La libreta del hambre
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    La soberanía del internauta
    YOANI SÁNCHEZ, La Habana | Junio 08, 2015

    Busqué infructuosamente en la pantalla esos rostros que conozco tan
    bien. En cada reporte que transmitió la televisión sobre la Conferencia
    Internacional Nuevos Escenarios de la Comunicación Política en el Ámbito
    Digital, escudriñé a los invitados para identificar a geeks,
    informáticos, blogueros, tuiteros y demás “criaturas” vinculadas al uso
    de la nuevas tecnologías en Cuba. En lugar de ellos, mi vista tropezó
    con connotados burócratas, periodistas oficiales, cibercensores y
    funcionarios ministeriales.

    En la calle, el humor popular no pasó por alto el evento que se
    desarrollaba en el Palacio de las Convenciones con invitados de más de
    34 países. La gente atribuyó los constantes cuelgues que tuvo desde el
    viernes el servicio de correo electrónico Nauta en los móviles a que “la
    red wifi de la ‘conferencia esa’… se ha robado el ancho de banda”.
    Nada risible el argumento, conocedores de tantos trucos hechos en otros
    sectores para mostrar una hermosa vitrina ante los participantes
    extranjeros.

    Por su parte, la escasa representatividad de los invitados nacionales al
    encuentro contrastó con la diversidad de fenómenos vinculados a la
    informática que existen en nuestro país. Desde el paquete semanal, como
    compendio de audiovisuales que circula de manera viral, hasta el
    arrasador portal de clasificados Revolico y la tuitósfera independiente,
    pasando por las redes inalámbricas clandestinas, las tribus urbanas que
    se juntan alrededor de los videojuegos o el impacto de Facebook entre
    los más jóvenes. Una vasta y plural cosmogonía a pesar de las
    limitaciones de conectividad que padecemos.

    Sin embargo, no fue la ausencia del sector alternativo la única
    limitación que lastró a la Conferencia. Su falta más llamativa radicó en
    no haber incluido con objetividad los justos reclamos de soberanía
    individual y protección al internauta que recorren la Isla.
    Especialmente aquellos que se encaminan a una salvaguarda de la
    información privada de los usuarios frente a los servicios de
    inteligencia y el propio Gobierno. Temas globales como la ciberseguridad
    de los países y la gobernanza de Internet tampoco dejaron espacio en la
    agenda a impostergables discusiones sobre la existencia de una
    ciberpolicía, la creación de falsas matrices de opinión por parte de la
    maquinaria oficial y los sitios censurados debido a considerandos políticos.

    Como principal requerimiento en temas de tecnología y comunicación, los
    cubanos esgrimen hoy el acceso a Internet. La demanda de esa
    conectividad, largamente escamoteada, ha aumentado en los últimos años y
    no es exclusiva del sector más informatizado de nuestra sociedad. Desde
    el hacker que quiere probar sus últimos códigos en la web, hasta la
    propietaria de una cafetería privada a la que le gustaría acceder a
    foros sobre gastronomía, una buena parte de la población siente la
    necesidad de estar interconectada.

    Entre los millones de cubanos cuyos apremios alimentarios,
    habitacionales y económicos son apabullantes, la idea de que una
    presencia digital les brindaría más oportunidades para su vida cotidiana
    también ha madurado en el último lustro. Internet no es un capricho ni
    un lujo, mucho menos algo superfluo, es una necesidad imperiosa para
    todo ser humano del siglo XXI.

    Ante esa urgencia, el Gobierno cubano ha optado por la cautela y por
    suministrar a cuentagotas las ventajas de ese bien común que es la red
    de redes. Para tal política de racionamiento y control ha utilizado
    precios prohibitivos en la conexión desde locales públicos, en los que
    ahora mismo una hora de navegación por Internet cuesta –como mínimo– el
    salario correspondiente a tres jornadas laborales, unos 2,25 pesos
    convertibles. A eso se le agrega una férrea política de censura y
    vigilancia sobre la web que le ha limitado el acceso al conocimiento,
    las oportunidades y la información a toda una nación.

    Por lo tanto, la primera reivindicación en Cuba en cuanto a tecnología y
    comunicaciones es precisamente el respeto a la soberanía individual del
    usuario, sobre cuyas bases debería levantarse la soberanía nacional en
    esas lides. Esta última no puede verse como una contradicción con el
    espíritu de confluencia, aldea mundial y interconexión que nos brinda el
    ciberespacio. La “conservación de nuestra identidad cultural y
    lingüística”que se esgrimió en el recién concluido evento no debe
    constituirse en argumento para cerrarnos a las influencias de otras
    culturas y naciones. En la web no se puede jugar a ser Robinson Crusoe…

    El Estado tampoco puede autoerigirse como la autoridad para guiar
    nuestros pasos en la red. No es su papel proteger a los ciudadanos de
    “los peligros” de la conectividad, ni impedir que nos “contagiemos” de
    tendencias, opiniones o noticias que encontremos en nuestro bregar por
    la red. El papel de un Gobierno debe radicar en facilitar el acceso
    universal al ciberespacio y garantizar que nuestros derechos a la libre
    información y asociación se cumplan tanto en el mundo real como en este
    otro formado por kilobytes.

    Al no adentrarse con profundidad en esos puntos candentes y cruciales,
    la Conferencia Internacional Nuevos Escenarios de la Comunicación
    Política en el Ámbito Digital se convirtió en otra oportunidad perdida.
    Un espacio que privilegió la voz gubernamental por encima de los
    reclamos de la sociedad. Una cita para proyectar una Internet en manos
    de quienes quieren controlarlo todo.

    Source: La soberanía del internauta –
    http://www.14ymedio.com/cienciaytecnologia/soberania-internauta_0_1793820607.html

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