La libreta del hambre
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    Un presente sin futuro
    Una población que lucha por sobrevivir, entre el clandestinaje de
    labores comunes en otra parte del mundo y la incertidumbre frente a los
    designios del Gobierno
    Rui Ferreira, La Habana | 26/01/2016 1:01 pm

    Alamar es una barriada popular en las afueras de la capital cubana.
    Construida en la década de los años 70 a base de promesas y trabajo
    voluntario, pretendía ser el inicio de la solución de la crisis
    habitacional del país.
    Hoy, cuatro décadas después, sus edificios sobreviven con una
    arquitectura distorsionada donde la población se ha ido hacinando de la
    mejor forma posible en un país donde la permanencia de una ideología ha
    sido más apremiante que la comodidad de sus habitantes.
    Pero Alamar es también un pulmón latente del sentir y la preocupación
    una sociedad en la que cada miembro, por sus características
    idiosincráticas, tiene una opinión sobre todo. Y el futuro es
    preocupante. Una mañana, hace un par de semanas, un grupo de personas se
    concentraba, hacía “cola” como dicen, frente a un pequeño mercado
    popular esperando la distribución de la magra porción del racionamiento,
    vulgo “la libreta”, que todavía intenta igualar las oportunidades
    alimenticias de todos pero apenas alcanza para sobrevivir.
    Un lugar apropiado para que el visitante extranjero entable conversación
    con los vecinos, sobre el sentir popular de la realidad que se vive en
    la Isla. La Habana no representa al resto del país, pero es un buen
    “mercado” de opiniones.
    “¿Nuestro futuro? Pues, será lo que el pueblo quiera, señor”, comentó
    una anciana, que apenas puede con su alma pero aguanta estoicamente una
    fila que puede durar, sencillamente, un par de horas. “El pueblo”, en
    este caso y en ese lenguaje “codificado” en que los cubanos se han
    habituado a hablar con los extranjeros en las últimas cinco décadas,
    significa que es lo que el Gobierno realmente desee.
    En el primer intercambio, el presente surge como más apremiante que el
    futuro. “Los salarios son muy bajos. Apenas nos alcanza y muchas veces
    ni alcanzan. Hay que ir por la izquierda, hacer pequeños trabajos y
    sobrevivir”, explicó “Manuel”, un cubano de unos 30 años que pide no ser
    identificado por su nombre. Es arquitecto de profesión pero albañil para
    complementar su sueldo. Confiesa que dedica más de la mitad de su tiempo
    a reparar pequeños desastres en casas particulares que en el taller
    gubernamental diseñando o resolviendo necesidades estatales.
    También está “Miguel”, un técnico de computadoras que trabaja en una
    empresa de telecomunicaciones pero que ha montado, con un amigo, un
    pequeño taller para reparar computadoras, tabletas y hasta teléfonos
    celulares a particulares. Es clandestino. Lo hace así por necesidad
    porque, se queja, “los impuestos nos ahogan” y “las licencias no son
    fáciles de conseguir”.
    Como ambos, hay todo un mundo clandestino que intenta seguir vivo ante,
    lo que consideran, una incertidumbre de los designios del Gobierno. La
    mayoría de estos cubanos, con quienes se logra establecer conversación a
    través de una red de discretos contactos, no parece sentirse “orientado”
    por lineamientos de futuro. “Esta gente habla en un lenguaje que no
    parece ser el de la calle. ¿Qué voy hacer si la vida en la calle es tan
    capitalista, que cada uno tiene que sobrevivir por su cuenta?”, se
    desahogó “Miguel”.
    El Gobierno, coinciden economistas y sociólogos afines, intenta orientar
    a la población pero el lenguaje parece ser el problema. “Mucha gente de
    la población no entiende todos esos discursos demasiados intricados,
    floridos y complicados. Difíciles de escrutar, ¿entiendes?”, preguntó un
    profesor universitario jubilado.
    En Centro Habana, otro pulmón popular de la capital, la vida discurre
    como una ciudadela muy común en Centroamérica. De hecho la capital
    cubana resurge más como una ciudad centroamericana que caribeña. Algunas
    personas, mayormente mujeres, dueñas de casas y a cargo de sus familias,
    sienten que el futuro del país es su propio presente. Al contrario de
    muchos otros países, donde un plan de futuro es visto como una hoja de
    ruta, aquí no se sabe siquiera qué es una “hoja de ruta”, cuando el
    visitante introduce el concepto en la conversación.
    “No sé qué es eso señor. ¿Futuro? Perdone pero desde que Fidel (Castro)
    se fue no escucho a nadie más. Él nos hablaba claro”, dijo Yodenis, una
    enfermera de un importante hospital, madre soltera de dos hijas, con
    ciertas preocupaciones sociales que, en este caso, se restringen a su
    familia.
    En los “tiempos de Fidel Castro”, las explicaciones gubernamentales eran
    mucho más claras, coincidieron muchos de los consultados. Hoy día, los
    planes e ideas surgen más como conceptos separados del entendimiento
    popular y parecen estar dirigidos al exterior, forma de atraer una
    inversión monetaria foránea que parece ser la clave del desarrollo, la
    transición y el rediseño de la sociedad, pero que no parece accesible al
    entendimiento de la población.
    “Un aspecto interesante de lo que has descubierto es que, de cierto
    modo, la gente se está labrando su futuro y, en cierta medida, el
    Gobierno se está quedando atrás. Hay una separación clara entre el
    discurso oficial y la percepción popular. Se ha perdido bastante esa red
    de protección que la revolución mantuvo por décadas. No, y repito, no y
    de ningún modo el Gobierno ha abandonado a la población, pero tampoco ha
    sabido explicar bien que esa no es su intención, que no la va
    abandonar”, señaló el profesor universitario Enrique López Oliva.
    No parece serlo. Cuando se plantea la cuestión abiertamente nadie da el
    brazo a torcer. “Nuestra vida no sería posible sin nuestro Gobierno”,
    explicó Carlos Giménez, empleado de comercio pero a la vez un “cuadro
    político”, dirigente de los Comités de Defensa de la Revolución, cuya
    ascendencia sigue vigente en la población, en la cuadra donde vive en
    Centro Habana y el único que accedió a hablar abiertamente con el visitante.
    “No veo que nuestro futuro sea negativo. Solo espero que sea explicado
    mejor. Incluso tengo dificultades en hacerlo a mis hijos. (Pero) soy
    optimista”, dijo.
    Sin embargo, los medios de prensa gubernamentales no lo ayudan. Su
    lenguaje sigue siendo tan florido que hasta sus traductores a otros
    idiomas tienen dificultad en interpretarlo. “Hay palabras que no
    aparecen en ningún diccionario”, dijo uno de ellos. Parece que el futuro
    actual en la Isla es su propio presente. ¿Qué arrojará el próximo
    congreso del partido comunista en abril?
    Una versión de este texto aparece en Diario las Américas.

    Source: Un presente sin futuro – Artículos – Cuba – Cuba Encuentro –
    www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/un-presente-sin-futuro-324678

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