La libreta del hambre
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    A la espera del Año Nuevo entre quejas y reguetón
    La capacidad de soportar no tiene límites entre los ciudadanos que se
    escudan en el chiste y la indiferencia ante el manicomio económico del país
    CUBA REPORTAJE
    LA HABANA.-IVÁN GARCÍA
    Especial

    Cuando en la madrugada del 30 de diciembre los camiones llegaron a la
    Avenida Santa Catalina, en el barrio de La Víbora, ya en el lugar se
    encontraban varios ancianos jubilados con sus jabas de tela. Mientras
    esperaban, charlaban de aquellas navidades de antaño, en las cuales la
    comida nunca fue un problema.

    Ese día, las autoridades del municipio Diez de Octubre, el más poblado
    de La Habana, habían planificado una feria comercial con productos del
    agro. Horas antes, una brigada estatal de tipos sin camisas, en un
    santiamén armaron tenderetes con techos de lona y tubos de aluminio.

    Las ferias agropecuarias: pocos beneficios

    El horario de inicio, según un custodio adormilado, era a las 7:30 de la
    mañana. Pero cuando alrededor de los camiones se aglomeraron los
    jubilados, los mandaderos [personas dedicadas a hacerles mandados a
    dueños de negocios privados] y amas de casas a la caza de alimentos más
    baratos, los operarios empezaron a despachar por su cuenta antes de la
    hora señalada.

    “Compañeros, deben esperar hasta la 7:30 [eran las 5:30 de la mañana]
    para comenzar a vender”, voceaba a los camioneros un hombre con un
    portafolio negro en su mano derecha.

    Pero la gente le hacía el caso del perro. “Yo vengo manejando hace ocho
    horas desde Ciego de Ávila y los de mi cooperativa están locos por
    vender y largarnos. Nosotros también queremos celebrar el año nuevo con
    la familia”, dice el chofer de un destartalado camión cargado de piñas y
    naranjas, y toma agua de un pomo plástico.

    Según los vendedores, las ferias que organizan autoridades municipales
    apenas les reportan ganancias. “Como somos cooperativas, una parte de la
    producción está comprometida con el Estado que fija los precios de venta
    y los beneficios son pocos”, expresa un trabajador agrícola de Quivicán,
    en la provincia Mayabeque, al sur de la capital.

    Un tímido sol ya asoma en el horizonte y la muchedumbre va de un camión
    a otro, preguntándole a los camiones dónde están los tomates y la carne
    de puerco. ‘Radio bemba’, el habitual rumor popular, más fidedigno que
    los medios oficiales, había corrido la bola de que en la feria se
    vendería cerdo, pavo, pollo y una amplia variedad de frutas, hortalizas
    y vegetales a precios de ganga. Todo fue un bulo.

    La comidilla de moda en La Habana es la inesperada subida de precio de
    la carne de cerdo, tomates y otros alimentos. “No sé hasta dónde va a
    llegar está locura, ayer en el agro la libra de tomates costaba entre 18
    y 20 pesos y 40 la de puerco. Ahorita es mejor comerse el dinero”,
    comentaba indignado un señor.

    Inclusive en la aburrida y uniforme Asamblea del Poder Popular, un
    remedo de parlamento nacional, ante el reclamo de algunos diputados,
    Raúl Castro, con su voz ronca que pretendía parecer enérgica, le dijo al
    ministro de Economía Marino Murillo que “algo había que hacer para bajar
    los precios de los alimentos y no afectar al pueblo”.

    En la calle, el auténtico termómetro de la popularidad y sobre la buena
    o mala administración de un Gobierno, recibieron con guasa la petición
    de Raúl a Murillo. “Que esta gente (el régimen) no metan las manos en el
    asunto. Cada vez que intentan aplicar precios justos se evapora la
    comida”, señala Eusebio, taxista particular.

    Desde los años 80, cuando un ofendido Fidel Castro culpaba de los
    precios elevados a intermediarios y campesinos privados, ha sido una
    política cíclica de la autocracia verde olivo acusar de la escasez y
    altos precios a los particulares.

    “El Estado asumió hace cinco años el suministro de papas y chicharos a
    bajos precios y nunca encuentras esos productos. Lo que deben bajar, y
    nunca mencionan, son los precios descabellados de las mercancías en las
    tiendas por divisas. Son unos descarados”, acota Laura, ama de casa.

    Desde 2010, los precios de alimentos y mercaderías industriales tienen
    una tendencia a la alza. Y los salarios apenas crecen. “El sueldo en
    Cuba es casi un estipendio. Su valor real es irrisorio. Un
    electrodoméstico o una cena en un restaurant de primera supera tres
    veces el salario de un trabajador”, acota Cecilio, economista.

    Al mal tiempo buena cara

    Pero al mal tiempo, buena cara. La capacidad de soportar no tiene
    límites entre los cubanos. Y los ciudadanos se escudan en el chiste y la
    indiferencia ante el manicomio económico del país.

    La gente abrió otro hueco al cinturón y se las agenció para recibir el
    nuevo año compartiendo en familia. Si usted caminaba por las calles de
    La Habana el 31 de diciembre, vería a vecinos preparando lo que hayan
    conseguido para cenar y amigos que entre tragos de ron y reguetón a todo
    volumen esperando que 2016 les traiga buenas noticias.

    Desde luego, cada vez son más los que no pueden despedir el año. Miles
    de ancianos, jubilados y trabajadores con salarios mínimos miran detrás
    de las vidrieras las cosas que no pueden comprar y el olor del lechón
    asado en la casa de al lado le despierta la nostalgia de otros tiempos.

    “Ya yo he comido bastante puerco en mi vida. Este año no pude comprarlo.
    Mi pensión no me alcanza para pagar una libra de cerdo a 40 pesos. Por
    la noche comeré el pedazo de pollo que me dieron por la libreta, veré un
    poco de televisión y me iré temprano a la cama”, señala Luzardo,
    carpintero jubilado.

    En el lado opuesto, los que pueden esperar el año nuevo a todo trapo. Se
    estrenan una muda de ropa, van a cenar a restaurantes de calibre o
    pueden pagar el equivalente a 330 dólares por recibir 2016 bajo las
    estrellas en el cabaret Tropicana.

    Pero son los menos. La mayoría de los cubanos se queja de las penurias y
    salarios miserables. Cientos de jóvenes esperaron la primera noche de
    2016, bebiendo aguardiente y bailando reguetón en la Plaza Roja de La
    Víbora, uno de los trece sitios habilitados en la ciudad para “celebrar
    la llegada del año 58 de la revolución”.

    Después de la pachanga comenzó el lío. Broncas con armas blancas, hacer
    el amor en pasillos oscuros y orinar en calles y portales.

    Source: A la espera del Año Nuevo entre quejas y reguetón :: Diario las
    Americas :: Cuba –
    www.diariolasamericas.com/4847_cuba/3541025_cuba-espera-ano-nuevo-entre-quejas-regueton.html

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