La libreta del hambre
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    Racionamiento en Venezuela: un ‘déjà vu’ para los cubanos
    MIRIAM CELAYA, La Habana | Marzo 11, 2015

    El comisario Nicolás Maduro, presidente de Venezuela para desgracia de
    sus nacionales y –admitámoslo– también para prolongación de la nuestra,
    acaba de anunciar por estos días la instalación de 20.000 lectores de
    huellas digitales en los mercados estatales de alimentos y en varias
    cadenas de comercio del sector privado que, según él, se incorporaron a
    dicha iniciativa “voluntariamente” tras reuniones que tuvieron con el
    Gobierno.

    Corramos un velo piadoso sobre dichas reuniones, no divulgadas, e
    imaginemos el ambiente que debió reinar allí en medio de la “permanente
    guerra económica” que sufre Venezuela, los sucesivos “golpes de Estado
    suaves” que se vienen suscitando casi con frecuencia quincenal en esa
    nación suramericana –según denuncias del presidente– y la creciente
    represión a sectores de la oposición y de la sociedad civil que se
    manifiestan pública y abiertamente contra el Gobierno. No resulta muy
    difícil conjeturar sobre lo que determinó la “voluntariedad” de estos
    comerciantes, en definitiva representantes de las “oligarquías”
    constantemente infamadas en los discursos y la prensa oficiales.

    Pero, volviendo al tema de los mencionados captahuellas del
    camarada-presidente Maduro, su elevado propósito es, a la vez que
    garantizar el alimento del pueblo, salirle al paso al contrabando. O,
    más exactamente, “a los contrabandistas”, toda vez que el contrabando
    puede existir sin socialismo, pero no ha existido jamás socialismo sin
    contrabando.

    De esta manera, los lectores de huellas –que limitarán la compra de
    víveres y de otros productos de gran demanda cuya oferta ha estado
    sumamente deprimida ocasionando colas, acaparamiento y desórdenes en los
    mercados– ahora se suman al anterior racionamiento mediante tarjetas
    magnéticas, establecido en el transcurso del año 2014. Está claro que el
    bolche Nicolás no tiene la menor capacidad para superar la crisis
    económica de su país, pero al menos en los tiempos actuales las nuevas
    tecnologías permiten administrar la miseria digitalizándola. Es, a no
    dudarlo, un verdadero aporte del Socialismo del Siglo XXI que pronosticó
    el finado Hugo en sus días de gloria, antes de ser sembrado en el
    Cuartel de la Montaña y transmutarse en una avecilla mala consejera.

    Con décadas de diferencia, el modelo de gobierno venezolano –si fuera
    posible llamarlo de tal manera– está arrastrando al país a una suerte de
    carrera en reversa por similares experiencias a las que hemos pasado los
    cubanos bajo el castrismo.

    Los nacidos antes del catastrófico accidente de enero de 1959, o en los
    años inmediatos posteriores, recordamos con toda claridad algunas de las
    variantes burocráticas creadas para gestionar la pobreza, un mal que
    nuestros mayores creían había sido casi superado con el impulso
    económico vivido en los años 50.

    Esta estrategia administrativa, propia de economías de guerra y
    hambrunas, se estableció primero para los productos alimenticios, y poco
    después, con el declive de las industrias cubanas debido a la
    estatización extrema de la economía, se extendió rápidamente a otros
    artículos de consumo, tales como las confecciones textiles, el calzado y
    otros bienes. Surgió entonces la cartilla de productos industriales,
    popularmente conocida como libreta de la tienda, que en la actualidad
    solo funciona para la adquisición de los uniformes escolares.

    Esta variante de control no solo indicaba los límites del acceso a
    dichos artículos, sino que también llegó al punto de establecer los
    calendarios de compra por grupos, con subdivisiones inspiradas en los
    fuertes patrones sexistas de la revolución, que asignaban dos días de la
    semana –lunes y jueves– en que correspondía hacer las compras solo a las
    mujeres trabajadoras; un envidiable privilegio dentro de la pobreza
    generalizada que, por demás, revolucionariamente daba por sentado que
    fruslerías como andar de compras no eran cosas dignas de hombres.

    Décadas de carencias, manipuladas al detalle desde el poder, sembraron
    en los cubanos comunes una dependencia extrema del Estado –un proveedor
    siempre insuficiente pero el único posible– y toda una cultura de
    pobreza sistematizada que incluye un peculiar glosario con frases que
    arrastramos hasta hoy en el habla popular: “lo que sacaron” en tal o
    cual comercio, “lo que te toca”, “lo que vence”, “plan jaba”, “pollo de
    dieta” y muchas otras similares que reflejan la aceptación nacional de
    la miseria como destino común, algo que un día –ojalá no tan lejano–
    deberá avergonzarnos.

    El racionamiento en Cuba ha sido toda una institución que ha jugado un
    papel en lo socioeconómico, y también en lo político, al funcionar más
    como instrumento de sujeción del pueblo por parte del Gobierno que como
    verdadero garante de una distribución justa de los bienes de consumo,
    estableciendo a la vez un igualitarismo ramplón que anuló la iniciativa
    individual y convirtió al ciudadano en masa.

    La cartilla ha constituido un mecanismo de control social, hasta tal
    punto que en la actualidad al Gobierno no le ha sido posible eliminarla,
    so pena de dejar en el más absoluto abandono a los sectores sociales más
    desfavorecidos, en especial los ancianos sin amparo filial y los
    numerosos hogares humildes en los que no se reciben remesas del exterior
    ni cuentan con otros ingresos en divisas. Pese a ello, los productos
    alimenticios racionados y subsidiados mediante cartilla –ese artilugio
    que constituye todo un rezago de la Guerra Fría– son hoy menos de una
    decena, y apenas cubren precariamente algunas de las necesidades de
    alimentación más perentorias, mientras la inflación mantiene un ritmo
    creciente y los salarios apenas tienen valor simbólico.

    Es por eso que, cuando por estos días asisto al proceso de racionamiento
    venezolano, cuando escucho el desparpajo con que el camarada-presidente
    Nicolás Maduro disfraza de modernidad el cataclismo de miseria que se
    avecina para su pueblo, no puedo evitar una especie de sacudida, como un
    déjà vu. Ya los cubanos transitamos por esa vereda, caminamos medio
    siglo sobre sus espinas y estamos convencidos de que solo conduce al
    fracaso. Nosotros hemos comprobado dolorosa y sobradamente que la
    miseria es lo único que dividido entre muchos toca a más.

    En lo personal, tengo la esperanza de que los venezolanos humildes, que
    por estos días persiguen afanosos el alimento de los suyos o hacen
    largas colas ante los comercios desabastecidos, logren evitar a tiempo
    esa grave confusión que a veces lleva a los pueblos a interpretar como
    justicia lo que es manipulación y sepultura de las libertades.

    Source: Racionamiento en Venezuela: un ‘déjà vu’ para los cubanos –
    http://www.14ymedio.com/opinion/Racionamiento-Venezuela-deja-vu-cubanos_0_1739826013.html

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