La libreta del hambre
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    ¿Humor o humo? Dilema de nuestro humorismo
    Hoy, los cubanos demuestran haberse acostumbrado a que el humor debe
    burlarse del régimen, o lo que es igual, de nuestras propias desgracias
    miércoles, noviembre 26, 2014 | José Hugo Fernández

    LA HABANA, Cuba. — Se rumora que Raúl Castro es un espectador habitual
    de Vivir del cuento, hoy por hoy el programa humorístico más popular de
    la televisión cubana. Resulta difícil creerlo, no por los dardos
    (monocordes e insustanciales) que este espacio lanza contra ciertas
    insuficiencias de la administración del régimen, sino porque uno no se
    imagina al general presidente con sangre para disfrutar el humor.

    En cualquier caso, si no él, la mayoría de los televidentes de La Habana
    sí son admiradores de este programa, y resulta ya común escuchar sus
    carcajadas cada noche de lunes, cuando se sientan puntuales ante el
    aparato, predispuestos para disfrutar unos chistes que son siempre
    iguales, es decir variaciones sobre los mismos temas: la libreta de
    racionamiento, la burocracia, la lucha de los cuentapropistas, la falta
    de dinero o los excesivos precios en el mercado.

    Me dirán que es mucho más de lo que teníamos hace unos pocos años.
    Cierto. Pero es un consuelo muy flaco, puesto que ya ni siquiera se
    trata de las limitaciones que impone la censura al humor de corte político.

    Aún más grave es que la censura, sostenida durante medio siglo, haya
    puesto en crisis, no ya al humor político, sino al buen humor en
    general. Y mucho más grave todavía es que haya mermado la tradicional
    capacidad del pueblo cubano para valorarlo.

    Bastaría una mera comparación entre este mismo programa, Vivir del
    cuento, y Detrás de la fachada o San Nicolás del Peladero, por no hablar
    ya de La Tremenda Corte y de otros anteriores al diluvio. Sin embargo,
    es un hecho que el actual goza de tanta popularidad como los
    precedentes. Con todo, no está en nuestro interés establecer ahora
    cotejos entre antiguos y nuevos espacios, o entre unos y otros
    humoristas de cualquier época, sino comentar el evidente deterioro que
    ha sufrido el buen gusto de sus destinatarios.

    El que nuestros humoristas de varias generaciones se hayan visto
    obligados a hacer humo en vez de humor, parece haber provocado que el
    público terminase prefiriendo el humo. El fenómeno no sería tan
    preocupante si se limitara al ámbito del humor con intenciones políticas.

    Por ahí debió empezar sin duda, pero en la actualidad abarca todo lo que
    se mueve en materia humorística. Y creo que en su origen gravitan juntas
    causas y efectos relacionados ambos con circunstancias políticas.

    Por un lado, está la mediatización ocasionada por la censura que en
    decenios sufrieron los humoristas, impedidos de airear en espacios
    públicos cualquier tema que cuestionara la política o la administración
    del régimen, o sea, todo, pues a una dictadura totalitaria le incumbe
    todo cuanto hacen o piensan sus dominados.

    Por otro lado, está el hecho de que esa misma censura generó entre el
    público una siempre insatisfecha demanda de chistes dedicados a tirar a
    mondongo -ya que otra cosa no era posible hacer- las barrabasadas y las
    ridículas solemnidades del régimen.

    Es la clásica serpiente que se muerde la cola. Mientras más férrea
    resultaba la censura con el humor sobre asuntos “políticos”, más crecía
    la ansiedad del público y mayor iba a ser su demanda al respecto.

    Hoy, la gente demuestra haberse acostumbrado a que el humor, cualquier
    tipo de humor, para que resulte eficaz, debe perseguir burlarse del
    régimen, o lo que es igual, de nuestras propias desgracias y poquedades.
    Los humoristas hacen su agosto en los cabarets, en las peñas y en los
    teatros, dedicándose casi íntegramente a este tipo de trabajo, atenidos
    a que los censores se proyectan más benignos, confiados en las
    limitaciones del medio. Algunos autores abominan de esta nueva
    situación. Otros, los más mediocres, se aprovechan de ella para ganarse
    los frijoles sin exprimirse demasiado la mollera. Pero en conclusión a
    todos no les queda otro remedio que actuar en consecuencia.

    Por su parte, los dirigentes de la televisión terminaron aceptando -con
    el visto bueno de los censores de arriba- que su única alternativa para
    atraer teleaudiencia sería aplicar, aunque sea en la variante más light,
    lo que ocurre en los teatros, cabarets y peñas. Y es así cómo al parecer
    han ido surgiendo espacios al estilo de Vivir del Cuento y otros que han
    pasado o que pasan sin saber que pasaron, porque no contienen auténtica
    garra. Todo indica que las lumbreras del Comité Central del partido
    comunista descubrieron el agua fría al darse cuenta de que les resulta
    mucho más rentable consentir el humor crítico de corte rutinario,
    epidérmico y en conclusión mediocre, que prohibir toda crítica.

    Así las cosas, ahora mismo, uno de los dilemas del humor en Cuba no
    radica tanto en la falta de talento de los humoristas como en la
    malformación del gusto por parte de la mayoría de su público consumidor.
    Claro, ello no significa necesariamente que estemos en un callejón sin
    salida. Por suerte, aún nos queda la posibilidad de seguir disfrutando
    de esas mecas del ingenio y la gracia que son las colas en la bodega o
    en el agromercado, o de seguir asistiendo a los velorios, a las broncas
    del barrio, a los ditirambos del borracho y a las galas solemnes.

    Source: ¿Humor o humo? Dilema de nuestro humorismo | Cubanet –

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