La libreta del hambre
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    El vulgar imperio del “yo”
    Réplica a la crítica titulada “El peligro más grave“, sobre el libro
    ¿Fue José Martí racista? Perspectiva sobre los negros en Cuba y Estados
    Unidos. (Una crítica a la Academia norteamericana), publicada en
    CUBAENCUENTRO
    Miguel Cabrera Peña, Santiago de Chile | 11/09/2015 9:53 am

    I
    El académico Jorge Luis Camacho se atribuye una relevancia, un poder de
    creación y una mirada adelantada que él no tiene. Camacho no ha dicho
    nada destacable que no hayan escrito antes, desde mediados de los
    noventa del siglo pasado, Aline Helg, Ada Ferrer y Alejandro de la
    Fuente, entre otros autores de real estatura. Me refiero al tema que
    contiene a los negros en la escritura y la vida de Martí, que es lo que
    he investigado por veinte años, precisamente cuando el sector académico
    mencionado dio a conocer los primeros estudios que consideré desde
    entonces problemáticos.
    Como afirmo en otras incursiones, los académicos en Estados han llevado
    a cabo una labor encomiable —diría que decisiva— sobre las relaciones
    raciales en la Isla. Es con Martí donde se equivocan, que no es el
    centro de sus meditaciones. Camacho, por su parte, no ha entregado un
    solo análisis perdurable, en cuanto a los afrocubanos, porque trabaja
    con intenciones preconcebidas.
    El “yo” —no el que estudian Freud y Lacan, sino el de Camacho— pareciera
    que le dificulta el resuello, que lo precariza, lo sujeta y lo pone
    cianótico, pero en realidad no es así. Su “yo” quiere ser algo donde no
    hay nada y lo reitera tanto que se ahoga definitivamente. Camacho es una
    libreta de abastecimiento.
    La distorsión de su “yo” es tal que se enoja, me acusa, adjetiva y
    ofende porque dice que no lo menciono en el libro, a pesar de que lo que
    hago es criticarlo. Él prefiere que aparezca su nombre, su nombre
    siempre, aunque sobre el mismo caiga como lluvia de lejía lo que dijo
    Martí, que termina sepultándolo. Paralizado desde su “yo” enfermo no fue
    capaz de ir hasta la Bibliografía del libro, donde están su nombre ¡al
    fin! y los títulos de cinco de sus textos y la forma de localizarlos.
    Para Camacho lo importante no habita en acercarse a la verdad: lo
    importante para este caballero es exhibirse. Pero hay más.
    Pareciera que lee muy mal, y así silencia en sus ensayos una cifra
    extensa de nociones martianas o las acomoda, con sus interpretaciones, a
    objetivos prehechos. Probemos su capacidad de escamotear en la crítica
    de marras. Se queja porque no lo menciono, dice que lo ninguneo, y cita,
    también parcialmente, la página 68 del libro, pero le oculta al lector
    de CUBAENCUENTRO, ¡sí, a Ud. mismo!, la página 66 donde lo menciono
    primero por su nombre, inicial de su segundo nombre y apellido, y dos
    veces más por su apellido. En total aparece, ya en sus textos, su nombre
    y Bibliografía, diez veces en el libro. ¿Cómo fue posible que no chocara
    con todo esto? Estas triquiñuelas, esta falta de seriedad es habitual en
    Camacho, cuyo nombre repetiré aquí muchas veces para ver si lo hago feliz.
    Son de tanto bulto sus errores que estoy por pensar que él sabía que yo
    lo iba a despedazar, pero con tal de autocitarse y verse y sentirse en
    un escenario, valía la pena el sacrificio. Como solo instala
    afirmaciones que no demuestra, su auténtico fin residió en la
    oportunidad que el tema le regalaba para repetir posesivos y
    autoalusiones. Observemos: “…le permite a Cabrera ningunear mis
    argumentos, levantar ideas de mis ensayos, y tomar el rol de un
    brigadista de turno que viene a rectificar lo que dijimos”. (subrayado
    nuestro).
    Ahora me asalta una duda, una pregunta, otro atajo para analizar lo que
    subyace en el “yo” de este caballero. Por qué si el libro es tan malo,
    por qué si acarreo sus textos para criticarlos, le lástima tanto que no
    lo cite, que no estampe su nombre glorioso en el libro. Yo no quisiera
    aparecer, jamás, en un libro malo. En mi caso, sería mejor que el autor
    me ignorara porque entonces no me veré relacionado con tal mediocridad.
    A partir del comportamiento de Camacho, me asalta otra duda: ¿Tendré que
    creer al escritor del prólogo, el eminente Raúl Fornet-Betancourt, quien
    asegura que el libro es “imprescindible”? ¿Será que no es tan malo mi
    libro…?
    II
    En sus afanes por atacarme acude a la política, pero cómo no me conoce,
    se parapeta detrás de elementos que deja en la bruma, inexplicados,
    raros. Qué quiere decir con “brigadista de turno”. Vaya Ud., amigo
    lector, a saber. Tal vez piensa que Ud. no merece claridades y está bien
    servido con un plato de humaredas. Quizá cree que soy un peón del
    régimen cubano o un soldado que él, como buen acomodador de teatro,
    decidió sentar en el tradicionalismo martiano. Después de designar el
    sitio de cada cual Camacho irá al escenario, a exhibirse.
    Vamos a ponerle un poco de hondura al asunto. Yo quisiera que nuestro
    señor respondiera, ya que presume que me aprovecho de sus meditaciones
    (no para rectificarlo sino para criticarlo en el 99 por ciento de las
    ocasiones), en qué texto, de la tradición o fuera de ella, se abordan
    los siguientes aspectos de la obra de Martí, donde ocupo en general en
    capítulos completos: 1.- ¿Quién ha tratado antes los adelantos martianos
    de lo que hoy llamaríamos desobediencia civil, donde los negros ocupan
    un lugar primordial? 2.- ¿Qué libro o ensayo ha intentado demostrar la
    visión del poeta en el tema social sobre la raza negra, en Cuba y
    Estados Unidos? En este asunto el poeta sugiere incluso la acción
    afirmativa. 3.- ¿En qué texto se investiga a través de toda su obra la
    descolonización del cuerpo de hombres y mujeres de la raza, es decir su
    vigencia en este campo? 4.- ¿En dónde se ha seguido paso a paso —no digo
    mencionar o una vaga generalización— sus nociones sobre Frederick
    Douglass, Henry H. Garnet y John Brown, dedicadas al tema de los
    afrodescendientes. 5.- ¿Quién ha intentado probar la recepción de los
    afrocubanos a partir del pensamiento liberador del poeta, aspecto
    capital que excluyó Ottmar Ette de su pesquisa? 6.- ¿Existían en toda la
    bibliografía pasiva martiana referencias al Spiritual, el Cake Walk y a
    relaciones literarias entre “La Muñeca Negra” y La cabaña del tío Tom?
    Hay más, pero dejémoslo porque temo aburrir, que para aburrir con
    Camacho basta.
    Mientras yo me esfuerzo por generar teoría y conocimiento nuevo, que es
    el sentido de un académico, don Camacho pretende, bajo el manto de la
    disidencia o la desmitificación, rebajar sin razones válidas y desde
    parcialidades y escamoteos el símbolo que, le guste o no, encarna Martí.
    Debo añadir que en marzo de 2006 publiqué un ensayo donde armé la
    columna vertebral del volumen que con tanta energía ataca don Jorge.
    Para el tipo de crítica que hace Camacho mis postulados son una
    constante concesión, una alabanza a todo trapo de Martí. Ya en el primer
    párrafo del libro y a través de toda la introducción admito, sin
    embargo, “ambivalencias y equivocaciones”, afirmaciones problemáticas..
    Pero yo no lo detengo ni encierro ahí como Camacho y otros. Lo abordo en
    una dinámica que no es martiana sino humana, en su despliegue en el
    tiempo. Por tal motivo critico a quienes estratifican, convierten en
    lápida una equivocación o un prejuicio. Muy difícilmente estaré de
    acuerdo —y no únicamente en el caso martiano— con un dogma como el que
    el propio Camacho reproduce y que cualquiera escondería, por vergüenza,
    bajo siete llaves: (Martí) “marcó a los negros, para siempre, como
    elementos sospechosos dentro de la comunidad blanca”. Aquí hay un
    problema metodológico grave, una totalización, un caso irreversible, una
    opinión castrante y eso nunca es Historia. En el fondo, eso es política.
    Con estos bemoles está confeccionado el discurso del que Camacho se
    imagina creador, pero que, repito, existía desde mucho antes. A lo sumo,
    él ha extremado errores previos. Conste que no soy el único al que don
    Jorge ha acusado de ninguneo.
    El crítico se delata a sí mismo cuando coloca como primera importancia
    del libro el tema de la cultura del negro en Martí, y se delata porque
    cita la página 330. ¿Cómo el tema más importante puede estar a esa
    altura? La engañifa la lleva a cabo porque cree que es en el tema de la
    cultura donde hay grietas para introducir su crítica. El objetivo sobre
    el que gira todo el libro que ocupa a don Camacho es exponer el proyecto
    liberador para el negro en el corpus del poeta. Ese es el nudo, lo focal
    y fue por esto que los negros lo siguieron. El racismo que Camacho y
    otros atribuyen a Martí produce afrocubanos tontos, fuera de la historia.
    Con el fin de arrinconarme Camacho escamotea lo que llamo, en la
    explicación misma del capítulo sobre la cultura del negro, “escisiones y
    fugas martianas”. Y en la introducción al libro procuro “demostrar las
    disrupciones de lo que se ha llamado creación martiana de ciudadanías
    culturalmente homogéneas”. De dónde, de cuál sitio de su mágico sombrero
    Camacho saca que veo a la raza “como algo puramente cultural”. Esta es
    otra chapucería.
    Para demostrar errores del poeta y como consecuencia del autor, el señor
    Camacho pudo criticar alguna cita de Martí entre numerosos pensamientos
    sobre lo cultural, pero no lo hace. Por cierto que en la página 330, no
    se habla nada de biología, al revés de lo que afirma.
    Tampoco ven Camacho ni el sector aludido de la academia norteamericana
    que Martí utiliza a la cultura occidental como instrumento para la
    liberación del negro. He aquí una de las funciones y objetivos de la
    Sociedad La Liga, suceso inesquivable en el devenir de los siglos XIX y
    XX en Cuba. La Liga fue mucho, pero mucho más que el lugar de la casi
    prescindible “amistad” entre el poeta y los negros según Camacho. El
    dominio de la cultura occidental le permitiría al afrodescendiente
    medirse “mente a mente con el blanco”. Y tuvo razón el maestro en La
    Liga. Precisamente esto es lo que en la actualidad se le tiene muy en
    cuenta a Booker T. Washington, vapuleado por décadas. De sus afanes por
    enseñar masivamente cultura occidental —leer, escribir, comprender
    textos en lengua inglesa, todo necesario para el saber técnico— salieron
    numerosos desobedientes de años posteriores. Aquello de ser cultos para
    ser libres carga un mensaje hasta hoy no sospechado.
    Aunque lo anterior era bastante, el poeta isleño no se detuvo. Sus
    concepciones de desobediencia civil traían en la entraña al Partido
    Independiente de Color, masacrado en 1912. Rafael Serra y otros que
    estuvieron con Martí en La Liga neoyorquina y luego fueron a la Isla,
    dejan esto absolutamente claro, en la teoría y la práctica. En el libro
    refiero el viaje de Serra y Evaristo Estenoz a Estados Unidos, reseñado
    por The New York Times. El carácter inviolablemente pacífico de la
    protesta, que repitió en muchas ocasiones el artista isleño, y la
    concertación de “todos los que tengan buena voluntad”, o sea negros y
    blancos, antirracistas desde luego, hubiera imposibilitado el conato
    armado que Serra previó y condenó, precisamente a partir de la
    concepción de rebeldía pacífica martiana, calculada para cuando se
    ganara la república democrática mediante la guerra. Probado por Tomás
    Fernández, el conocimiento de la obra martiana que acopiaron no pocos
    intelectuales de la raza permite afirmar que poeta fue el padre
    ideológico del Partido Independiente de Color. Al igual que el grupo de
    académicos en Estados Unidos, Camacho está imposibilitado de una
    conclusión como esta porque tomó un camino sin destino.
    III
    En verdad nunca leí el fragmento donde Martí habla de los negros de
    África salvajes y del tiempo necesario para alcanzar la civilización a
    partir de Camacho, según este asegura. Tuve en cuenta, en primer lugar,
    que toda la polémica arquitectura del párrafo, que no publicó, existe
    porque el habanero piensa a la raza en “el ejercicio de sus derechos
    públicos”. Y esto no lo medita Camacho porque habla bien de Martí. Leí
    desde el principio con sentido distinto a todo lo que previamente había,
    cuando ni siquiera sabía de la existencia del perínclito Jorge Camacho.
    Martí fue superando aquel momento y los ejemplos de esas superaciones
    menudean por sus páginas. Basta como botón de muestra lo que denomina
    “adelanto rápido y afanoso de los cubanos redimidos, más que los casos
    patentes de cultura extraordinaria”, y subraya las “condiciones
    desiguales”. Tales avances, dice, “son hechos de influjo social superior”.
    IV
    Hay un instante en que la crítica amaga con ponerse seria, y escribe:
    “Mi argumento en 2008, sigue siendo el mismo que hoy: la ciencia del
    siglo XIX no hacía distinción entre los conceptos de raza y cultura.
    Ambos estaban “enyuntados”, y por tanto las características de una
    civilización se trasmitían de una generación a otra en y con la sangre
    de los ciudadanos (George Stocking, John Jackson, y Nadine Weidman)”.
    Camacho vuelve a enclaustrarse y torna a otra postura totalizante, sin
    salida. Lo que afirma es que nada hay ni puede haber fuera del discurso
    de la ciencia, a pesar de que él mismo admitió —lo cito sin crítica por
    única vez en el libro— que Martí “se vira sobre la cabeza” de un texto
    de Charles Letourneau. Para nuestro crítico, como para tanto seguidor a
    pie juntillas de la teoría sobre el discurso en el ámbito postmoderno,
    la individualidad desaparece, no hay escape ni para Martí ni para nadie.
    Todos los seres humanos están obligados a comportarse como un rebaño
    ante el discurso y la verdad del poder. Esto es lo que aquí se nos dice.
    ¿Cómo fue posible entonces que Martí, seis años antes del mundialmente
    célebre Émile Durkheim, según datos de Pierre-André Taguieff,
    deshabilitara el concepto de raza, una auténtica hazaña intelectual, y
    le pasara por encima a todo el discurso científico de su época. De
    acuerdo con Nicolas Shumway, el poeta asegura “que no hay razas, y
    aunque no dice que la idea de raza es una construcción histórica como
    diríamos ahora, afirma que la idea de raza es algo artificial y que
    vemos razas porque queremos ver razas”. Pero más sorprendente aún es que
    el poeta isleño no disoció la deshabilitación del concepto —tampoco lo
    hacen quienes creen lo mismo en la actualidad— con la lucha social, y no
    renunció a la existencia social de las razas.
    La desprolijidad de don Jorge llega a nueva cota cuando escribe:
    “Cabrera analiza el fragmento del 20 de agosto, como prueba del
    antirracismo de Martí y al igual que hice yo, lo interpreta a través del
    evolucionismo sociocultural, lo relaciona con la crónica del terremoto
    de Charleston, y destaca la cuestión del tiempo, el concepto de negación
    de la simultaneidad y la “unilinialidad” en sus escritos. Sin embargo,
    en ningún momento Cabrera menciona mi nombre o mi ensayo, y por toda
    cita menciona a Jean Lamore, que nunca analizó este fragmento en su
    libro (Cabrera 58)”.
    Quien intente reflexionar sobre el apunte que bautizo 20 de agosto
    —Martí no lo tituló— como prueba del antirracismo del bardo tiene que
    estar loco. Esta es la noción más conservadora en toda su obra. Lo que
    hago, y que Camacho trastoca y despoja de lógica, es demostrar un
    proceso superador, cómo va transformando su obra, adquiriendo
    conocimientos. Por otra parte, no sería serio analizar concepciones
    sobre las razas en el XIX sin hablar de evolucionismo, unilinealidad y
    del tiempo como algo implícito en el tema. Estos abordajes son muy
    comunes en diferentes disciplinas universitarias, incluso de pregrado.
    Me pregunto, además, quién es capaz de olvidar “El Terremoto de
    Charleston” una vez leído y al que se han dedicado decenas de ensayos.
    Por qué Camacho se atribuye estos temas añejos y manoseados. Su “yo” lo
    sabrá. Pero hay más.
    Arguye don Jorge que en la página 58 lo excluyo a él y solo me refiero a
    Lamore. Otra vez el crítico pretende engañar al lector de CUBAENCUENTRO
    que no posee el libro. En esta página, la tengo delante, cito a: Marvin
    Harris, el célebre antropólogo de quien extraigo lo vinculado con esta
    ciencia y no de Camacho. En dicha página también aparecen Miguel A. de
    la Torre, Rafael Rojas, Henry George, Edgar B. Taylor. Estos están al
    pie, pero en el cuerpo están mencionados de una forma u otra: Gobineau,
    Chamberlain, Lapouge, Morgan, McLenan y Piaget. Rojas sí abordó con
    mirada no condescendiente 20 de agosto, pero tiene presente los avances
    martianos posteriores, sobre lo cual Camacho resulta muy reticente
    cuando no lo silencia.
    Por tal comportamiento, Rojas tuvo que recordarle que el imaginario
    racial de Martí no puede “ser plenamente reconstruido sin alusiones a su
    proyecto de una ‘república con todos y para el bien de todos’ en Cuba”.
    Ocultar frases que hasta los niños conocen constituye una palmaria
    violación de las reglas más elementales del trabajo académico. Y esto,
    en todo un libro sobre los indígenas y el poeta. Es verdad que Lamore no
    tocó 20 de agosto, pero sin dejar de apuntar errores ofreció un panorama
    equilibrado, más ancho y profundo que nuestro crítico. Camacho convierte
    sus triquiñuelas, mentiras y mentiritas en una plaga y así infecta todo
    lo que toca.
    En otro exabrupto de su “yo” ramplón sostiene Camacho que yo dialogo con
    sus textos por todo el libro. Esto es totalmente falso, pues como he
    dicho él no pertenece a los académicos que considero relevantes y que
    iniciaron la tendencia que fue coloreando a Martí como un racista. Mi
    libro, además, cuenta con 464 páginas, y en capítulos completos Camacho
    no tiene absolutamente nada que decir. Lo único que no se atreve a
    afirmar es que lo plagio, porque con una sola excepción, invariablemente
    lo critico y desde luego lo desarmo y descarto, lo cual no resulta
    difícil por su falta de esmero y el hacer escasamente profesional que lo
    distingue. Aquí lo hemos comprobado.
    Su gran angustia, o sea que lo ninguneen, que no lo citen, que su nombre
    quede sin escenario, es todo invención de Camacho. Dentro de unos días
    estará en CUBAENCUENTRO de nuevo con otras quejas, reclamaciones y
    ofensas contra alguien que presuntamente lo ignora.
    V
    Impotente para triunfar sobre un puñado de nociones objetivamente
    abordadas y novedosas en la bibliografía martiana, don Jorge se ve
    obligado a generar política, pues ahí siempre hay algo que decir.
    Veamos. En la invención que es toda patria, la mía me interesa y en
    particular la gente que peor la está pasando. Ambiciono siempre conectar
    la teoría con la práctica, con los intereses más acuciantes en esa
    comunidad imaginada que se llama Cuba.
    Las luchas simbólicas, por otra parte, son constitutivas de los
    conflictos sociales en todos lados. Lo que hago en mi libro, como fruto
    de la preocupación del hombre de raza negra que soy, es tratar de
    advertir la no repetición de lo que en el pasado sucedió. Por ejemplo,
    la matanza y represión de los independientes de color.
    La historia tiene impulsos repetitivos destacados muchas veces. Si nos
    imaginamos en el campo de las reivindicaciones sociales de los negros,
    que van a llegar, me pregunto si enarbolar el símbolo martiano,
    conociendo cómo realmente pensó los problemas raciales de la Isla,
    facilita o no la labor reivindicadora. Por eso, como en el XIX y XX, los
    afrocubanos no deben separarse de la fuerza simbólica que el bardo
    significa. Por eso reitero que la tendencia que un sector de la academia
    norteamericana despliega contra la visión sobre los afrocubanos en Martí
    es peligrosa porque en primer lugar es falsa, y lo es también porque
    distancia a la raza de un símbolo que la favorece. En este punto el
    señor Camacho puede decir lo que le parezca, me da lo mismo. De
    cualquier modo, anuncié el advenimiento de este tipo de personajes —y
    sus ataques— desde la primera línea del párrafo en que plasmé esta
    posición, cosa que vuelve a ocultar el persecutor. Nada hay, pues, de
    sorprendente en Camacho.

    Source: El vulgar imperio del “yo” – Artículos – Cultura – Cuba
    Encuentro –
    http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/el-vulgar-imperio-del-yo-323593

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