La libreta del hambre
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    Libreta de racionamiento o manual de privaciones
    febrero 14, 2014
    Ernesto Pérez Chang

    HAVANA TIMES — Esta es la canasta básica de un cubano: cinco huevos al
    mes y unas cuantas libras de arroz, del que se “enfanga” y no crece.
    Azúcar, la suficiente para transformar el vaso de agua corriente en un
    desayuno de emergencia. La sal común, con granos del tamaño de una
    pelota de ping pong, el paquete de un kilogramo no se sabe cada cuántos
    meses. Es de las cuentas más complicadas.

    Con regularidad, reparten unos cuantos gramos de tendones y pellejos
    molidos con harina de soya, algo de condimento y sustancias químicas
    conservantes que ningún laboratorio pudiera explicar. La gente consume
    la mezcla sin saber exactamente qué es, pero han aprendido a engullir
    sin hacer muchas preguntas. Tal vez la fórmula sea de los secretos mejor
    guardados y, lo de tragar a ciegas, de las maniobras de consumo más
    inteligentes.

    Los frijoles, cuando no vienen picados por gusanos y gorgojos entonces
    huelen a fumigación y, de tan viejos, no hay modo de transformarlos en
    algo humanamente comestible.

    El aceite, con algunas moscas flotando en él, solo sirve para embarrar
    la botella, jamás para aderezar, y el único panecillo barato que se
    permite el obrero, es de sabor tan ácido y de textura tan rara que a
    veces termina para comida de los cerdos.

    Si entrara ese barco que todos contemplan con regocijo desde el muro del
    Malecón, entonces llegará el pollo de una libra por consumidor,
    calculada la ración para treinta días. A veces uno compra a los médicos
    el autorizo de una dieta médica y, después de unos trámites escabrosos
    en las oficinas de comercio, recibe otro poquito de comida durante unos
    meses. Usualmente uno enferma con los años como consecuencia de la
    prolongada malnutrición y se gana el extra como si fuera un premio de
    lotería. De modo que la enfermedad no parece un agravante sino una
    bendición.

    La libreta de racionamiento no nos provee de mucho más. Cada año las
    autoridades recortan las páginas. De modo que la edición nunca resulta
    aumentada sino disminuida. Solo en eso consisten las incesantes
    correcciones. Las casillas que van sobreviviendo a las podas periódicas,
    al final terminan tan vacías como el interior de nuestros
    refrigeradores, por no decir, de nuestras barrigas.

    Tal vez para justificar la perpetua permanencia en nuestras vidas, al
    documento, un verdadero manual de privaciones, se le agregan otras
    funciones de control y se convierte en un elemento esencial que regula y
    determina a fondo nuestras existencias. Tanta es su importancia en
    algunos hogares humildes que en la cubierta se ha llegado a advertir que
    no es un documento oficial.

    No obstante, todos sabemos que lo es, y lo llevamos a todas partes junto
    con el carnet de identidad, incluso adosado al pasaporte cuando viajamos
    al extranjero. El diablo son las cosas.

    La libreta de racionamiento o de “abastecimiento”, como se le nombra de
    manera oficial, debería ganarse un lugar entre los símbolos de la
    nación. Creo que nada puede ser más representativo de un pueblo y de la
    historia de penurias que ha soportado.

    Solo en determinados hogares de privilegio la libreta de racionamiento
    no existe o, sencillamente, duerme el sueño eterno en alguna gaveta
    cuando no en un cesto de basura. Palacetes de las zonas restringidas o
    lugares donde habitan los dioses de este Olimpo insular: gerentes de
    grandes y pequeñas empresas estatales, militares de alto rango,
    dirigentes con poder efectivo, hombres y mujeres que han sabido sacarle
    provecho a tantos y perversos mecanismos de control o que han
    descubierto que el socialismo solo es una gran fiesta donde, si te va
    muy mal, es porque no has sido invitado.

    Source: Libreta de racionamiento o manual de privaciones – Havana Times
    en español – http://www.havanatimes.org/sp/?p=93809

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