La libreta del hambre
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    El “bloqueo” no: es el miedo
    PEDRO CAMPOS, La Habana | Septiembre 30, 2015

    Los gobernantes cubanos insisten en que el “bloqueo” es el principal
    obstáculo al desarrollo económico de Cuba. Así lo ratificó este martes
    el general-presidente Raúl Castro en Asamblea General de Naciones Unidas.

    Hasta hoy, después de la caída del bloque socialista y la URSS, el
    bloqueo-embargo de EE UU sigue siendo la principal justificación del
    Gobierno cubano a todo el desastre económico y social causado por el
    modelo estatalista asalariado impuesto en Cuba en nombre del socialismo,
    en verdad una especie de capitalismo monopolista de Estado.

    La economía cubana fue descendiendo en la medida en que el Estado
    concentraba la propiedad sobre la tierra ?que llegó a ser del 90 %,
    sobre la industria y los servicios, que llegó al 100 %? y se
    desarrollaban los monopolios estatales del comercio interior y exterior.

    Todo esto estaba aderezado con controles de precio, políticas y planes
    voluntaristas, control total por la élite económica del país, de las
    inversiones y gastos estatales (“planificación centralizada”),
    eliminación de las relaciones monetario-mercantiles, eliminación de la
    iniciativa individual y colectiva, guerra al capitalismo privado y al
    cooperativismo, ahora sesgadamente permitidos con mil trabas. Simple: se
    iba constriñendo cada vez más la iniciativa de la sociedad.

    No han sido el “bloqueo”, como dice el Gobierno, ni ese “socialismo”,
    como aducen quienes se creyeron que esto era tal cosa, los causantes de
    este desastre, sino el modelo estatal asalariado impuesto por los que
    capitalizaron el triunfo revolucionario de 1959. Estos, en lugar de
    restaurar la Constitución de 1940 y el curso institucional democrático
    por los que habían luchado todas las corrientes políticas democráticas y
    todos los sectores sociales, estatizaron (no nacionalizaron) todas las
    empresas grandes, medianas y pequeñas, privadas o de propiedad asociada,
    nacionales o extranjeras, y las continuaron explotando en forma asalariada.

    En nombre de una revolución democrática y popular se impuso así un
    Gobierno personalista y autoritario, antidemocrático, una dictadura que
    se llamó del proletariado, donde los proletarios siguen siendo
    proletarios, nada deciden y son peor explotados.

    En nombre de un socialismo inexistente, también se apropiaron de la
    fuerza de trabajo de los asalariados cubanos durante medio siglo, de
    esos humildes y desposeídos en nombre de quienes se erigió ese sistema
    de economía y gobierno. ¡Y aguantar que se denomine socialismo a esa cosa!

    Si a los antiguos dueños de tierras, fábricas, empresas e inmuebles, les
    quitaron sus propiedades materiales, a cuatro generaciones de
    revolucionarios de todas las corrientes les quitaron sus vidas, que
    fueron puestas al servicio estatal en las Fuerzas Armadas, los órganos
    de seguridad, el trabajo diplomático, las misiones internacionalistas,
    las guardias y movilizaciones. Había que defenderse de tantos enemigos
    generados por tanta arbitrariedad.

    Pero no es tiempo de culpas. Si menciono culpas es porque se está
    incriminando como causante principal lo que fue un efecto, si bien es
    cierto que también nos ha hecho mucho daño, sobre todo porque ha servido
    para justificar tanto disparate.

    Es época de soluciones. ¿Cómo resolver el problema? Muchos lo hemos
    planteado y hasta Raúl Castro lo sabe y dijo, pero él no tiene ninguna
    prisa: hay que liberar las fuerzas productivas.

    ¿Cómo?: democratizando la vida política y económica del país. Es
    necesario deshacer las trabas, leyes y regulaciones que impiden a la
    gente desplegar sus iniciativas, eliminar todas las restricciones que
    impiden el trabajo libre privado de médicos, enfermeras, dentistas,
    abogados, arquitectos y demás profesionales. Eliminar las restricciones
    al cooperativismo libre. Desactivar los monopolios estatales de comercio
    y los controles de precios a los productos agrícolas e industriales.
    Permitir a los cubanos importar lo que deseen, montar tiendas y
    fábricas, con simples impuestos de importación y venta.

    Dar participación a los trabajadores en las empresas estatales en la
    dirección, la gestión y las ganancias, permitir a las empresas autonomía
    para invertir, vender y comprar. Permitir el desarrollo amplio de pymes
    de todo tipo, sean de capital privado o asociado, y que sean apoyadas
    con capitales privados o del Estado. Permitir que los cubanos residentes
    fuera inviertan en la Isla, apoyen a sus familias y amigos. Cambiar la
    ley impositiva para estimular producción y servicios.

    Cambiar la Ley de Inversión Extranjera por una simple ley de inversiones
    para todos, donde puedan actuar todas las formas de producción que la
    realidad demanda, con libertad sindical y garantías de ingresos justos
    para los trabajadores. Reducir tamaño y gastos del Estado. Ampliar y
    liberar internet que permita comercio libre e intercambio horizontal de
    información de todo tipo. El mercado libre posibilita el desarrollo del
    trabajo libre, individual o asociado. Sin esos cambios no hay
    socialismo, sostenibilidad ni prosperidad posibles.

    ¿Y puede realizar esos cambios en la economía una elite autoritaria
    excluyente que aspira a perpetuarse en el poder y mantener el control
    económico y político de la sociedad?

    Hasta ahora ha demostrado que no. Primero –o paralelamente– debe haber
    un proceso de democratización de la vida política, que en un clima de
    confianza vaya permitiendo la actuación de otros sectores, grupos y
    visiones con enfoque democrático de la sociedad. Esto implica libertad
    de expresión, asociación y elección de manera que todas las tendencias
    políticas y económicas se manifiesten e interactúen en democracia hacia
    una nueva Constitución y una nueva ley electoral.

    Una democracia genuina deberá establecer los presupuestos participativos
    locales, de manera que impuestos y presupuestos sean controlados en
    mayor medida por las comunidades para potenciar sus capacidades, un
    desarrollo sostenible y más parejo, así como garantizar que todas las
    leyes importantes sean discutidas amplia y horizontalmente por todos y
    sometidas a referendo.

    Y sin “bloqueo” interno, aunque persista el otro, veremos de qué somos
    capaces los cubanos.

    Si el bloqueo-embargo se levantara y siguieran esas trabas, el Estado
    volvería a tragarse todos los préstamos y solo se alimentarían las
    improductivas empresas estatales que interesan a las elites para seguir
    gobernando paternalistamente con salud y educación de bajo costo, una
    miseria de alimentos por la libreta y salarios, pensiones, viviendas y
    transporte precarios para las mayorías.

    Pero la burocracia no quiere socialización ni democratización: no quiere
    arriesgar poder y privilegios. El miedo a perder el poder es la causa
    última que impide los cambios. Por favor, no la asusten más. No hay que
    acabar con nadie. No olvidar “con todos y para el bien de todos”.

    Quien ayude al empoderamiento popular, quien ayude a mejorar las
    condiciones de vida del pueblo, quien ayuda a que la gente sea más libre
    y pueda decidir sobre sus destinos, que sea más feliz y próspera, quien
    más haga por el bienestar del pueblo, ganará el mayor respaldo popular.

    Si todo eso tenemos que agradecérselo a EE UU y al levantamiento de su
    “bloqueo”… siga usted, lector.

    Source: El “bloqueo” no: es el miedo –
    http://www.14ymedio.com/opinion/bloqueo-miedo_0_1862213764.html

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