La libreta del hambre
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    Al castrismo no lo salva ni el modelo chino
    FABIO RAFAEL FIALLO | Ginebra | 18 Abr 2016 – 9:32 am.

    Aferrado a la más rancia tradición soviética, el Partido Comunista de
    Cuba decidió celebrar su VII Congreso sin haber permitido debate alguno
    en torno a los documentos sometidos para aprobación a dicho cónclave.
    Tal hermetismo fue objeto de críticas, tan sorpresivas como inusuales,
    por parte de miembros de la militancia. El diario Gramma se apresuró a
    desestimar esas “inquietudes”, arguyendo que el debate no era necesario
    pues este congreso era solo la continuación del anterior, que tuvo lugar
    en abril de 2011 con el fin de aprobar las “actualizaciones” pautadas
    por el general presidente Raúl Castro.

    El objetivo de esas famosas “actualizaciones” no es otro que introducir
    una dosis homeopática de economía de mercado en el quehacer cubano, y
    con ello tratar de asegurar la supervivencia del régimen. El giro es
    tanto más necesario cuanto que el “socialismo del siglo XXI” ha hundido
    económicamente a la Venezuela chavista, país cuyos petrodólares
    mantienen con vida a La Habana.

    Recurrir al mercado como medio de supervivencia política evoca lo que
    hizo el Partido Comunista Chino, bajo el nombre de “socialismo de
    mercado”, con el fin de conservar el poder tras la debacle económica
    engendrada por Mao Tse-Tung.

    De hecho, en su discurso de apertura del VII Congreso, Raúl Castro hizo
    referencia a China, al igual que a Vietnam, como ejemplos, según él, de
    que el “papel controlador del Partido, el Gobierno y las organizaciones
    de masas” (léase, la dictadura de partido único) y las reglas de la
    oferta y la demanda “pueden coexistir”.

    Mercado con represión es, pues, la fórmula que apunta al horizonte en
    los designios del castrismo.

    La diferencia a este respecto es que, lamentablemente para el castrismo,
    Cuba no es China.

    Comenzando por el hecho de que el castrismo no se desliga de los
    decrépitos dogmas y cantinelas del marxismo-leninismo. En efecto, el
    contraste es patente entre la rigidez del discurso de Raúl, denunciando
    las supuestas “actitudes inescrupulosas de los que piensan solo en ganar
    cada vez más” y el aforismo “enriquecerse es glorioso”, lanzado por Deng
    Xiaoping en 1992.

    En Cuba, solo los miembros de la clase gobernante están y seguirán en
    condiciones de vivir de manera holgada. El resto de los cubanos tendrá
    que seguir arreglándoselas con la tarjeta de racionamiento y una
    educación y servicios médicos muy loados por los personeros del régimen
    y sus cómplices del exterior aunque destartalados en la realidad.

    Pero vayamos más allá del VII Congreso, el del castrismo crepuscular, y
    supongamos que, obligado por el deterioro de la situación económica y
    las deficiencias de la “actualizaciones”, el régimen decida en un futuro
    —tal vez cuando comience el relevo generacional en la cúspide del poder—
    expandir de manera significativa el radio de acción de la iniciativa
    privada y tolerar el afán de lucro. Pues bien, ni siquiera copiando al
    pie de la letra el modelo chino podría la dictadura cubana mantenerse en
    pie. Veamos por qué.

    El crecimiento económico chino se ha basado en la exportación de
    artículos manufacturados. Los obreros que participan en la producción de
    esos bienes trabajan en fábricas con poco o sin ningún contacto con el
    mundo exterior.

    En Cuba, la talla más bien reducida de la fuerza laboral, y sobre todo
    la proximidad geográfica y cultural con Estados Unidos, hacen que no sea
    en la industria manufacturera sino en el sector de servicios, y en
    particular en el turismo, donde se encuentran las actividades de mayor
    rentabilidad, al menos en el inicio de un proceso de apertura
    significativa a las fuerzas del mercado.

    La expansión de dicho sector habrá de implicar contactos personales
    entre los cubanos y sus clientes del exterior, en particular los
    turistas, así como una utilización ampliada de internet.

    En tales circunstancias, la exposición de la población cubana al mundo
    exterior, y por ende al cebo de la democracia y la libertad de
    expresión, no será nada insignificante. Los reclamos populares en pro de
    la instauración de la democracia no podrán sino ir en aumento.

    El régimen tratará, por supuesto, de reprimir con fuerza las veleidades
    democráticas del pueblo. Pero ahí puede entrar en juego el reciente
    acercamiento diplomático y económico entre Cuba y Estados Unidos.

    En efecto, para un régimen económicamente exangüe como es el castrista,
    el hecho de forjar lazos comerciales y financieros con la economía más
    poderosa del mundo podría provocar un fenómeno de adicción. Dicho de
    otro modo, podría crear una dependencia, por parte de Cuba, con respecto
    a los ingresos de divisas provenientes del intercambio con Estados Unidos.

    Tan pronto como los vínculos económicos con Estados Unidos hayan
    alcanzado una masa crítica, ¿qué haría el régimen si el Congreso de
    aquel país, o un futuro presidente del mismo, decidiera condicionar el
    ritmo, grado, o incluso la continuación o no de la apertura económica
    hacia Cuba, a que se produzcan avances concretos en Cuba en cuanto al
    respeto de los derechos humanos y la libertad de expresión? ¿Estaría el
    régimen cubano dispuesto a negar una liberalización política en la Isla
    si un rechazo de esa índole pusiera en peligro esa importante fuente de
    ingreso de divisas?

    Un factor adicional milita en favor de la apertura democrática de Cuba,
    a saber: la intención del régimen castrista de contraer empréstitos en
    el mercado mundial de capitales.

    Después de haber podido prescindir de ese mercado (gracias a la ayuda
    soviética primero, y a los petrodólares de Chávez después), Cuba trata
    desde 2011 de reanudar sus vínculos con el mismo.

    Y ocurre que la tasa de interés que el Gobierno cubano habrá de pagar
    por sus empréstitos dependerá de la evaluación que se haga en esos
    mercados de las perspectivas económicas de la Isla. Mientras más
    promisorias parezcan dichas perspectivas, más baja será la tasa de
    interés que los inversionistas internacionales exigirán.

    En esas circunstancias, si Cuba se pone a porfiar con Estados Unidos,
    rehusando realizar una liberalización política, los inversionistas
    potenciales abrigarán dudas acerca de la continuidad de los intercambios
    comerciales y financieros entre los dos países y, consiguientemente,
    aplicarán tasas de interés más elevadas.

    En tal caso, ¿valdrá la pena golpear y detener cada domingo a las Damas
    de Blanco, o arrestar periódicamente a Guillermo Fariñas y Antonio
    Rodiles, o impedir a José Daniel Ferrer circular libremente por el país,
    o mantener en calabozos a decenas de prisioneros de conciencia, si esos
    mezquinos y abyectos actos de represión, al provocar tensiones con la
    contraparte estadounidense y ensombrecer las perspectivas económicas de
    la Isla, podría implicar el aumento de la tasa de interés que Cuba
    deberá pagar por sus empréstitos?

    Así, pues, por un simple cálculo de costo-beneficio, para el régimen
    cubano sería un buen negocio proceder a una apertura democrática a fin
    de impedir el aumento de la carga de su deuda.

    Consideraciones de índole económica, en particular la necesidad de
    integrar el mercado europeo, desempeñaron un papel de primer plano en la
    decisión de los herederos políticos del dictador español Francisco
    Franco de iniciar la liberalización política de su país tras la muerte
    del Caudillo. Y no debe excluirse, por las razones apuntadas en este
    artículo, que ese mismo tipo de consideraciones económicas haya de jugar
    un papel determinante en Cuba en un futuro no lejano.

    Las críticas a la ausencia de debate en el VII Congreso, formuladas por
    algunos de los participantes en el mismo, podrían ser indicios de un
    embrión de toma de conciencia, en las filas del Partido, del carácter
    contraproducente, e incluso de la imposibilidad, de mantener la
    represión política inherente al castrismo.

    Source: Al castrismo no lo salva ni el modelo chino | Diario de Cuba –
    www.diariodecuba.com/cuba/1460968323_21754.html

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