La libreta del hambre
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    Irse de tiendas
    MIÉRCOLES, 18 DE SEPTIEMBRE DE 2013 02:54
    ESCRITO POR AIMÉE CABRERA

    Cuba actualidad, Centro Habana, La Habana, (PD) Antes de 1959, La Habana era la más elegante de todas las capitales de Latinoamérica.Irse de tiendas era un acontecimiento, un paseo. Mujeres con medias finas, zapatos de tacón en combinación con la cartera y ropa que delataba el buen gusto de la portadora hacían el resto.

    Es cierto que no todos tenían dinero para malgastar con frecuencia, pero las ofertas eran para todos los bolsillos.

    La atención de los trabajadores de las tiendas era intachable. La gestión de venta, el buen trato y la honestidad caracterizaban cualquier almacén, desde el más exquisito hasta el más común.

    A partir de que la revolución acabó con los males capitalistas, los comercios privados pasaron a ser controlados por el estado y apareció la llamada “libreta de la tienda”.

    Las familias fueron agrupadas en grupos por el abecedario. Un calendario de compras permitía a las trabajadoras ausentarse de su centro cuando les tocara el día de compras.

    Cuatro metros de tela al año, una prenda a escoger dentro de todo lo necesario para el ajuar de casa y casillas para adquirir productos de ferretería o de aseo.

    Cuando una mercancía de gran demanda era distribuida, las colas duraban días. Aparecieron “las coleras”, mujeres a las que había que pagarle en caso de querer tener los primeros turnos.

    Todavía había dependientes que lo habían sido en la época capitalista, pero la mayoría no soportó las malas condiciones de trabajo existentes. Algunas consiguieron traslados para tiendas especializadas para extranjeros -diplomáticos, técnicos, turistas-, cuando tener dólares fue un delito que le costó la cárcel a buen número de cubanos.

    Con el fin del socialismo en la Europa del Este desapareció la libreta de la tienda y dejó de ser delito, poseer la moneda fuerte, lo que esta no aparecía en las cantidades necesarias para adquirir todo lo necesario.

    Por entonces, se cerraron todas las tiendas para inventariar y, cada producto fue aumentado de precio de manera considerable.

    Ahora, irse de tiendas no es nada especial. En primer lugar hay horarios en que tienen que estar con los aires acondicionados apagados por lo que la estancia en las tiendas es asfixiante. Por otra parte, para encontrar una serie de productos hay que ir a varias tiendas, en ocasiones bien lejanas unas de otras.

    El personal que labora en el comercio no está estimulado a cobrar comisión según sus ventas. Los salarios que perciben no son suficientes. La deshonestidad se apoderó de ese sector desde hace décadas.

    Los controles de los jefes y dependientes tienen que hacerse durante la jornada laboral, porque donde trabajan dos brigadas días alternos, el robo y las pérdidas son demasiado frecuentes.

    Todo esto trae como resultado que la atención al público haya decaído. Las personas tienen que permanecer de pie, en espera de que puedan ser atendidos, a la vez que escuchan el conteo de productos y otras conversaciones nada éticas para que sean hechas en presencia del cliente.

    Después viene la multa. Pedir el ticket del cliente es escuchar una disculpa en que se subestima su inteligencia, lo que puede considerarse una burla o una humillación.

    El cajero, que quiere terminar rápido, no pasa el código, teclea el monto de la compra y abre la caja contadora por debajo para dar el cambio; con la misma, espera a que se aleje el comprador para pasar por caja otro artículo o, el mismo y tomar la propina a punta de escopeta. Los osados que exigen el comprobante pueden recibir una respuesta en extremo agresiva, a “lo toma o lo deja”, porque el dependiente en Cuba siempre tiene la razón.

    Acudir a las tiendas dejó de ser un paseo hace tiempo. Son muchas las generaciones que se criaron viendo esta actividad como algo desagradable en la que la duda de si alcanzaré lo que necesito o quiero, siempre está al acecho.

    Por eso perdió su elegancia. Las personas optan por andar cómodas para ir de tiendas. Ropa bien informal, que a veces causa mala impresión y pone en guardia a los dependientes, que piensan que todas las personas van a la tienda a robar.

    La angustia y la indecisión se apoderan de quienes necesitan comprar pero temen gastar todo el dinero que tienen.

    Los dependientes ponen mala cara cuando una persona no compra de inmediato y le hizo perder el tiempo.

    No hay probadores. Los perfumes caros los esconden o se los roban. Tener que mostrar más de una mercancía porque el cliente quiera comparar se convierte en un tedio para el vendedor que, al momento, no encuentra donde está, o dice que se acabaron las tallas demandadas.

    La actividad comercial capitalina fue arrasada por el mal trato y las carencias.

    Las áreas donde radicaron las principales tiendas de la Habana, como las calles Galiano, Reina, Monte o Neptuno, lucen portales que no se limpian desde hace años, solo donde hay ubicado un comercio aparece un balde con un agua y una frazada de trapear. Son pocos los lugares donde se baldea y limpia a conciencia.

    Las tiendas perdieron su glamour. Algunas ya no existen. Donde estuvo Le Trianon, en Galiano entre San Rafael y San José, ahora hay hay un parqueo de bicitaxis y algunos cuentapropistas que venden sus mercancías; las alfombras, los aires acondicionados, los adornos que engalanaban la tienda, y las sonrisas que daban la bienvenida, ya no existen.

    Por ser todo tan deprimente, lo es mucho más aún, irse de tiendas.

    Para Cuba actualidad: aimeecabcu2003@yahoo.es

    Source: “Irse de tiendas | Cuba noticias actualidad.Periodismo independiente.” – http://www.primaveradigital.org/primavera/destacados/121-sociedad/8617-irse-de-tiendas.html

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