La libreta del hambre
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    Un problema “inexplicable”
    REINALDO ESCOBAR, La Habana | 14/01/2016

    En los últimos días, después de la “amenaza” sugerida por el general
    presidente Raúl Castro de que se podrían topar los precios de los
    productos agrícolas, los medios oficiales han sido generosos en
    reportajes y análisis sobre el alza de los precios y el brusco
    desabastecimiento acontecido. Se recogen opiniones de protagonistas,
    tanto entre productores, comerciantes o consumidores, pero brilla por su
    ausencia un esclarecimiento convincente, con argumentos para explicar un
    fenómeno como este, en un sistema económico tenido por científico.

    Todo parece indicar que no es posible alcanzar una “coexistencia
    pacífica” entre el sistema socialista de producción, apegado a la
    planificación y los controles estatales, y una forma de producir y
    comerciar bajo las reglas de la oferta y la demanda.

    Hasta donde se ha sabido, ningún cultivador de tomates se ha visto
    obligado a echarle su cosecha a los cerdos porque no logró venderla al
    precio que exigía. En los mercados de La Habana y en muchas capitales de
    provincia, siempre hubo suficientes clientes con el necesario poder
    adquisitivo para llevarse, literalmente a saco, todo lo que se ponía en
    las tarimas.

    Jugando con cifras difíciles de comprobar, pero fáciles de imaginar, se
    calcula que el 10% de la población económicamente activa disfruta el 80%
    de los productos que se venden y de los servicios que se brindan . Eso
    significa que el 90% restante tendrá que conformarse con el 20% de lo
    que aparece en los mercados. Esto, obviamente, genera desabastecimiento
    y subida de los precios.

    Lo que se produce y comercializa bajo las reglas del mercado será
    absorbido mayormente por quienes producen y comercializan dentro de ese
    sistema, sin que por ello se vean impelidos a renunciar a las migajas
    del racionamiento ni a ninguno de los servicios públicos subvencionados.

    Los otros, llamados unas veces la clase trabajadora y otras, el pueblo o
    “los cubanos de a pie”, se ven obligados a completar sus necesidades más
    elementales –esas que no satisface la canasta básica– acudiendo a las
    tiendas de las cadenas TRD y a los mercados agropecuarios. Cada peso que
    suben los precios en una u otra opción constituye un pérdida
    irremediable sobre la mesa familiar, a menos que apelen al desvío de
    recursos, la lucha, el invento o cualquier otro eufemismo que enmascara
    la indecente comisión de un delito menor.

    Los campesinos saben que si produjeran el doble tendrían que poner sus
    productos a la mitad de precio, lo que se traduce como trabajar más para
    ganar lo mismo. Solo pueden subir sus precios los barberos particulares
    que no dan abasto cobrando un peso convertible por cada pelado o los
    dueños de cafeterías que ven colas frente a sus establecimientos.
    Aquella pizza de queso en seis pesos cubanos que todavía resolvía un
    almuerzo a comienzos de 2007 hoy solo es un recuerdo. Se ha formado el
    circuito cerrado de la prosperidad, donde los excluidos son los
    empleados del Estado que no roban, los jubilados sin parientes en el
    extranjero, los emprendedores sin éxito y quienes dependen de la
    seguridad social.

    La emergente clase media cubana tiene una visión particular sobre cómo
    reponer “los gastos de trabajo socialmente necesarios” en su ajetreo
    laboral, muy alejada del criterio estatal, cimentado en la creencia de
    que la canasta básica racionada y subvencionada permite la reproducción
    de la fuerza de trabajo asalariada bajo su control.

    La prometida solución al problema, anunciada fuera de programa en la
    última sesión del Parlamento, hasta ahora solo se ha concretado en un
    par de “llamamientos” a producir más, lanzados por la Asociación
    Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP) y el sindicato de trabajadores
    agropecuarios. Frente a las tarimas vacías y las tablillas con precios
    inflados, muchos se preguntan por qué, si esa era la solución, no
    hicieron esos llamamientos mucho antes.

    Source: Un problema “inexplicable” –
    www.14ymedio.com/blogs/desde_aqui/problema-inexplicable_7_1925877394.html

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