La libreta del hambre
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    En nombre de la decepción
    mayo 10, 2016
    Maykel Paneque

    HAVANA TIMES — No recuerdo cuándo empezó mi desconfianza con el gobierno
    cubano. Quizás fue un sábado a finales de los 90, en un mes caluroso
    como agosto, cuando escuché hablar por primera vez de campos de
    concentración en Cuba llamados UMAP.

    A esa edad, obviamente desinformado por la prensa (y lo que no es la
    prensa) de aquí, creía que esos infiernos del reclutamiento habían sido
    solo posible en la Alemania de Hitler y en la Rusia de Stalin, nunca en
    una isla que había hecho una Revolución socialista para dignificar al
    hombre.

    En cambio sí recuerdo cuando perdí toda confianza y respeto en las
    políticas trazadas por el Gobierno. Después de una larga espera, al fin
    subirían, hace unos 10 años, el salario a los trabajadores. Puedo
    evocar, como si fuera hoy, el rostro de muchos, satisfechos porque
    ganarían 20 o 30 pesos más. Como si el ascenso representara una
    capacidad de compra real.

    Luego, al mes entrante, algunos productos normados en la Libreta de
    Abastecimiento subirían de precio. Bien mirado, subir el salario fue en
    realidad dejarlo como estaba, ya que esos 20 o 30 pesos se
    desembolsarían en unos productos que antes costaban menos. Una jugada
    maestra si se quiere del gobierno cubano, pero no deja de ser engañosa.

    Ahora, después de la visita de Obama, los delegados del 7mo Congreso del
    Partido Comunista han descubierto que los cubanos necesitamos que
    nuestro salario tenga capacidad de compra. ¿Cuántas décadas han tenido
    que pasar? ¿Y con qué dinero creían los anteriores delegados y el
    Gobierno de Cuba que compraba el trabajador? ¿Ahora es que se han dado
    cuenta esos dirigentes “pensantes” que el salario no alcanza (no ha
    alcanzado en más de 30 años) para comer arroz y frijoles en un mes? ¿Y
    cómo creen entonces ellos que hemos resuelto los cubanos de a pie, como
    se dice, durante tanto tiempo si no es aliándonos a la corrupción y a
    los sobresaltos por el “delito” de buscar qué comer?

    Uno de los acuerdos de los delegados del 7mo congreso ha sido rebajar el
    20 por ciento de algunos productos. Para que no se interprete mal este
    beneficio, hay que decir que una caja de pollo en piezas de 10kg cuesta
    17cuc, lo que equivale a 425 pesos cubanos, muy por encima del salario
    íntegro promedio del 90 por ciento de los trabajadores, que es 365
    pesos. Si a este trabajador le diera por comer pollo durante todo el
    mes, dudo que le alcance, descontando que se lo tendría que comer crudo
    y sin condimentar.

    Con hipocresías, discursos desfasados y consignas de otro siglo, difícil
    convencer de verdad a los ciudadanos de un país. Una cosa es decir que
    se sigue con la Revolución y otra muy distinta es seguirla de verdad,
    con fe. El disimulo y la doble identidad ha hecho de Cuba un país no de
    12 millones de habitantes, sino de 24, algo fácil de demostrar el
    primero de mayo.

    Recuerdo un eslogan que retrata bien nuestra capacidad para adaptarnos a
    vivir en un país donde el Gobierno cree ser más inteligente que el bruto
    más común, donde los haya. “El Estado hace como que me paga y yo hago
    como que le trabajo”. Difícil que esta verdad popular, años luz que la
    escucho, no haya llegado a los oídos de los “elegidos” delegados de los
    distintos congresos del PCC y a los gobernantes de este país. Creerse
    que el pueblo cubano vive dopado como en los 80 es soñar demasiado. Una
    cosa es saber fingir y otra es decir que se es fiel.

    Ya he olvidado desde cuando empecé a sospechar que vivir no es solo
    tener resuelta educación y asistencia médica gratis. “Educación y
    asistencia médica gratis que me cobran toda la vida ofreciéndome por mi
    trabajo un salario que ni alcanza para comer”, me dijo ayer una amiga.
    Tiene razón, y mucha. Vivir es, sobre todo, cumplir sueños y dejar al
    mundo, cuando nos marchemos, mejor de lo que lo vimos en vida. Vivir es
    más que respirar, es más que asfixiarse en la rutina diaria de los días
    idénticos por vivir. Es también creer en el futuro de un país para no
    tener que emigrar de él. El vivir no debe estar asociado a la monotonía,
    al desencanto y a la frustración.

    Mi amiga, como tantos cubanos incluyéndome, fue a cumplir misión en
    Venezuela. Está muy molesta y descontenta con razón. Ha pasado un año y
    medio y aún no le han pagado, como a mí, los meses de noviembre y
    diciembre del 2015. En Venezuela, los dirigentes de la delegación cubana
    nos dijeron que ese dinero ya lo había depositado la Fundación Oro
    Negro, que cuando llegáramos a Cuba lo tendríamos en la tarjeta.

    Ahora la nueva versión es que el Gobierno venezolano no lo depositó y
    que el nuestro, en un “acto de altruismo” (como si nos regalaran lo que
    trabajamos) se hará cargo, no se sabe cuándo. Mi amiga sueña con que le
    avisen de un momento a otro. Yo, que más quisiera, pero he perdido la
    fe. “De contra que el gobierno nos estafa, encima se ofende cuando le
    recuerdas el atraco, para variar. Así y todo no pierdo la esperanza”,
    dice mi amiga.

    Vivir también es eso, no perder la esperanza y, sobre todo, quebrar el
    silencio ante las injusticias y las solapadas estafas. Es verdad que
    muchos se salen con la suya, incluyendo al Gobierno cubano, por
    supuesto. A algunos nos irrita el deterioro de su imagen pública y los
    plazos que anuncian sus mentiras para convertirse en realidad algún día.
    Yo le digo a mi amiga que no pierda la ilusión, las estafas tienen
    también su vida útil como los villanos que se escudan en ella para
    seguir ejerciendo sus artes de magia. A muchos nos ha tocado quedarnos
    para nombrar el asco y la decepción. Eso no nos convierte en héroes,
    claro está, sino en simple ciudadanos. Que conste.

    Source: En nombre de la decepción – Havana Times en español –
    www.havanatimes.org/sp/?p=115478

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