La libreta del hambre
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    Influencia en la población de las medidas de precios topados
    [04-05-2016 12:43:12]
    Elías Amor
    Economista

    (www.miscelaneasdecuba.net).- Una nota en Granma, titulada
    “Comercialización agropecuaria, de la especulación al ordenamiento
    paulatino” confirma lo que ya sabíamos: ¿las cosas pueden ir a peor? Por
    supuesto que sí.
    Para empezar, la especulación, si existe en la economía castrista, es
    consecuencia de las normas jurídicas y las regulaciones que constriñen y
    limitan la actuación de los agentes económicos. La comercialización en
    Cuba, en los últimos 57 años, ha sido un ejemplo de ineficacia,
    provocando escasez, colas, racionamiento y elevaciones de precios. La
    culpa para el régimen es de los intermediarios a los que califica de
    especuladores. Y lo peor de todo es la comparación de la agricultura con
    el béisbol, cuando se trata de dos actividades que nada tienen en común,
    por mucho que se empeñen.
    Se extrañan en Granma que después de la publicación en la Gaceta Oficial
    Ex­traor­dinaria No.15, de las nuevas medidas de control de precios se
    haya, y cito textualmente, “destapado un cartapacio de expectativas
    entre la población”.

    Es lo mismo que llevó a las autoridades a través del diario oficial del
    régimen a desmentir los rumores sobre la reducción del cambio entre el
    CUC y el CUP. Todo son rumores. Una población que vive atemorizada, sin
    libertad de elección, a merced de decisiones políticas muchas veces
    irracionales, se alimenta del rumor. Y sufre. Un sufrimiento que va a
    más cuando el régimen anuncia una serie de medidas contundentes contra
    lo que llaman “la especulación”, la única actividad que, cuando
    funciona, permite a los cubanos mantener una cierta cantidad de bienes y
    servicios más o menos estable. Lo que la población desconfía es del
    aparato estatal de acopio y de las tiendas estatales y bodegas, casi
    siempre vacías, y con un género de pésima calidad, que apenas da
    satisfacción a las demandas menos exigentes.

    No es extraño que el cubano de a pie especule, rumoree y sufra con estos
    vaivenes que se reproducen en los últimos 57 años en la realidad
    económica y social de un país en el que la libertad de elegir ha quedado
    confiscada para tres generaciones completas. Lo que Granma llama con
    cierto tono despectivo, “especulación popular” no es ni más ni menos que
    la angustia provocada ex profeso por la dirigencia comunista que sueña
    con mantener a la población bajo control y eliminar, de un plumazo,
    cualquier atisbo de libre elección. Ordenar, controlar, intervenir,
    perseguir y reprimir, son actividades que forman parte del día a día de
    las autoridades del régimen y poco le importa que la gente pueda elegir.

    Los cubanos lo saben, y por eso especular y se muestran incrédulos con
    los cambios y los experimentos porque contemplan con estupor que la
    dirigencia comunista es incapaz de mantener, de manera sostenible en el
    tiempo, los abastecimientos a los mercados en condiciones de cantidad y
    calidad aceptables.

    De nada sirve que a esta operación se vinculen 242 empresas, 160
    delegaciones municipales y 3.708 bases productivas.Y en el comercio
    minorista 515 mercados agropecuarios y 2.387 placitas y puntos de
    ven­ta, en todo el país, y106 mercados agropecuarios, 182 mercados
    arrendados a formas productivas, 35 puntos de venta cuya producción es
    estatal y 9 agros del Ejército Juvenil del Trabajo (EJT) en la capital.

    No es una cuestión de sumatorios, sino de procedimientos. De la única
    forma que se puede proteger al consumidor es con la plena libertad de
    producción y venta, eliminando de una vez por todas los intermediarios y
    acopios estatales. Además, es bueno saber que la capacidad de compra de
    una moneda, en este caso del peso cubano, no depende de la bajada de
    precios de los alimentos. Si existiera en Cuba un índice de precios al
    consumo, formado con los procedimientos estándar por una cesta de bienes
    y servicios, se podría obtener alguna conclusión sorprendente sobre qué
    es lo que afecta al poder de compra de los salarios. Lo hemos dicho en
    varias ocasiones, no es cierto que se proteja al consumidor y a los
    productores con precios topados. Tampoco se consigue con ésto reducir la
    demanda de importaciones. Todo lo contrario. Habrá escasez, necesidad de
    más importaciones con déficit en la balanza comercial, más gasto público
    para subvencionar los precios y déficit. En suma, descontrol e ineficiencia.

    En numerosas ocasiones, he señalado que muchas de las decisiones que
    adoptó el régimen castrista durante el período especial para superar la
    grave crisis derivada de la pérdida de las ayudas soviéticas,
    permitieron vislumbrar la luz al final del oscuro túnel del estalinismo.
    Precisamente, en cuanto empezó a fluir el oro negro venezolano, Fidel
    Castro en persona dio marcha atrás y eliminó la mayoría de aquellas
    decisiones que, técnicamente, eran correctas.

    Ahora puede estar pasando lo mismo, nuevamente para desgracia de los
    cubanos. Se excluyen de las normas de precios tasados a los mercados
    agropecuarios de oferta y demanda y los que se encuentran arrendados por
    cuentapropistas, además de los vendedores ambulantes, conocidos como
    carretilleros. ¿Qué se pretende? ¿Tal vez eliminar estas nuevas
    organizaciones que se han mostrado ante los cubanos como mucho más
    eficaces y dinámicas para facilitar la libre elección?

    Si en vez de arremeter contra estos agentes económicos, pensando que su
    aprovisionamiento se puede realizar con las unidades de precios máximos
    publicados, realizando la reventa posterior de las mercancías, y cito
    textualmente a Granma, “con márgenes co­me­rciales disparados a boca de
    mer­cado” otorgaran más flexibilidad y libertad a la actuación de
    productores y vendedores, otro gallo cantaría. Están regresando al
    control coercitivo de la actividad económica, algo parecido a las
    nacionalizaciones de los años 60, cuando pusieron fin a cualquier
    iniciativa privada en Cuba.

    Quienes dirigen la economía castrista deberían convencerse, a lo mejor
    ya es demasiado tarde, que este tipo de decisiones son contrarias a la
    racionalidad económica. En las economías libres de mercado nadie tiene
    que velar in situ para que los comerciantes mantengan una buena relación
    precio-calidad. En la economía de mercado, el consumidor libremente
    penaliza y castiga a los que no lo hacen bien, y del mismo modo,
    recompensa a los buenos. Y esa es la mejor política, sin necesidad de
    agentes estatales ni acopios, ni cosas parecidas. Si los cubanos
    pudieran comprar y vender libremente, el mercado actuaría como en otros
    países, regulando las condiciones de la demanda y oferta, sin necesidad
    de una intervención administrativa, jurídica y en su caso, penal.

    Qué lejos está Cuba del resto del mundo y qué precio tan alto pagan los
    cubanos por esta obsesión ideológica que no tiene otra justificación que
    la vuelta atrás al colectivismo castrista. Un país que, antes de 1959,
    nunca tuvo problemas de abastecimiento, ni de consumo o demanda, se
    encuentra atrapado en el rumor, la angustia y la preocupación por si
    mañana desaparece la malanga del mercado. El régimen castrista debe
    abandonar esa obsesión compulsiva que tiene con los intermediarios y
    promover el desarrollo del sector de la distribución comercial en Cuba,
    antes de que cunda el caos. Es un sector que tiene grandes posibilidades
    de empleo y de actividad, al que no se debe menospreciar. Las cartas
    están encima de la mesa. El retorno al pasado trae consecuencias
    conocidas. La solución es avanzar, y si realmente están cambiando, que
    lo hagan. Por su bien.

    Source: Influencia en la población de las medidas de precios topados –
    Misceláneas de Cuba –
    www.miscelaneasdecuba.net/web/Article/Index/572b23c03a682e127c8efb67#.Vys6Uvl97ic

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