La libreta del hambre
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    Examen del raulismo

    Tres años perdidos en mediocridad, corrupción y ruina
    DDC
    Madrid 06-03-2011 - 7:44 pm.

    Juan Antonio Blanco, Maite Rico y Elías Amor hacen sus valoraciones.

    También sobre el raulismo: Bertrand de la Grange, Carmelo Mesa-Lago,
    Jaime Suchlicki y Guillermo Fariñas, Rafael Rojas, Jorge A. Sanguinetty,
    Elizabeth Burgos y Dagoberto Valdés, Carlos Alberto Montaner, Uva de
    Aragón y Haroldo Dilla.

    Raúl Castro. La Habana, 18 de diciembre de 2010. (REUTERS)

    Raúl Castro cumple tres años en la presidencia del país. Bajo un orden
    político distinto al que existe en Cuba, habría sobrepasado ya la
    primera mitad de su mandato como presidente constitucional y sería hora
    de recuento. ¿Qué ha sido lo más positivo y lo más negativo de este período?

    Juan Antonio Blanco

    El gobierno de Raúl Castro padece una paradoja insoluble. Comprende —no
    es que desee— la inevitabilidad de realizar cambios que puedan
    fortalecer y prolongar el poder de la elite sobre la sociedad, pero teme
    apartarse demasiado del modelo totalitario absolutista con el que se ha
    gobernado hasta hoy.

    Subyace en ese dilema la tensión entre el control y la persuasión. ¿Cuál
    de las dos herramientas ofrece más garantías a su supervivencia como
    casta dominante? ¿A cuánto control sobre otros actores sociales —el
    mercado, los artistas e intelectuales, los jóvenes y afro descendientes—
    podría renunciar la elite de poder en aras de ganar aceptación? Raúl
    Castro —entre las presiones de su conservador hermano y la inútil
    lealtad de una burocracia tan corrupta como ineficaz— ha perdido tres
    años de gobierno sin decidir su propio camino de forma resuelta y clara.
    Eso le va a costar.

    Nadie es líder por decreto sucesorio. Como dijera un académico —por
    cierto, muy lejano de ser sospechoso de tener afinidades por la
    oposición— el nuevo grupo dirigente y su actual "máximo líder" tienen
    tanto carisma como una botella de agua mineral sin gas. La pregonada
    vocación institucional de Raúl Castro vale poco en un hasta ahora
    inconmovible contexto de mediocridad, corrupción y ausencia de
    mecanismos críticos de auto corrección.

    Su hermano no escuchaba a los demás. Pero Raúl Castro todavía no ha
    demostrado que no desea escuchar lugares comunes e idioteces.

    Ha sacado de sus cargos a aquellos más cercanos a su hermano para
    sustituirlos con otros elegidos por él. Pero el nuevo equipo —al que
    todavía pertenecen algunos ejemplares del jurásico cubano como Machado
    Ventura— no se ha destacado todavía por su eficacia o sensatez.

    Ausentes en el equipo de toma de decisiones están las mejores cabezas de
    la academia cubana, que venían anunciando esta crisis desde hace
    décadas. Les permite hablar más que antes; es cierto. Pero los nuevos
    ministros no parecen perturbados por ese dato. Oyen, pero no escuchan.
    Algunos destacados nuevos "dirigentes" administrativos anuncian la
    construcción de numerosos campos de golf en un país donde hay una crisis
    del manto freático, y otros explican que el sector privado emergente
    será recargado de impuestos que desalienten la contratación de mano de
    obra para evitar que se enriquezca y fortalezca.

    Mientras tanto, el tiempo sigue pasando entre medidas insuficientes y a
    cuenta gotas que el marketing político del régimen ya no logra vender
    dentro ni fuera del país. La arriesgada premisa detrás de ese sentido de
    atemporalidad administrativa es que, al margen de su ineptitud y
    sordera, allí nunca sucederá nada.

    Maite Rico

    ¿Qué han traído de bueno para Cuba los tres años de "raulismo"? Repaso
    la hemeroteca. Hurgo en la memoria. Ya lo tengo: que las máscaras han
    caído. La ruina económica ha obligado al régimen a reconocer, ante los
    cubanos y ante el mundo, su propio fracaso. Y la muerte de Orlando
    Zapata ha destapado el lado más siniestro de la dictadura, su racismo,
    su desprecio por la vida. Por lo demás, los malos siguen al frente de la
    nave desvencijada y sin rumbo, como una banda de piratas ebrios,
    mientras que a los buenos, condenados a remar en la oscuridad, el agua
    ya les empieza a llegar al cuello. Y como colofón, las apariciones
    fantasmagóricas de Fidel, ya sea en chándal o en uniforme verde olivo,
    para recordarnos que no se ha ido.

    Lejos ha quedado la expectación que generó la llegada de Raúl a la
    presidencia, en febrero de 2008. Había que ver los titulares de
    entonces: "La segunda revolución cubana ha comenzado". "Castro abandona
    el poder". "Cambio en Cuba". "Nueva era política". Se aventuraba un
    nuevo estilo de gobierno, un relevo generacional, el fin de muchas
    prohibiciones…

    Pero hete aquí que después de autorizar la compra de teléfonos móviles y
    ordenadores, y el alojamiento en hoteles (medidas todas al alcance de
    una exigua minoría), a Raúl se le acabó el fuelle, y mandó parar allá
    por el mes de julio, justo cuando la gente esperaba lo importante: la
    flexibilización de los trámites migratorios y la eliminación del permiso
    de salida. "Hay que acostumbrarse no solo a recibir buenas noticias",
    dijo sin sonrojarse.

    Y en efecto, a partir de entonces todo han sido malas noticias. Los
    campesinos no tienen medios para explotar las tierras que les había
    cedido el Estado en usufructo. La zafra desciende a los niveles de 1905.
    La falta de liquidez ahoga al país. Hay desabastecimiento general y
    recortes drásticos de electricidad. Ni el petróleo de Hugo Chávez ni el
    maquillaje estadístico pueden ocultar la debacle de medio siglo de
    castrismo.

    Con el país sumido en la miseria, al régimen no le ha quedado más
    remedio que reconocer su propio fracaso. Lo bueno de Raúl es que ha
    hecho un diagnóstico oficial del desastre. El Estado no funciona. No hay
    producción, y sí mucha corrupción. La educación hace aguas, Granma
    dixit. La sanidad está por los suelos. Otra cosa es la asunción de
    responsabilidades. Porque la culpa, ya se sabe, la tiene el embargo,
    perdón, el bloqueo, o los huracanes, o la crisis financiera
    internacional… Y el Estado cubano también, porque no se puede ser tan
    bueno y tan desprendido, que luego la gente se te vuelve huevona.

    "O rectificamos pronto al borde del precipicio o nos hundimos", ha
    proclamado Raúl.

    Y el Gobierno rectifica. Recorta subsidios. Elimina comedores obreros.
    Saca las patatas y los guisantes de la libreta de racionamiento. Puros
    "vicios paternalistas". Y finalmente, diseña un plan para poner de
    patitas en la calle en los tres próximos años a 1,3 millones de
    empleados públicos, que tendrán que buscarse la vida en el vacío, porque
    no hay infraestructura privada en la Isla. Eso sí, el régimen ya ha
    anunciado que no tolerará protestas en la calle. Ya está bien de consentir.

    Y llegados a este punto es donde me asombra el silencio de los cubanos.
    Puedes aguantar cinco décadas de represión. De consignas. De censura. De
    fiscalización de tu vida privada. De economía de subsistencia. De
    mercados vacíos. De ver cómo las viviendas, los edificios y el
    transporte se vienen abajo. De arbitrariedades y discursos interminables
    del prócer. Pero que después de todo eso, cuando ya has tocado fondo,
    vengan los responsables del naufragio a humillarte, y a decirte que
    estás muy mal acostumbrado a la generosidad del Estado y que ya va
    siendo hora de que te espabiles… A ver, ¿eso es o no es para ir con
    antorchas a la plaza de la Revolución?

    En estas semanas, la ira popular ha derribado en el mundo árabe
    regímenes que parecían inamovibles. Todo empezó con un hombre, el
    tunecino Mohamed Buazizi, cuya desesperación se desbordó el día en que
    una inspectora prepotente le confiscó el puesto de fruta con el que
    mantenía a su familia y le llevó a inmolarse en una plaza. La muerte de
    Buazizi encendió la mecha, y dos meses y medio después, han caído dos
    dictadores y un tercero (Gadafi, nada menos, el alter ego magrebí de
    Fidel), está en la cuerda floja. En Cuba también hubo otro hombre,
    Orlando Zapata, que se dejó morir de hambre y cubrió de ignominia al
    régimen. Pero en la Isla nadie se ha movido. Bueno sí, los de siempre:
    las Damas de Blanco, los blogueros, los periodistas independientes, los
    disidentes, los presos plantados… Y Guillermo Fariñas, claro, que torció
    el brazo a los Castro.

    Tal vez ahora, cuando se vean en la calle con el trasero pateado aún
    ardiendo, cientos de miles de cubanos de a pie se planteen que quizás
    ellos también pueden dejar atrás la doble moral, el miedo y la
    hipocresía, y expresar en la calle lo mismo que dicen en casa. Solo así
    dejarán los viejos mamarrachos de reírseles en la cara.

    Elías Amor

    Tres años es un período más que suficiente para evaluar a un gobernante,
    sobre su capacidad de gestión, su voluntad y claridad de ideas. Raúl
    Castro no puede recibir una valoración positiva en ninguno de estos tres
    atributos.

    Su capacidad de gestión se le presume algo mejor que la de su hermano.
    Ha supuesto la adopción de una serie de medidas paliativas de la escasez
    general, pero poco coordinadas entre sí, que han puesto de manifiesto
    los graves desequilibrios de la economía y que, en líneas generales, han
    sido un fracaso (la entrega de tierras, por ejemplo). Más burocracia y
    control político, combinados con una represión calculada para mantener
    el miedo en la población. Los Lineamientos son un traje a la medida para
    consagrar la estructura de poder existente.

    Su voluntad es clara. No habrá cambios políticos en Cuba hacia la
    democracia, la libertad y los derechos humanos. Ni siquiera se acepta
    negociar la Posición Común con la Unión Europea, y se enjuicia a Gross
    por actividades que en ningún país merecerían tal castigo.

    Es cierto que ha sabido apoyarse en la Iglesia Católica para conseguir
    ganar tiempo, pero la liberación de presos políticos no constituye un
    gesto de buena voluntad, sino una maniobra de alcance para liberar
    presión interna.

    En cuanto a la claridad de ideas, no hay motivo alguno para pensar que
    las cosas puedan cambiar. Ha convocado el Congreso del Partido único
    cuando le ha venido en gana, maneja el Ejército y la Seguridad del
    Estado como si se tratase de una guardería infantil, no existe el
    Parlamento y la división de poderes es nula.

    El balance deja mucho que desear, mientras la economía cubana se hunde,
    alejándose de la onda de recuperación que sacude a América Latina y se
    abren nuevos frentes todos los días para mantener el conflicto con
    Estados Unidos, como si la guerra fría no hubiera terminado.

    http://www.diariodecuba.com/opinion/3464-tres-anos-perdidos-en-mediocridad-corrupcion-y-ruina

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