La libreta del hambre
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    “Si tuviera quien me reclame…”
    Unos se quieren ir de Cuba y no pueden. Otros pueden irse, sin embargo
    no quieren. Sin libertad no hay esplendor duradero
    martes, mayo 19, 2015 | Rafael Alcides

    LA HABANA, Cuba. -Esta mañana me levanté pesimista. En casa no había
    leche y la que venden en la shopping es por su precio inalcanzable para
    quien no sea gerente de una firma o no tenga familiares allá afuera que
    lo quieran mucho y estén bien de posición. Pero en la panadería donde
    compro el pan que me toca por la libreta coincidí con alguien que hoy
    estaba más pesimista que yo. Es un maestro jubilado a quien, sin tener
    en cuenta su edad, uno de esos personajes que se precian de estar bien
    informados le dijo que están al quitar la libreta de racionamiento, que
    antes de agosto la quitarían.

    Que esa libreta pesa demasiado en el bolsillo del gobierno lo comprende
    el maestro, pero también piensa que en vez de quitarla, debería el
    gobierno hacerla selectiva. Ni el poderoso músico, ni el gerente, ni el
    que recibe remesas del exterior, ni demás personajes de la nueva
    burguesía la necesitan. Él en cambio, jubilado con 9 dólares mensuales
    (o sea, menos de treinta centavos de dólar diarios) y sin nadie allá
    afuera, ¿qué se haría sin esa ayudita? Son cuatro cositas las que la
    libreta ha terminado dando, pero cuatro cositas que a él lo salvan de
    mendigar. El maestro me habló muy mal de la revolución, le había
    dedicado su vida.

    Con el fin de consolarlo, y porque no creo que por ahora el gobierno
    tenga la intención de suprimir la libreta –coyunda costosa, sí, pero de
    impar eficacia psicológica–, le aconsejé dormir a pierna suelta. “No
    crea en bolas”. .

    “Esta era la única vida que yo tenía”, contestó.

    Lo dejé desahogarse.

    “¿Ha pensado en irse del país?”, le pregunté.

    Suspiró con emoción.

    “Si tuviera quien me reclame…”

    Compré mis tres pancitos de veintitantos gramos cada uno, y tal vez
    porque el mal repartido entre muchos toca a menos, regresé a casa
    sintiéndome mejor. En el camino comparé el desencanto del maestro
    –hombre frágil pero eléctrico que antes solía vestirse de miliciano los
    16 de abril y salir ostentoso por el barrio con todas sus
    condecoraciones encima— con el entusiasmo último de cierto vecino médico
    y viudo que envejeció soñando irse del país y ahora, que podría hacerlo
    sin mayores trámites y sin perder la casa heredada de sus mayores, se
    niega. Ni sus hijos ni sus sobrinos (todos allá afuera) logran
    convencerlo. De estos, uno que lo visitaba en enero, me comentó
    sonriendo: “Imagínate: con las remesas que le mandamos se está dando una
    vida de pachá con criada, mucha viagra, y tres novias doctoras de
    veintipico de años al retortero.”

    Parecerían ir diciendo, aquél maestro desencantado que no sabría cómo
    vivir sin la libreta y el médico que ha descubierto que con dinero aun
    siendo viudo y muy viejo se puede ser feliz, que el éxodo cubano no
    sería tan desproporcionado de haber podido el gobierno socialista darle
    una vida desahogada al ciudadano. Empero, el final de Pinochet, a pesar
    de haber dejado a Chile por los cielos del primer mundo, o el del
    franquismo, no obstante el vertiginoso desarrollo alcanzado por España
    en las dos últimas décadas del Generalísimo, demuestran que no sólo de
    economía se trata. Como leí una vez en alguna parte, sin libertad no hay
    esplendor duradero. Ni suelo que resista la catedral que encima le pusieran.

    Siempre ha sido así. La Roma dueña del mundo, aquella poderosa Roma de
    patricios y esclavos, donde además era perseguido el cristiano, terminó
    por desaparecer. Por igual falta de libertad desapareció el dominio
    colonial español en tierras de Nuestra América, desapareció el inglés, y
    el portugués, y el francés. Y desaparecieron en esa América posterior
    Rosas, y Gaspar Rodríguez Francia, y Rufino Barrios y Porfirio Díaz y
    Machado. Y desaparecieron en la América de mi tiempo, aquella América de
    cuando yo era joven, Trujillo con sus entorchados, y Somoza, y
    Stroesner, y Pérez Jiménez, y el brasileño Joao Goulart, y Batista…

    En los últimos tiempos, después de la caída del muro de Berlín, el mundo
    se ha seguido aligerando; ni siquiera hay ya Hussein, Milosevich,
    Gadafis, ni ahora, por fin, el odioso tipo de Yemen. Con eficiencia, en
    cada uno de estos casos la falta de libertad, ese don secreto del
    oprimido, ha hecho su parte fatal.

    No me rindo, por esto mismo no renuncio al sueño de que hoy o mañana, o
    sea, más tarde o más temprano (y estas cosas casi siempre ocurren cuando
    menos uno se las imagina) yo, y los como yo, que somos once millones,
    incluido el pesaroso maestro de esta mañana, hemos de ver resueltos
    nuestros problemas de la mesa, más el de las barbacoas, la ciudad
    cayéndose y todo lo otro que de sobras sabemos.

    Source: “Si tuviera quien me reclame…” | Cubanet –
    http://www.cubanet.org/destacados/sin-libertad-no-hay-esplendor-duradero/

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