La libreta del hambre
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    Cerveza y dulce: no sabe sabroso
    El gobierno un buen día cerró los bares y prohibió la bebida, solo para
    más tarde crear las cervecerías Sylvain
    lunes, julio 21, 2014 | Gladys Linares

    LA HABANA, Cuba -En varias ocasiones en los medios se han hecho
    reportajes sobre las deficiencias en la elaboración, almacenamiento y
    manipulación del pan. Sin embargo, nunca se habla de la mala calidad y
    de la limitada variedad de los dulces que se confeccionan en muchas
    panaderías para venderlos en moneda nacional a la población, y que son
    exhibidos en vidrieras en mal estado.

    Para paliar el hambre, algunas personas de escasos recursos compran
    estos dulces, pero se quejan de la falta de azúcar, de la masa dura y
    gomosa, y de los grumos de bicarbonato. Me dice Rafaela León Padrón (la
    mayor amante de los dulces que conozco) que le gustan mucho las
    torticas, pero como son muy duras y ella no tiene buena dentadura, no se
    atreve a comerlas. Hace unos días presenció cómo una joven pidió dos
    masarreales, pero luego los rechazó porque la empleada se los despachó
    con la mano. Ante el rechazo, la dependiente, molesta, exclamó: “¡Yo
    tengo las manos bien limpias!” la joven, asombrada, le replicó: “Sí,
    claro, con esas manos solamente cobras y anotas el pan en la libreta”.

    Cuando Rafaela quiere comer un dulce mejorcito, se lo compra a los
    particulares. A esta anciana de 72 años no le gusta ir al Sylvain,
    “porque casi siempre hay tomadera de cerveza”. Además, afirma que allí
    los dulces no son baratos ni frescos y tienen muchas moscas alrededor,
    pues frecuentemente hay vidrieras rotas. Comenta que a Dulcinea fue una
    vez, cuando vino de visita su sobrino que vive fuera de Cuba. Allí los
    dulces son exquisitos, pero muy caros. Una panetela llamada lonja de
    almendra, por ejemplo, costaba 1,10 CUC. Para concluir la conversación
    dice que los dulces de ahora ni por asomo se parecen a los de La Gran
    Vía. “Aquellos sí eran dulces”, afirma.

    Aún en nuestros días se vende por la libreta de racionamiento un cake de
    cumpleaños para niños de hasta 10 años. Los pocos padres que los compran
    los reparten entre los condiscípulos del homenajeado o entre los
    vecinitos de la cuadra, y lo acompañan con algún refresco. Esto se ha
    dado en llamar un “pica-cake”. Pero también para las niñas que cumplen
    15 venden un cake de similar calidad (o falta de ella) por 30 pesos, y
    se debe llevar con anterioridad la tabla en la que se montará.

    Comentando esto con Emma Wong, una maestra amiga, me enseñó la foto de
    sus 15, donde aparece retratada junto a su bello cake de tres pisos. El
    pastel venía en una base (proporcionada por la dulcería) finamente
    decorada con motivos rosados. En el piso superior aparece una muñequita
    vestida de rosado, y de los pisos restantes salen quince cintas también
    rosadas, terminadas en lacitos con sorpresas. Mientras miraba la foto,
    mi amiga exclamaba: “¡Qué clase de cake más sabroso! Era de La Gran Vía.
    Mi mamá hizo el pedido por teléfono y lo trajeron el día y la hora
    señalados.”

    La Gran Vía era una famosa dulcería con opciones para todos los
    bolsillos. Estaba en el municipio Diez de Octubre, en el barrio de
    Santos Suárez. Cuentan los vecinos más viejos que se deleitaban con su
    agradable olor, y que eran los propios dueños, tres hermanos españoles
    de apellidos García Mayedo, los que se ocupaban de todo el negocio.

    Era agradable entrar al amplio salón con aire acondicionado, donde
    reinaba la limpieza y se exhibían los dulces y cakes en bellas vidrieras
    bien distribuidas. Los empleados eran siempre atentos. Pero lo más
    sorprendente era el mirador, desde donde el público podía observar el
    proceso de elaboración de los dulces.

    Hoy, de aquella gran confitería ejemplo de laboriosidad y calidad de la
    empresa privada, no queda nada. Me comentó una empleada que no quiso dar
    su nombre por miedo a represalias, que esta dulcería presenta los mismos
    problemas que el resto: falta de limpieza, abundancia de vectores,
    escasez y robo de materias primas, etc.

    Y es que La Gran Vía fue convertida en otro Sylvain de vidrieras
    maltrechas, y en el salón de exhibiciones han colocado mesas con sillas
    para los tomadores de cerveza, que son la principal fuente de ingresos
    (y de propinas) en este tipo de comercios, que han sido transformados
    gradualmente en bares de nuevo tipo.

    Source: Cerveza y dulce: no sabe sabroso | Cubanet –
    http://www.cubanet.org/destacados/cerveza-y-dulce-no-sabe-sabroso/

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