La libreta del hambre
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    Las madres mendigas de La Habana Vieja
    A. C. San Martin Albistur | La Habana | 3 Mayo 2013 – 10:17 am.

    Piden dinero a los turistas en nombre de sus hijos pequeños. Tienen que
    cuidarse de la policía. Algunas llevan décadas sosteniendo de este modo
    a sus familias.

    Cada una de ellas oculta detrás del rostro un conflicto que las
    diferencia y agrupa en el mismo destino, repleto de necesidades
    feroces. Mezcladas entre los vendedores, costumbrismo y policías, la
    figura mendicante de las madres con sus hijos de la mano añade
    realidad al ambiente tradicional, creado para el turismo extranjero en
    La Habana Vieja.

    Esparcidas en grupos de tres a seis, alrededor de unas 50 mujeres, con
    niños pequeños en los brazos o gestantes, se precipitan detrás de los
    extranjeros para pedir dinero. Estas madres, en su mayoría de raza
    negra, conforman un grupo heterogéneo de desempleadas, trabajadoras y
    estudiantes.

    Implorar auxilio a los extranjeros para alimentar al niño que lleva en
    los brazos es un modo de mendicidad en incremento, aunque nada novedoso
    en las calles de La Habana. Algunas de estas madres llevan décadas
    sosteniendo a su familia de esta manera. También se han sumado a la
    modalidad algunos hombres, pero la poca suerte lucrativa atenúa la
    imagen masculina en esta práctica.

    Jaqueline (ocultan sus verdaderas identidades), una de las madres
    mendigas, tiene siete hijos, de ellos una joven de 21 años que sigue sus
    pasos.

    “Llevo 20 años en las calles luchando con los extranjeros por mis siete
    hijos, así los he criado a todos y ya tengo cuatro nietos. De mis hijos
    menores, solo a uno le toca la leche por la libreta, a los demás se la
    tengo que comprar en dólares.” Confiesa que en una ocasión un turista
    le entregó 300 euros. “Ese día me fui en taxi para la casa. Gracias al
    dinero que hago aquí, me compre un refrigerador y un televisor.”

    Jaqueline y su hija comienzan a mendigar a las 11:00 am y regresan
    pasada las 3:00 pm. Con el dinero que logran en el día, almuerzan con
    los niños en una fonda barata y compran meriendas a los vendedores
    ambulantes.

    Ambas se mantienen escondidas entre la multitud que transita por la
    intersección de las calles Obispo y Mercaderes. La concurrida esquina
    les da la oportunidad de internarse entre los grupos de turistas para
    abordarlos, sin dejar de caminar.

    La faena es difícil, pero todas las madres entrevistadas confiesan que
    nunca terminan la jornada con menos de 20 dólares (500 pesos). Para
    ellas los días difíciles son los fines de semana y la temporada de
    vacaciones escolares.

    “Sábado y domingo hay muchos niños y también piden. Esos días los
    extranjeros se fijan menos en nosotras. Entre semana es mejor, los niños
    están en la escuela”, explica una de las madres de 17 años. “Quisiera
    algún día conseguirme un buen trabajo que me alcance para mantener a mis
    dos hijos, esto aparte de difícil, es riesgoso.”

    El grupo de madres que merodea el Capitolio es más numeroso. De igual
    forma, se ocultan en las escaleras de los alrededores o detrás de los
    ómnibus de turismo. Cuando llega el grupo de turistas extranjeros, los
    abordan con la petición de dinero para comprar alimentos.

    “A veces los extranjeros nos llevan al mercado y ellos mismos compran la
    comida. Me da igual, porque yo quiero el dinero para comer. Generalmente
    todos son solidarios, menos los chinos, estos te tiran fotos y se
    mandan a correr”, explica una de las madres que merodea el Capitolio. La
    joven de 18 años se suma al grupo de cinco con su embarazo. Según
    cuenta, la maternidad entorpeció sus estudios de pedagogía en la
    escuela de deportes.

    “Gracias a este dinero mantengo mi embarazo. La vida está dura, 20
    dólares no sirven para alimentarse”, confiesa la joven. “Hay días de
    suerte que me voy con 80 dólares, pero no es siempre y se van rápido,
    tengo muchas necesidades.”

    Con la policía vigilándolas

    La mirada de los policías y las cámaras públicas de vigilancia aparentan
    tolerar el estilo de mendicidad. Pero hay más astucia en esto que
    tolerancia. Las madres se sienten seguras ante la presencia de los
    turistas porque la policía actúa cuando los extranjeros se van.

    “La policía nos acosa, pero no pueden negar nuestro derecho a caminar
    por estas calles. Si nos cogen presa, nos llevan para la estación bajo
    amenaza de quitarnos a los niños. En algunos casos levantan un acta de
    advertencia con un oficial que atiende a los menores”, explica una de
    las madres.

    No obstante, la relación entre policía y madres mendigas parece vivir el
    mejor momento en omisiones donde, al parecer, todos ganan. Hasta los
    guardias de seguridad de las agencias que custodian las instituciones
    estatales de la zona ofrecen amparo a las madres, que retribuyen el
    favor al final del día.

    Sin otro contratiempo que la competencia, el método de mendicidad se
    diversifica en las vendedoras. Madres con niños en los brazos que
    simulan ser cuentapropistas en las calles de la vieja Habana turística.
    Pero se delatan cuando pasan los extranjeros con la frase que las
    identifica: “Por favor, una ayuda para alimentar a mi hijo”.

    http://www.diariodecuba.com/cuba/1367569062_3069.html

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