La libreta del hambre
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    Raúl, el cándido…
    Martes, Julio 16, 2013 | Por Miriam Celaya

    LA HABANA, Cuba, julio, www.cubanet.org -Una canción infantil para un
    pueblo infante, tal parece la reciente intervención del
    general-presidente, Raúl Castro, en la clausura de la Primera Sesión
    Ordinaria de la VIII Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder
    Popular, en el Palacio de Convenciones, el pasado 7 de julio de 2013,
    que se centró especialmente en la necesidad de acabar con la corrupción,
    los delitos y las indisciplinas sociales en Cuba.

    El actual jefe del mismo gobierno que ha diseñado todo el modelo cubano
    de los últimos 54 años acaba de pronunciar un discurso que destaca por
    su sabor a derrota, pese a las habituales arengas de batallas por librar
    y a las bravatas sobre la supuesta capacidad de sus huestes para vencer
    las eternas dificultades del sistema.

    La referencia a la corrupción e indisciplina sociales, hoy extendidas en
    Cuba como una epidemia, que el gobierno pretende interpretar como
    consecuencias de las carencias de 20 años de “período especial” y de la
    falta de exigencia de la administración de los dirigentes de diversas
    empresas y organismos, constituye un recuento extenso y cruento de
    problemas socioeconómicos que en cualquier otro país supondría la
    dimisión de todo el gabinete de gobierno.

    Así, en apenas cinco párrafos se resume la desfachatez oficial, en medio
    de un discurso en el que el régimen no puede anotarse un solo logro de
    mérito en la dirección del país, salvo la pírrica victoria de continuar
    asido al poder, pese a todo, gracias a la debilidad de los espacios
    cívicos, a la permanencia del temor social y al predominio de la
    filosofía de la supervivencia que reinan en la Isla.

    El general regañó a sus gerifaltes y al pueblo párvulo por la impunidad
    de una larga lista de delitos y otras violaciones –de los cuales,
    obviamente, no considera forma parte el gobierno– tales como: robo al
    Estado, construcciones ilegales y en lugares indebidos, ocupación no
    autorizada de viviendas, comercialización ilícita de bienes y servicios,
    incumplimiento de los horarios en los centros laborales, hurto y
    sacrificio ilegal de ganado, captura de especies marinas en peligro de
    extinción, uso de artes masivas de pesca, tala de recursos forestales,
    acaparamiento de productos deficitarios y su reventa a precios
    superiores, juegos ilícitos, violaciones de precios, aceptación de
    sobornos y prebendas, asedio al turismo e infracción de las
    disposiciones en materia de seguridad informática.

    Como si tamaño paquete de problemas no indicara suficiente caos, también
    señaló lo que pudiéramos considerar males menores, como la propagación
    de “conductas, antes propias de la marginalidad” entre las que menciona
    escándalos callejeros, uso indiscriminado de palabras obscenas y
    chabacanería, verter desechos en la vía, hacer necesidades fisiológicas
    en calles y parques, marcar y afear paredes de edificios o áreas
    urbanas, ingerir bebidas alcohólicas en lugares públicos inapropiados,
    conducir vehículos en estado de embriaguez, irrespetar al derecho de los
    vecinos, perjudicar el descanso de las personas, criar cerdos en medio
    de las ciudades, maltrato y destrucción de parques, monumentos, árboles,
    jardines y áreas verdes; destruir la telefonía pública, el tendido
    eléctrico y telefónico, las alcantarillas y otros elementos de los
    acueductos, las señales del tránsito y las defensas metálicas de las
    carreteras. Diríase que el general estaba robando el discurso de la
    prensa independiente y de los opositores de la Isla, que han denunciado
    durante años los mismos problemas y han sido perseguidos, hostigados,
    encarcelados y hasta desterrados por ello.

    Afortunadamente, para economizar tiempo y palabras, el general dejó
    claro que no iba a enumerar uno por uno “los fenómenos negativos”, así
    que los mencionados fueron solo “los más representativos”, aunque
    advirtió que hay muchos más. De ellos, asegura que los relacionados con
    la crisis ética y moral serán superados a través de “la acción
    concertada de todos los factores sociales, empezando por la familia y la
    escuela desde las edades tempranas y la promoción de la Cultura, vista
    en su concepto más abarcador y perdurable, que conduzca a todos a la
    rectificación consciente de su comportamiento”.

    Por su parte, las ilegalidades y las contravenciones “se enfrentan de
    manera más sencilla: haciendo cumplir lo establecido en la ley y para
    ello cualquier Estado, con independencia de la ideología, cuenta con los
    instrumentos requeridos, ya sea mediante la persuasión o, en última
    instancia, si resultase necesario, aplicando medidas coercitivas”.
    Porque, se queja el general, “se ha abusado de la nobleza de la
    Revolución, de no acudir al uso de la fuerza de la ley, por justificado
    que fuera, privilegiando el convencimiento y el trabajo político”. Sí,
    porque parece que además de corruptos, los cubanos somos una legión de
    ingratos.

    Pero el verdadero aporte a los anales de la democracia del modelo cubano
    y para que nadie diga que en Cuba el pueblo no participa en las tomas de
    decisiones, Castro II ha apelado a “los colectivos obreros y campesinos,
    los estudiantes, jóvenes, maestros y profesores, nuestros intelectuales
    y artistas, periodistas, las entidades religiosas, las autoridades, los
    dirigentes y funcionarios a cada nivel, en resumen, todas las cubanas y
    cubanos dignos, que constituyen indudablemente la mayoría”, para
    desarrollar la cruzada definitiva contra lo mal hecho. Los cruzados
    serían, digamos, una pléyade imaginaria de cubanos puros que jamás
    trasgreden los tabúes, y que harán cumplir “lo que está establecido,
    tanto en las normas cívicas como en leyes, disposiciones y reglamentos”.

    Como puede apreciarse, nuestro general es un pozo de sabiduría: propone
    la creación de un ejército destinado a combatir contra sí mismo. Porque,
    en buena lid, ¿qué cubano no delinque en este país?, ¿cuántos se han
    alimentado solo gracias a la cartilla de racionamiento y a las
    posibilidades de sus magros salarios?, ¿cuántos han podido construir o
    reparar sus viviendas adquiriendo los materiales en los rastros y
    mercados estatales?, ¿cuántos han dejado de comprar un medicamento de
    contrabando cuando lo han necesitado para sí o para sus hijos u otros
    familiares y no los encontraban en la red de farmacias estatales?,
    ¿quiénes no han incurrido en sobornos a funcionarios cuando han tenido
    que realizar trámites que les resultaban urgentes y necesarios, si
    podían evadir los lentos y enrevesados mecanismos burocráticos?
    Entonces, ¿a qué cubanos se refería este cándido anciano en su discurso?

    Yo propondría al general que pagara su peso en oro al cubano que no haya
    incurrido jamás en ninguno de los “fenómenos negativos” que menciona. Y
    de paso, que le haga un monumento: sería aquel el único nativo capaz de
    haber transitado sobre las profundas heces del sistema sin haberse
    salpicado de …inmundicia y sobreviviendo a la experiencia. Habrá
    tropezado quizás con el único individuo de una especie fabulosa, alguna
    vez llamada Hombre Nuevo. Ese cubano imaginario será todo su ejército.
    Disponga de él, general, deseo sinceramente que le aproveche.

    Source: “Raúl, el cándido… | Cubanet” –
    http://www.cubanet.org/articulos/raul-el-candido%e2%80%a6/

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