La libreta del hambre
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    Las confiscaciones del castrismo
    NICOLÁS PÉREZ
    04/07/2015 12:00 PM 04/07/2015 4:00 PM

    Hace un tiempo, uno de mis hijos me preguntó por qué no hablaba con mis
    hermanos y presentábamos una demanda por la confiscación de los bienes
    de nuestra familia en Cuba. Le dije redondamente que no.

    El pasado domingo me sorprendió una noticia de primera plana en el Nuevo
    Herald que informaba: Los bienes confiscados por Castro, una espina en
    la relación con los Estados Unidos.

    Tengo entendido que una deuda por 287 millones de dólares a la Cuban
    Electric Company, cuyo reclamo está hoy en manos de Home Depot, es la
    única aceptada oficialmente por el gobierno norteamericano.

    Y me pregunté, ¿exactamente de qué bienes confiscados estamos hablando?
    ¿Industrias? ¿Casas? ¿Un osito de peluche muy amado que en el
    apresuramiento de la huida dejó una niña sobre el tocador de su cuarto?

    Al día siguiente de salir en libertad fui a mi casa de La Habana, en la
    calle 36 #303, entre Tercera y Quinta, en Miramar. Seguía en pie pero
    destruida.

    Inmediatamente quise regresar a mis otras raíces. Me fui a la Terminal
    de Ómnibus de La Habana a las doce del día y llegué a Varadero de
    madrugada. Casi a tientas avancé a trompicones por la calle 12 y me
    senté en un murito a orillas de la playa. Comenzó a amanecer. Y cuando
    vi después de quince años aquel cielo azul y aquel mar transparente y
    aquella arena blanca, se me hizo un nudo en la garganta en una extraña
    mezcla de reencuentro y pérdida.

    Me dirigí a la casa de mis abuelos Carlos y Anita en la calle 41 y Mar
    del Norte, una de las primeras 5 o 6 que se construyeron en Varadero. No
    quedaba ni una solitaria y humilde tabla de aquella enorme casona blanca
    y verde. Tengo una foto en la entrada de mi casa en los Cayos,
    explicable como una neurosis destino sobre un pasado que se fue y jamás
    regresará.

    De ahí a mi ciudad natal donde visité el cine Cárdenas, donde en una
    casa de estilo colonial propiedad de mis abuelos transcurrió mi niñez.

    La casa de mis padres donde me hice un adolescente, en Ayllon 183, era
    un policlínico.

    Luego al lugar, por supuesto, más emocional, a Pinillos y Princesa, a la
    destilería Becania Industrial, que en un puñado de años mi padre, el
    hombre que más admiro en mi vida, la había convertido en una de las
    mayores de Cuba y producía 60,000 litros de alcohol absoluto diarios. De
    ella no quedaba ni rastros de de la caldera, ni de los enormes bocoyes,
    ni una tuerca de las columnas de calentamiento y enfriamiento. Y ante
    aquel espectáculo dantesco de contemplar un trágico terreno vacío de
    tres mil metros de frente por tres mil de fondo me hizo entender la
    razón por la cual existe hoy existe en Cuba una libreta de racionamiento
    y una situación económica trágica.

    ¿Por qué el castrismo se dedicó sistemáticamente a destruir la riqueza
    que hombres como mi padre crearon? ¿Hay algún motivo ideológico que lo
    explique? ¿Acaso un odio visceral y sin ningún sentido al “imperialismo
    yanqui”? ¿Excusas para permanecer en el poder eternamente? ¿Acaso el
    narcisismo de Fidel de ser per secula seculorum una figura mundial? Todo
    es posible cuando tratamos de analizar a líderes políticos con tortuosas
    y profundas enfermedades mentales.

    El FCSC, comisión de reclamos al extranjero, recibió miles de denuncias
    de propiedades confiscadas en Cuba. Hoy hay solo 5,900 reclamos de
    individuos y familias cubanas.

    Robert Muse, abogado de Washington que representa a compañías con
    reclamos, ha dicho: “Muchos después de ser desposeídos crean un mundo
    idealizado que tal vez no existió realmente”.

    Entiendo a exiliados que vayan a Cuba, a La Cabaña, a recoger un trozo
    de tierra donde puede haber una vieja y coagulada gota de sangre de un
    familiar fusilado. De un preso político que exija justicia por la
    pérdida de su juventud tras las rejas, y es que no puede haber impunidad
    de sus cicatrices de heridas de balas o bayonetas en prisión provocadas
    por un puñado de desquiciados siguiendo órdenes del gobierno castrista.

    Regresaré a Cuba a la caída de un régimen de horror en una silla de
    ruedas o agonizante, pero voy a regresar a una isla que es mía, sin
    reclamar absolutamente nada material, solo las pérdidas espirituales,
    que son muchísimas.

    Actualmente el gobierno castrista está exigiendo a los Estados Unidos un
    billón 600 mil dólares por pérdidas económicas a causa de un “bloqueo”
    que dura 56 años. Respeto profundamente a quienes no piensan como yo en
    Miami y sueñan con recibir compensaciones económicas en el post
    castrismo. Pero esa reclamación actual de exiliados es tan irreal como
    la del castrismo.

    En ocasiones, los extremos delirantes, misteriosamente, se tocan.

    Source: NICOLÁS PÉREZ: Las confiscaciones del castrismo | El Nuevo
    Herald El Nuevo Herald –
    http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/opin-col-blogs/opinion-sobre-cuba/article17569046.html

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