La libreta del hambre
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    El inventor y el capataz
    CARLOS ALBERTO MONTANER | Miami | 20 Jul 2013 – 1:58 pm.

    ‘Ya que no ha podido crear hombres nuevos, Raúl quiere crear burócratas
    nuevos. O sea, estamos ante una variante de los delirios desarrollistas
    de su hermano Fidel.’

    Los agarraron en el canal de Panamá con las manos en los misiles. El
    castrismo no cambia. La complicidad de Cuba con Corea del Norte lo
    demuestra. Lo había advertido en La Habana el jefe del Estado Mayor
    norcoreano, el general Kim Kyok Sik: “Visito a Cuba para encontrarme con
    los compañeros de la misma trinchera, que son los compañeros cubanos”.
    Dios nos coja confesados.

    Además, Raúl Castro está muy molesto. El país es un desastre. Lo dijo
    públicamente hace unos días. Los cubanos son ladrones y vulgares,
    especialmente los jóvenes, que sólo se dedican a perrear y al reguetón.
    Había prometido que todo el mundo se podría tomar un vaso de leche y no
    lo ha conseguido. Ni siquiera eso.

    Hay menos huevos, menos carne, menos pollo. No hay manera de acabar con
    el racionamiento ni de ponerle fin al truco de las dos monedas. El
    Estado paga con la mala, la que no tiene valor, y vende en la buena, la
    que vale mucho. Raúl Castro sabe que perpetra una estafa de juzgado de
    guardia, pero se resiste a ponerle fin al delito.

    Nada de esto es nuevo. Hace unos 25 años, Raúl Castro comenzó a darse
    cuenta de que el comunismo cubano era radicalmente improductivo. Fue
    entonces cuando mandó a algunos de sus oficiales a tomar cursos de
    gerencia en varios países capitalistas. Creía que era un problema
    administrativo. Acababa de leer Perestroika, el libro de Gorbachov, y
    estaba deslumbrado.

    En ese momento, todavía Raúl no era capaz de entender que el marxismo
    era una disparatada teoría que siempre conducía a la catástrofe. Fidel
    agravaba el problema con su ridículo voluntarismo, su inflexibilidad,
    sus iniciativas absurdas y su ausencia de sentido común, pero no
    generaba el desastre. El mal comenzaba en las premisas teóricas.

    Hoy es diferente. A estas alturas, Raúl Castro, que ya no teme a Fidel y
    ha eliminado de su entorno a todos los acólitos de su hermano, con siete
    años de experiencia como gobernante, ya sabe que las recetas
    colectivistas y la cháchara del materialismo dialéctico solo sirven para
    mantenerse en el poder.

    Pero aquí viene la paradoja. A pesar de esa certeza, Raúl Castro quiere
    salvar un sistema en el que ya no creen ni él ni ninguno de sus más
    próximos subordinados. ¿Por qué ese contrasentido? Porque no se trata de
    una batalla teórica. Cuando Raúl declaró que no llegaba a la presidencia
    para enterrar el sistema, realmente lo que quería decir era que no
    sustituía a su hermano para perder el poder.

    En todo caso, ¿cómo Raúl pretende salvar a su régimen? Lo ha dicho:
    cambiando la forma de producir. Inventando un robusto tejido empresarial
    socialista que sea eficiente, competitivo y esté escrupulosamente
    manejado por unos cuadros comunistas transformados en gerentes honrados
    que trabajarán incansablemente sin buscar ventajas personales. Ya que no
    ha podido crear hombres nuevos, Raúl quiere crear burócratas nuevos.

    O sea, estamos ante una variante de los delirios desarrollistas de su
    hermano Fidel. Mientras Fidel era el inventor genial, siempre a la
    búsqueda de una vaca lechera prodigiosa alimentada de moringa con la que
    solucionaría todos los problemas, Raúl es el capataz riguroso,
    convencido de que es un tipo pragmático, organizado y con la mano dura,
    que puede darle la vuelta a la tortilla a base de controles y vigilancia.

    Ese vigoroso aparato estatal raulista coexistiría junto a un débil y
    vigilado sector privado —”empresas bonsai” les llama el economista Oscar
    Espinosa Chepe—, cuya función sería prestar pequeños servicios y ser el
    desaguadero de la mano de obra excedente del sector público. Ahora los
    cuentapropistas están bajo ataque porque algunos, supuestamente, ahorran
    y se hacen ricos. Raúl quiere un capitalismo sin capital. Algo así como
    pretender que la madama sea virgen y pudorosa.

    ¿Cuánto tiempo demorará Raúl Castro en descubrir que su reforma tampoco
    funcionará porque es tan irreal como las locuras agropecuarias de su
    hermano? A Gorbachov le tomó unos cinco años admitir que el sistema no
    era reformable y no había otro camino que demolerlo. A Raúl, aunque es
    duro de entendederas, eventualmente, le ocurrirá lo mismo. Su hermano
    Fidel siempre lo decía, como reveló el padre Llorente, maestro de ambos:
    este muchacho no es muy brillante.

    Source: “El inventor y el capataz | Diario de Cuba” –
    http://www.diariodecuba.com/cuba/1374321514_4307.html

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