La libreta del hambre
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    Sin techo propio
    ADRIANA ZAMORA | La Habana | 8 Sep 2014 – 12:05 pm.

    Los jóvenes que se quedaron: el estigma de ser una generación que no
    alcanza casa propia ni siquiera en alquiler.

    Nacieron a finales de los años 70 o a principios de los 80. Su niñez
    transcurrió en esa época que ahora todos recuerdan como la de más
    abundancia dentro de la revolución cubana; la adolescencia, en la peor
    crisis que ha vivido el país.

    Muchos de sus amigos y compañeros de estudio salieron del país en los
    años 90. Casados con extranjeros, de la mano de padres con contratos de
    trabajo, en cámaras de camión amarradas con sogas a través del Estrecho
    de la Florida.

    Los que se quedaron siguen viviendo cada día el estigma de ser una
    generación sin techo propio.

    Algunos, con suerte, heredaron la casa de la tía abuela soltera o
    tuvieron padres dispuestos a permutar su vivienda por dos más pequeñas
    para dotar a sus hijos de techo independiente.

    Muchos no tienen más remedio que vivir en la casa de sus padres porque
    la era de las microbrigadas terminó y ningún salario puede pagar los
    precios de los alquileres particulares. La convivencia, por supuesto, ha
    condicionado sus vidas. Sobre todo porque el dueño de la vivienda está
    en una situación de poder que rara vez deja de utilizar a su favor. Y
    el conflicto se torna incluso más delicado cuando los sin techo son mujeres.

    “Mi madre utiliza el argumento de que la casa es suya para exigirme todo
    tipo de cuestiones”, cuenta Alba. “Como es una persona autoritaria he
    tenido que sufrir que me imponga lo que ella considera que debe ser mi
    vida. Si estoy en desacuerdo y me niego a seguir sus designios, me
    espera una guerra de malos tratos y humillaciones. Puede llegar a ser
    muy agresiva”.

    Yenise vive un panorama similar. “Mi padre siempre ha querido un esquema
    de vida para mí, que no he aceptado. Ha sido un infierno”, asegura. “Soy
    su hija más pequeña y la única que vive con él. Jamás ha aceptado que
    tenga pareja. Cuando salí embarazada, a pesar de que yo trabajaba y me
    mantenía, me dijo que abortara, porque si no, echaría al bebé a la
    basura. En casa de mi esposo tampoco podía vivir. Su mamá tenía ideas
    parecidas a la de mi padre”.

    Alba padeció una situación similar. “Yo había estudiado y terminado mi
    carrera, no es que fuera un embarazo prematuro ni mucho menos. Pero mi
    madre me dijo que en su casa no lo podía tener porque ella ‘no se
    imaginaba que yo tuviera hijos algún día’. Todo el tiempo juega a
    decidir mi vida porque sabe que no tengo para donde ir”.

    La cuestión material también está presente en muchos casos. Iris cuenta
    que tuvo un novio que podía vivir con ella. “Mis padres lo adoraban.
    Viajaba mucho y traía las maletas llenas de cosas para ellos.” Sin
    embargo, el padre de sus hijos no tuvo la misma suerte. Nunca pudo
    entrar en su casa en el tiempo que duró la relación, no hubo tregua
    hasta que se separaron. Sobre esto, Alba tiene también su anécdota: “Una
    vez mi mamá me dijo que tenía que buscarme un hombre que arreglara y
    mantuviera la casa de ella, ese era el único que iba a aceptar. No lo
    repitió más, porque ella misma sabe que suena muy fuerte. Me estaba
    exigiendo que me prostituyera”.

    La persistencia de estas mujeres por seguir con sus relaciones de pareja
    y formar sus propias familias les ha acarreado no pocos sinsabores. Las
    presiones a las que las someten sus padres empeoran cada día.

    Iris tuvo un período de paz después de su separación, pero cuando
    decidió volver a casarse, continuó la guerra. “No lo quieren porque es
    negro. Mi papá reconoce que es una buena persona, pero solo lo aceptaría
    como amigo, no como mi pareja.” Aunque permitió la convivencia durante
    un tiempo hacía todo lo posible por molestar. “Un día, mis hijos
    mayores, los del matrimonio anterior, faltaron el respeto a una vecina.
    Mi esposo era el único que estaba en la casa y fue el encargado de
    regañarlos y castigarlos, porque habían cometido un error. Luego llegó
    mi papá, los encontró castigados, y les quitó la penitencia porque mi
    esposo ‘no era nadie’ para regañarlos. La mala acción de los muchachos
    quedó sin consecuencias solo porque mi padre tenía que mantener su
    guerrita.”

    Agrega Iris: “En mi último embarazo peleaba conmigo por todo. Porque
    éramos vegetarianos, porque no quería que usáramos el gas de la cocina.
    Si nosotros éramos seis y mis padres dos, la mayoría del gas que se
    compra por la libreta en la casa nos corresponde, pero él no sacaba esa
    cuenta. Lo último que me dijo fue que quería que me diera un ataque de
    eclampsia para salir de mí”.

    Yenise se volvió a casar y tuvo un segundo hijo. Lleva 9 años de
    relación con su esposo, pero en todo ese tiempo, él no ha podido pasar
    más allá de la sala de la casa. “En casa de él vive un montón de gente,
    así que tenemos que inventar para poder pasar algún rato solos”. Es
    común que se sienten a comer en el pasillo, a la vista de todos los
    vecinos, para poder hacerlo juntos. “Podemos vernos por la noche, cuando
    los niños están durmiendo, pero tengo que regresar antes de las doce”.

    Si se demora un minuto más, Yenise no puede abrir la puerta con su
    llave, pues el padre pone el seguro por dentro. “No es por seguridad,
    porque yo estoy aquí mismo, sentada afuera. Es porque no quiere que
    salga.” Hasta la madre de Yenise le ha dicho ya que “está cansada de
    verla”, que quiere que se vaya de la casa. Una vez fue más lejos cuando
    la amenazó con acusarla ante la policía de no ocuparse de sus hijos. Los
    niños, de 13 y 6 años, estaban viendo los muñequitos y Yenise fue a
    tomarse un café en casa de la vecina.

    Alba tuvo a su hijo y se mantuvo trabajando, pero no pudo sostener su
    relación de pareja. “Mi madre decretó que el padre de mi hijo era la
    última pareja que yo iba a tener. No son ideas mías, sino palabras
    textuales de ella. Y lo ha cumplido.”

    Alba ni siquiera puede recibir amigos en su casa porque la madre se las
    arregla para tratarlos de manera que no regresen. “Quiere ejercer un
    control absoluto sobre mí. Imagínate que si saludo a la vecina me
    pregunta qué yo estaba hablando con ella. Cuando me llaman por teléfono
    me pregunta quién era y qué quería. Si me demoro 10 minutos más de lo
    normal cuando llevo al niño a la escuela, me llama al móvil, molesta,
    para que le diga dónde estoy. No tengo vida privada.”

    Al contrario de los padres de Iris y Yenise, la madre de Alba no quiere
    deshacerse de su hija, todo lo contrario. “¿Y quedarse sola, sin nadie a
    quien controlar? Si por eso es que no me quiere con pareja, para no
    perder el poder sobre mí. Hasta ha logrado por medio de chismes y malos
    entendidos que la relación del niño con su padre sea a través de ella.
    Control absoluto. Y así es feliz.”

    Los nietos de estos dueños de casa también sufren las consecuencias del
    conflicto. Los hijos de Yenise no han podido convivir nunca con sus
    respectivos padres y no pueden salir a jugar con otros niños “porque
    molestan a los vecinos”, según su abuelo. El mayor, ya un adolescente,
    no puede tener cuarto propio, intimidad. “La casa tiene tres cuartos.
    Mis padres duermen en uno y yo en otro con los niños. El tercero está
    vacío, pero mi padre se niega a dárselo a mi hijo mayor, porque la casa
    es suya y ya.”

    El hijo de Alba ha crecido y no conoce otra forma de comunicación que no
    sea la de dar y cumplir órdenes. Eso le ha traído problemas con sus
    amiguitos porque “no hacen lo que él les manda, entonces ya no quiere
    jugar. Es el mismo esquema que ve en la casa. Por si eso fuera poco, mi
    madre también tiene que decretar la relación que debo tener con mi hijo,
    y si no lo cumplo al pie de la letra me acusa de mala madre y le dice a
    él que yo no lo quiero”.

    Pocas o ninguna solución encuentran las personas inmersas en este
    problema. Iris visitó el Poder Popular y todas las instancias que
    deberían ocuparse de estos temas. No podían ayudar porque el dueño de la
    casa tiene todo el derecho de impedir la convivencia de su esposo. El
    derecho de sus hijos a criarse con ambos padres no es un derecho legal,
    sino humano, así que al parecer es menos importante. El Estado no ofrece
    alquileres a ningún precio, ni siquiera a uno que no se avenga con los
    salarios. Vivienda, que cuenta con montones de apartamentos vacíos, no
    puede darles uno. Así que Iris y su familia okuparon uno. Luego de un
    año, por fin recibieron la propiedad.

    Yenise sigue luchando por convencer a sus padres para que permuten o
    dividan el apartamento, sin resultado alguno. También ha solicitado al
    Poder Popular que atienda su caso. No ha recibido respuesta.

    Alba intentó conseguir vivienda a través de su trabajo, pero no lo
    logró. En esta época ya no abundan los “medios básicos”. El apartamento
    de su madre no es fácil de dividir ni de permutar, suponiendo que la
    dueña estuviera de acuerdo con hacerlo. No parece haber solución para
    ella. “La mayor parte del tiempo trato de olvidarme, de pensar en otras
    cosas”, dice ella, “pero hay días en que me levanto con una apretazón,
    pensando en que ya tengo 35 años y nunca he tenido algo mío, mi casa, mi
    pareja. Ni siquiera he podido ser madre sin que se entrometan en mis
    decisiones. Lo peor de todo es que no sé si algún día podré”.

    Source: Sin techo propio | Diario de Cuba –
    http://www.diariodecuba.com/cuba/1410170730_10309.html

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