajos dejarán de aportar de golpe los recursos y
    productos a su alcance hasta ese momento. Digamos, los choferes le
    sustraen parte del combustible a sus automóviles del Estado y lo venden
    en la economía informal. Los farmacéuticos venden las medicinas y el
    alcohol que se roban de los dispensarios. Las oficinistas venden por la
    izquierda los paquetes de hojas que logran apropiarse subrepticiamente.
    Así sucesivamente se conforma la cadena general de la economía
    subterránea, donde la mayoría del pueblo encuentra alivio a sus
    desesperantes limitaciones y carencias.

    Lo más significativo de toda esta historia es que por primera vez la
    cúpula gobernante amenaza con desarticular el mecanismo de escape de la
    población, único espacio que todavía le permite algún respiro para
    garantizarse la supervivencia, aunque sea en condiciones muy precarias.
    Este nuevo experimento suicida, contenido en la política de los
    Lineamientos, deja al pueblo acorralado y sin salida. Más si se
    consideran las circunstancias actuales matizadas por el colapso casi
    total de la economía nacional, responsable del desabastecimiento crónico
    y un malestar generalizado en la población.

    Las autoridades del régimen no están ajenas a la realidad, tienen una
    nítida percepción del fracaso total de su modelo y de la única
    alternativa a la que empujan al pueblo; el Estallido Social. Lo peor de
    la encrucijada en que se encuentran es que comprenden que el Sistema que
    han sostenido por décadas está arruinado, su economía no funciona ni
    tiene posibilidades de reformarse bajo el actual modelo totalitario, y
    ellos no resisten la más mínima apertura política sin perder el control
    del poder. Su comprometida estabilidad está armada sobre la base del
    subsidio venezolano, el que cada día se torna más inseguro por la
    creciente pérdida de popularidad del presidente Hugo Chávez y el
    desgaste de su proyecto dictatorial, cuyas señales apuntan a que perderá
    las próximas elecciones presidenciales del 2012.

    Lo anterior se comprueba observando que la élite política ha frenado los
    planificados despidos, también el anunciado cierre de las empresas no
    rentables, y resultan mínimos los productos eliminados hasta ahora de la
    cartilla de racionamiento. La lectura de esas vacilaciones de la cúpula
    gobernante es que por mucho temor que les despierte el resultado de sus
    drásticas medidas, no tienen opción, están obligados a implementarlas
    dado el insalvable nivel de su quiebra. El pueblo tampoco tiene
    alternativa, inmerso en su profunda miseria tendrá que responder como el
    gato una vez que el perro lo acorrala.

    Hay quienes piensan que la actual crisis interna es comparable a la de
    los años 90´, cuando el régimen encontró paliativos que le ayudaron a
    salir del fondo en el que cayó. Eso es falso. En aquel momento tuvieron
    la opción de beneficiarse de la inversión extranjera, abrirse al
    turismo, permitir la circulación del dólar, estimular las remesas
    familiares y autorizar los negocios privados; alternativas que aportaron
    liquidez fresca y considerable a las arcas del Estado. Esas maniobras
    facilitaron, además, el desarrollo y consolidación del mercado negro y
    su rol en la supervivencia del pueblo.

    En la actualidad la inversión extranjera está seriamente comprometida
    por el enorme endeudamiento de la nación y la ruptura de reglas básicas,
    como el incumplimiento en los pagos de los compromisos contraídos con el
    empresariado extranjero y el injustificable congelamiento de parte del
    dinero depositado por esos empresarios en los bancos cubanos. El turismo
    ha crecido en el número de visitantes pero decrece en las ganancias que
    reporta, principalmente por la pésima competitividad de sus servicios.
    Las remesas y el propio turismo han sido sensiblemente afectados por la
    medida draconiana de imponer al dólar un gravamen del 20 %, lo que
    desestimula el envío de dinero a la isla y encarece los precios a los
    turistas. Qué decir del abismo generado en la economía por la dualidad
    de monedas, problema al que no se le avizora posibilidad de solución en
    el corto o mediano plazo. Termina de ensombrecer el cuadro la
    espeluznante carencia de liquidez de
    ambas monedas, las divisas convertibles y también el peso cubano, de
    este último circulan miles de millones entre la población sin retorno al
    Estado, por la depauperación en la oferta de los productos y servicios
    estatales.

    Un aparte merece la actual legalización de los negocios privados, que
    algunos politólogos consideran como apertura y hasta le encuentran
    parecido a las exitosas reformas económicas aplicadas en China y
    Vietnam, lo que resulta una valoración ingenua y equivocada.

    Los modelos de capitalismo de Estado introducidos por las referidas
    naciones asiáticas, se debieron primero a un cambio en la mentalidad
    política de sus clases dirigentes, que facilitó la posterior apertura
    económica. En China fue Deng Xiaoping el que condujo las reformas a
    finales de los años 70´, y comenzó por ir liberando la economía y asumir
    la filosofía de que enriquecerse es glorioso. En el caso de Vietnam el
    despegue empezó tras alejarse de los esquemas de economía marxista,
    luego del Sexto Congreso del Partido en 1986, cuando decidieron, además,
    el retiro forzoso de los cuadros de mayor edad que se resistían a los
    novedosos cambios.

    En Cuba la supuesta reforma económica la lideran los mismos ancianos que
    con su mentalidad retrógrada han hundido al país en la miseria, y no
    ocultan su intensión de combatir la creación de riquezas a manos del
    emergente empresariado privado. Tampoco dirigen los cambios al control
    de la economía por el mercado, sino que apuestan por mayor planificación
    y control estatal, cuestión que representa una radicalización del
    centralismo económico.

    Entre las contradicciones insuperables de las actuales medidas
    económicas destacan, la inexistencia de una infraestructura mayorista
    que suministre las materias primas, y los comerciantes sólo pueden
    abastecerse de la red minorista a precios exorbitantes en divisas. Los
    impuestos estipulados para la legalización de los negocios son leoninos,
    sobrepasan el 60 % de las ganancias brutas, y no dan margen a que se
    consolide una red de negocios independientes. Los cambios económicos no
    se acompañan de una legislación jurídica que respalde el libre ejercicio
    de las actividades privadas. Aunque está planificado expulsar de sus
    trabajos al 25 % de la fuerza laboral, el gobierno asegura que harán
    todo lo posible por desestimular la contratación de mano de obra,
    aplicando un impuesto progresivo en la medida que sea mayor el número de
    trabajadores contratados por los comerciantes.

    Constituyen otros serios obstáculos la grave descapitalización de la
    sociedad y el aplastante impacto de la incontrolable burocracia estatal,
    que con su dinámica viciosa se fortalece parapetada en la parálisis de
    las iniciativas de cambios. También influye que el Estado no cuenta con
    disponibilidad de abrir bancos de créditos para financiar los préstamos
    que necesitan la mayoría de los que pretenden aventurarse a montar
    negocios privados.

    El desastre económico del régimen es tal que, a pesar de ser una nación
    netamente agrícola, importa cerca del 80 % de los productos
    agroalimentarios que se consumen en el país, por los que desembolsa
    anualmente alrededor de 1500 millones de dólares. Esta situación ocurre
    en una época donde se han disparado los precios de los alimentos en el
    mercado mundial, y los pronósticos no indican que bajarán en el futuro
    inmediato.

    La luz al final del túnel para el saneamiento económico depende
    concretamente del éxito en la reforma de la agricultura. Los hermanos
    Castro han dejado claro que no aplicarán el único esquema con resultados
    positivos en medio de la inoperante centralización económica, el
    campesinado libre. En vez de apostar por entregar la tierra en propiedad
    a las personas que deseen hacerlas producir y liberalizar las
    actividades agrícolas, como funciona la agricultura en los demás países,
    prefieren insistir en el fracasado modelo del usufructo, o sea, otorgar
    parcelas de tierras ociosas manteniendo la titularidad estatal y sin
    abrirse al juego libre de la producción, distribución y
    comercialización. Algo nada estimulante.

    La chispa que encendió las actuales revueltas populares en la región
    árabe del norte africano se relaciona con uno de los habituales
    atropellos de la policía contra un desesperado comerciante de poca
    monta. De ese incidente aparentemente insignificante surgió la reacción
    en cadena que ya lleva dos regímenes dictatoriales derrocados y amenaza
    con la caída de otros. En Cuba la pólvora está regada por todo el
    territorio nacional y cualquier evento fortuito puede convertirse en
    detonante. Sólo basta interpretar el significado de acontecimientos
    recientes, como la manifestación que protagonizaron decenas de jóvenes
    en un cine de Santa Clara, la huelga durante varios días de los cocheros
    en Guantánamo, el paro de los trabajadores del coloso azucarero Urbano
    Noris en Holguín, las manifestaciones populares desatadas por desalojos
    en Santiago de Cuba y Guantánamo, o la protesta callejera de vecinos en
    Punta Brava por la deprimente situación con
    el abasto de agua.

    Soplan fuertes vientos democratizadores impulsados por la modernidad. La
    humanidad vive una nueva era revolucionaria donde prevalece el despertar
    de los pueblos ungido por los valores democráticos que propugna la
    cultura occidental. La sociedad cubana no está desconectada de la
    globalización que hoy define la convivencia de las naciones. Igual que
    la tunecina, la egipcia, la libia o iraní ya apesta demasiado la
    dictadura de los Castro. Más temprano que tarde la influencia de la ola
    libertaria del mundo árabe arrastrará a los cubanos a reclamar
    masivamente en las calles el cambio de régimen, libertad, aperturas
    democráticas y prosperidad. Absolutamente, no hay diferencias.

    http://www.miscelaneasdecuba.net/web/article.asp?artID=31356

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