La libreta del hambre
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    Unas fiestas recobradas todavía a medias
    ARMANDO LÓPEZ | Miami | 24 Dic 2015 – 8:12 pm.

    ¡Navidad! Gran fiesta, a medias recobrada. Porque desde la fundación de
    nuestra nación, los cubanos todos, ricos y pobres, blancos y negros, la
    celebraban con la familia reunida, y hoy estamos regados por el mundo.

    Por siglos, la Navidad fue la gran fiesta de los cubanos. Para unos,
    fiesta de fe, para otros, sencillamente fiesta. Las vidrieras exhibían
    el pesebre con el niño Jesús y los Reyes Magos, mientras cientos de
    emisoras de radio entremezclaban villancicos con mundanas guarachas y sones.

    A La Habana llegaban miles de turistas a ver los quioscos de cubanerías
    de los parques de La Fraternidad, de la Playa de Marianao, de la Avenida
    del Puerto, las luminarias musicales de las calles Reina, Galiano, San
    Rafael, con sus cinéticas campanas de acera a acera, que hacían la noche
    día, y dejaban escuchar tiernas melodías navideñas.

    Los turistas no venían por fe religiosa, sino a gozar de las calles
    engalanadas, de los espectáculos en los lujosos cabarés Tropicana,
    Montmartre y Sans Souci, de las verbenas de los barrios de Jesús María y
    Atarés, de los coros de guaguancó en los patios del Cerro, de las
    contentosas mulatas de rumbo (por qué no), de los treinta kilómetros de
    clubes con música en vivo de la capital más fiestera de América.

    En la gran fiesta, La Habana se desbordaba. Conseguir un cuarto de hotel
    desde víspera de Nochebuena a pasado Día de Reyes, era un
    acontecimiento. Los mercados de Carlos III, de la Plaza del Vapor,
    hervían, los pregones de los dulceros tomaban las calles.

    En la mañana víspera de Nochebuena, las mujeres adobaban el puerco que
    los hombres asaban en la noche a fuego lento, y las abuelas cocinaban
    guineos y guanajos en fricasé con aceitunas y alcaparras, herencia de
    antepasados moros. En el campo, el puerco se asaba en puya, haciéndolo
    girar sobre la candela, sazonándolo con hojas de guayaba.

    No faltaban en la comelancia los dátiles y turrones heredados de España,
    ni los frijoles negros bautizados con miel, herencia de África, o los
    buñuelos de yuca que nos legaron los taínos. La Nochebuena sincretizaba
    los sabores de una nación crecida a golpes de látigo, tambores y bandurria.

    Casas, solares y bohíos vestían sus mejores galas: el arbolito brillaba
    sobre el niño Jesús en el pesebre, y a su alrededor, enmarcándolo,
    María, José, los Reyes Magos, y las carticas de los niños, donde pedían
    juguetes, que algunos no recibirían.

    Los mayores se sentaban en una larga mesa. Los niños aparte, para que
    mortificaran menos. “En mi casa nos reunimos 12.” “Pues en la mía éramos
    40.” Cada cubano alardeaba del tamaño de su familia, de los que vinieron
    de lejos.

    El fiestón comenzaba el 23 de diciembre, seguía en la Nochebuena del 24,
    en el almuerzo montería del 25 (con lo que sobraba de la cena),
    continuaba en la espera del Año Nuevo, donde creyentes y ateos (por si
    acaso), arrojaban el cubo de agua a la calle para que se llevara lo
    malo, y culminaba el 6 de enero, con Gaspar, Melchor y Baltasar.

    La Nochebuena era la zafra de los vendedores de vinos españoles, de las
    rojas manzanas venidas del norte (que muchos ofrecerían a Santa
    Bárbara), de los curas que pasaban el cepillo en las iglesias, de la
    bullanguera vitrola en la bodega de cada esquina.

    Era la fiesta en que regresaba el hijo pródigo, la tía fea, los primos
    lejanos, donde el abuelo dejaba que los nietos hiciéramos lo que nos
    diera la gana, y las mujeres, por beatas que fueran, tomaban hasta hacer
    chistes verdes y sonrojar a sus maridos…

    Algunos iban a la Misa del Gallo, a medianoche del 24, para celebrar el
    nacimiento de Cristo. Pero la noche siguiente, cuando ya el niño Jesús
    sonreía, los cubanos salían a bailar a las sociedades (Tennis y Liceos,
    los blancos), al Gran Maceo (los mulatos), a La Bella Unión (los
    negros), a los cabarés los faranduleros, a los bateyes de los centrales
    los campesinos.

    En las fiestas de 1959, la mayoría de los cubanos celebraron la
    tradición y la esperanza de un futuro mejor. La Nochebuena, Fidel la
    pasó con los carboneros de la Ciénaga de Zapata y en la Plaza de la
    Revolución hubo una cena gigante para los fidelistas, que entonces eran
    la gran mayoría de los cubanos.

    Ya Santa Claus comenzaba a ser popular. La televisión lo usaba en sus
    comerciales y, almohada por barriga, barba truco, gorrita con pompón,
    tocaba campanitas en los portales de 23 y L, en el Vedado, la esquina
    que la sensual del cine italiano Silvana Pampanini, llamó “la más
    caliente del mundo”, después de dormirse al Comandante.

    Pero Fidel, empeñado en eliminar al anglosajón Santa, pretendió
    sustituirlo por Feliciano, un personaje de guayabera, sombrero de guano
    y barba, que la gente no tragó… Ya el Comandante comenzaba a transgredir
    nuestras tradiciones, o peor, a creerse nacido en el pesebre.

    En las Navidades de 1960, con el título de Jesús del Bohío, en la
    marquesina de CMQ Televisión, instalaron tres insólitos reyes magos,
    Fidel, El Che y Juan Almeida, que traían como regalos la Reforma Agraria
    y la Reforma Urbana.

    En 1962, la libreta de abastecimiento no contempló arbolitos de Navidad,
    ni guirnaldas de colores, ni estrellas de Belén, ni niño Jesús de yeso,
    ni turrones. Las sociedades donde los cubanos bailaban fueron
    nacionalizadas. La religión fue considerada contrarrevolución.

    Las fiestas navideñas fueron prohibidas por decreto oficial en 1969, con
    la excusa de ser un estorbo a la Zafra de los 10 millones que no fueron.
    Los cubanos debían tener las manos libres, no para asar el puerco, sino
    para cortar caña.

    Por décadas, con las ventanas cerradas, algunas familias, con lo que
    forrajeaban en el mercado negro, pretendieron continuar la tradición
    navideña, pero con una Nochebuena apagada por los temores al CDR, por el
    éxodo de padres, hijos, tíos, primos, entristecida por las lágrimas de
    ausencia.

    En la Isla, el niño Jesús y los magos Gaspar, Melchor y Baltazar serían
    expulsados de la iconografía de la Revolución. El Día de Reyes se
    sustituiría por El Día de los Niños (1974), cada tercer domingo de
    julio. Los niños cubanos crecerían con un juguete básico al año, y los
    harían jurar: “Seremos como el Che”. El Año Nuevo dejó de celebrarse
    para festejar el triunfo de la Revolución.

    La caída de la Unión Soviética obligó al régimen a hacer concesiones
    (1991). Con la visita del Papa Juan Pablo II a la Isla (1998), el
    Gobierno colgó un enorme Corazón de Jesús en la Plaza de la Revolución y
    autorizó a celebrar la Navidad. En hoteles y cines volvieron los
    arbolitos para turistas; en iglesias, como la Catedral de La Habana,
    sacaron el pesebre con el niño Jesús a la calle.

    Hoy, los cubanos retoman a medias la gran fiesta, a medias, porque
    Nochebuena, Navidad y Año Nuevo son alegría de la familia reunida, y la
    nación cubana está dividida: los de la Isla y los errantes por el mundo.
    Solo en el reencuentro habrá verdadera Navidad.

    Source: Unas fiestas recobradas todavía a medias | Diario de Cuba –
    www.diariodecuba.com/cuba/1450984352_19054.html

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