La libreta del hambre
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    Sociedad

    La tragedia cubana de tomar café
    Luis Felipe Rojas
    Holguín 15-07-2011 – 9:42 am.

    Sacarlo de las intrincadas zonas cafetaleras, atravesar los controles
    policiales, revenderlo en las ciudades.

    Bajan con sus macutos repletos del aromático grano de las montañas
    orientales o del centro de la Isla. Una tropa numerosa de hombres y
    mujeres-hormigas se encargan de acarrear el café hacia los pueblos y
    capitales provinciales. Los más viejos lo agradecen como si fuera un
    medicamento salvador.

    Sin , más que un negocio práctico con tan requerida infusión, la
    venta de este producto se ha convertido en un asunto de pura nostalgia.
    Manosear el grano, olerlo por largo rato y comprobar su variedad es un
    rito sin igual para algunos cubanos.

    Sacarlo de las intrincadas zonas cafetaleras, atravesar los puntos de
    controles policiales y revenderlo en las ciudades lleva más de artesanía
    en miniatura que de vendedor tradicional. Yirimía, en Sagua de Tánamo,
    Tí Arriba y San Benito en Alto Songo, Santiago de Cuba o mismísimos
    cafetales guantanameros son solo unos pocos puntos de partida para
    entrar en la geografía del aroma del café cubano. Lo cierto es que con
    las altas y las bajas y después de más de veinte años sin la venta
    racionada en granos en el mercado local, ninguna imposición ha impedido
    que muchos paisanos continúen saboreando una tacita de café serrano,
    puro, "de la loma", como suelen decir sus admiradores.

    Las estrategias y los precios

    Aunque Milennis nació a mediados de los años 80 y no supo de cuando
    vendían el café a granel, por mucho tiempo vio a su madre en los
    trajines de venderlo en el pueblo. Verla irse de noche o de madrugada
    para regresar al otro día era parte de la rutina de esta muchacha que
    hoy se considera una verdadera traficante de café.

    "Tendría mucho que contar, prácticamente me crié bajando el café de las
    lomas con mi madre. He pasado de todo y ahora tengo bastante
    experiencia, como para enseñar a otros", dice con un tono de jactancia.

    "Lo primero que aprendí fue a 'casarme' con una zona. Yo nada más compro
    en Sagua de Tánamo, (Holguín), lo hago por dos o tres años hasta que
    esté completamente 'quemada'. No me gusta como hacen los que empiezan,
    que hoy van a Ramón de Guaninao y mañana van a Baracoa. Yo me establezco
    en un lugar, y punto", afirma.

    Para Rafael, que aunque bastante parco accede a contar, lo peor son los
    preocupantes operativos policiales. "Si te conocen en la zona
    cafetalera, incluso te pueden adelantar la carga hasta la salida de los
    caseríos, pero con el tiempo también te conocen los chivatos, policías y
    los envidiosos, y de esos no te salva nadie". Y continúa: "yo cumplí 18
    meses en un correccional por casi un quintal que llevaba, pero antes fui
    multado como seis veces, con 50, 300 y una vez con 1.500 pesos", asevera.

    Tanto para Milennis como para Rafael es importante buscarse socios en
    los cafetales para buscar un producto bueno y después revenderlo. Pero
    también sus modos de bajarlo de las intrincadas montañas es una parte
    fundamental en el negocio.

    "Yo trabajo con poca mercancía. 20, 30, a lo sumo 40 libras, y eso
    cuando estamos en pico de cosecha. Lo bajo dos veces a la semana y lo
    vendo yo misma en el barrio. He oído de gente que da buenos 'palos', de
    10 o 20 quintales y se retira por dos cosechas, pero para eso hay que
    tener carro… y estar bien conectado con la policía", asegura Milennis,
    como si revelara un gran secreto.

    Rafael dice que no hay secretos, que es negocio de poca gente: el que lo
    vende y el que lo busca y revende, no hay más. Este mulato cuarentón
    atestigua haber transportado el exquisito grano en envases de champú, en
    el interior de muñecas y en los dobles forros de maletines.

    Cuando pregunto por el precio es Milennis quien dice de manera jocosa:
    "El precio es alto: decomiso, multa y candado". Pero sabe que pregunto
    por el precio de venta y explica que "ahora subió y nunca más se va a
    vender a 10 ó 15 pesos, hoy está a 40 la libra y el que quiera tomarlo,
    tiene que gastar lo que tenga", dice categórica.

    El impacto y los consumidores

    Cualquier cubano ha visto cómo en los puntos de controles policiales
    aparecen jabas y mochilas con el codiciado producto pero, a falta de
    dueños, los gendarmes cargan con todo y dejan que los pasajeros
    continúen su recorrido.

    Son cubanos comunes y corrientes que arriesgan años de cárcel y sus
    empleos por buscarse unos pesos revendiendo café.

    "Yo cuelo café del bueno un par de veces a la semana", dice Nilda, una
    septuagenaria que ahora paga 35 pesos cubanos por una libra en grano.
    "Es una barbaridad, pero no puedo pasar muchos días sin probar una
    tacita del bueno, del que traen los muchachos de la Sierra Maestra", indica.

    Hace más de quince años, Holguín, Santiago de Cuba y Bayamo apartaron
    sus torrefactoras de café del centro de las ciudades. Los procesos de
    tostado y molido expulsaban sus gases sobre los vecinos y han puesto las
    torrefactoras en las periferias. Alguien que prefiere llamarse José, un
    maestro jubilado, afirma que cuando tenían cerca la tostadora, en su
    casa tomaban café puro y comían más chícharos, pues los obreros lograban
    sacar bastante para revender.

    Bárbaro Tejeda, un promotor del Proyecto en Levisa, municipio de
    Mayarí, dice que tiene testimonios cercanos de gente que ha sido
    encausada en numerosas ocasiones por bajar café de las montañas, por
    hacer que la gente tome café puro y no mezclado con nada. "Los policías
    se parapetan en las faldas de esas lomas", dice apuntando hacia la
    Sierra Cristal, "y esperan a que bajen las mujeres que van a comprarlo
    para revenderlo aquí. Entonces hacen zafra poniendo multa y confiscando
    lo que traigan", concluye.

    Desde que suspendieron la venta de café en granos por la cartilla de
    y comenzaran a mezclarlo con chícharo (o con frijol
    blanco, como me aseguró una persona que trabajó de chofer en una
    distribuidora provincial), unos abandonaron el hábito de tomar café y
    otros lo acentuaron hasta convertirlo en una obsesión.

    Nilda, una enfermera jubilada, asegura haber pagado hasta 70 pesos por
    una libra allá por los años 92 o 93. "Yo ganaba un poquito más de 300
    pesos, pero me empeñaba y lograba comprar un libra de cuando en vez
    (sic). Ahora incluso mi hermana me ha enviado café La llave o Pilón, de
    Miami, lo que es una contradicción porque a ella le puede costar de 3 a
    5 dólares una libra, según la marca. A mí me cuesta un cuarto de mi
    jubilación, qué voy a hacer", finaliza.

    Esta anécdota la contaba el joven escritor Julio Jiménez. Dice que
    cuando vivía en el Reparto Portuondo de Santiago de Cuba, un furtivo
    vendedor de café, posiblemente venido de las montañas de La Maya o
    Maffo, con tal de escapar de los policías y la presidenta del Comité de
    Defensa de la Revolución pregonaba su mercancía susurrando: "El
    producto… el producto, el producto", y las caseritas, conocedoras,
    cómplices y ansiosas por una buena colada, lo hacían pasar.

    http://www.ddcuba.com/cuba/5798-la-tragedia-cubana-de-tomar-cafe

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