La libreta del hambre
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    Los cubanos que se repatrían
    YUSIMÍ RODRÍGUEZ LÓPEZ | La Habana | 12 Mayo 2016 – 7:53 am.

    Aunque la emigración cubana no es un fenómeno que surge a partir de
    enero de 1959, los números demuestran que ha sido durante los últimos 56
    años cuando los cubanos han sentido más necesidad de abandonar su tierra
    natal. Es por ello que las crisis migratorias, que han servido como
    pretexto a este trabajo, solo reflejan los momentos más críticos de la
    continua y sostenida emigración cubana que se produce a partir de este año.

    Entre el 14 y el 16 de abril de 1980, más de 11.000 cubanos penetraron
    en la embajada de Perú y, a finales de ese mismo mes, salieron unos
    125.000 por el puerto del Mariel. La otra gran crisis migratoria se
    produjo en 1994, cuando más de 30.000 ciudadanos abandonaron la Isla,
    entre ellos un número significativo en balsas artesanales, que
    internacionalmente son conocidos como “balseros”. Y, más recientemente,
    más de 3.000 mil cubanos se encontraban en Costa Rica, intentando llegar
    a Estados Unidos.

    El Gobierno cubano, una vez agotado el argumento de que quienes se
    marcharon fueron en primer lugar los esbirros y la elite afín a
    Fulgencio Batista, y más tarde los contrarrevolucionarios y la escoria
    —delincuentes que obligaron a una libertad sujeta a la condición de
    abandonar el país vía Mariel—, ha intentado hacer ver que toda esta
    emigración se produce por razones puramente económicas.

    Tal afirmación implica simplificar un fenómeno tan complejo como la
    emigración, pero al mismo tiempo, negarla en lo absoluto sería incurrir
    en el mismo error. Si el sistema político de un país tiene profunda
    incidencia en la economía, es muy difícil separar lo económico de lo
    político en las motivaciones de una persona para emigrar.

    Jesús Arboleya, autor cubano estudioso del fenómeno migratorio en Cuba,
    define el acto de emigrar como “una decisión compleja, traumática y
    multicausal, que refleja un determinado grado de insatisfacción de los
    individuos con su situación, con sus expectativas de vida y con un
    entorno socio-político determinado, en este encuadre es casi imposible
    discernir donde termina lo económico y empieza lo político, o incluso,
    lo psicológico”.

    Para decir adiós… cuatro relatos y un mismo destino

    Bernardo, un cubano que, a diferencia de la mayoría de sus compatriotas,
    tenía un trabajo que le proporcionaba un buen salario, una moto y la
    posibilidad de viajar al extranjero periódicamente, tenía además una
    relación estable de varios años y un hijo tan suyo como si llevara su
    sangre, porque lo había criado. Nada de esto le impidió tomar la
    decisión de abandonar el país en 2004.

    “Profesionalmente, sentía que había llegado a mi techo. Lo que me
    quedaba aquí era ocupar un cargo directivo, trabajar tras un buró,
    engordar la barriga. Quería probarme desde el punto de vista profesional
    y personal, ver lo que podía ser mi vida fuera de aquí”, confiesa.

    Bernardo viajó a Italia, para recibir un curso de superación, y no
    embarcó el avión de regreso a Cuba. En Barcelona lo esperaba un amigo,
    al que ya había puesto al tanto de su situación. Aún no estaba seguro de
    quedarse, pero enseguida apareció una oferta de trabajo y el salario lo
    ayudó a decidirse de una vez.

    Alberto, un premiado chef de cocina y dueño de la panadería Salchipizza,
    en la calle Infanta del municipio Centro Habana, viajó a Italia en el
    año 2000 por una beca de estudios de alta cocina, y no regresó a Cuba:
    “Aquí dejé un fogón de cuatro hornillas sin termostato, sin mesa de pan,
    sin área caliente. Allá me encuentro una escuela equipada con todo,
    posibilidad de trabajo y, lo más importante, el trato humano, la
    compensación de mi trabajo que fue automática. Pero olvídate de lo
    económico, adquirí además el doble de conocimiento”.

    Rafael, por su parte, salió de Cuba cuando comenzaba el presente siglo:
    “No podía ejercer mi profesión de comunicador de la manera adecuada.
    Para nadie es un secreto la tremenda censura que existe en el país, y mi
    visión no coincidía con la del Gobierno. Lógicamente, en un segundo
    plano está la cuestión económica. El sueldo de un profesional de la
    comunicación en este país es ridículo. Pero para afirmar que los cubanos
    emigran principalmente por razones económicas habría que tener
    estadísticas confiables. No me atrevería a decir que es la razón
    fundamental ni que es la política, sino que es una mezcla de ambas.
    Aunque lo económico es más importante para el común de las personas, lo
    político trasciende lo económico y el desenvolvimiento personal, porque
    en el país hay muchas trabas para todo: abrir un negocio, por ejemplo.
    No puedes montar una empresa importadora porque la Cámara de Comercio te
    lo impide, tienes que ser extranjero. No puedes crear una fundación para
    personas necesitadas porque eso solo pueden hacerlo determinadas
    personas muy ligadas al Gobierno”.

    De entre todos los entrevistados, Diana es quizás la que más
    identificada se sentía con el sistema. Fue miembro de la Unión de
    Jóvenes Comunistas (UJC) y lo único que le impidió militar en las filas
    del Partido Comunista de Cuba (PCC) fue que “se planteaba la necesidad
    de mejorar la composición del Partido con obreros. Yo trabajaba en los
    medios audiovisuales, percibía un salario, pero no se me consideraba
    obrera. No es suposición, se me comunicó oficialmente”.

    Aunque abandonó el país en la década de los 90, sigue considerando que
    el sistema tiene cosas muy lindas, “sobre todo la teoría”. Ante la
    pregunta de por qué emigra una persona identificada con el sistema,
    Diana relata su historia: “Éramos nueve en casa: mis padres, mi hermana,
    mis sobrinos, mi esposo, mis tres hijos y yo. Era la época en que los
    cubanos no podíamos hospedarnos en hoteles. Cuando no tienes la
    posibilidad de hacerlo, de todas formas, no piensas en eso, tu prioridad
    es comer. Pero yo trabajaba con extranjeros, cuando llegábamos a los
    hoteles, me decían que ellos podían quedarse y yo no. Los dólares eran
    ilegales; si quería tomarme un refresco, debía buscar al productor
    extranjero para que me lo comprara.”

    Y agrega: “Yo era ciudadana norteamericana por mis padres y decidí irme
    a probar suerte en EEUU. Cuando te ibas, te decían que era definitivo;
    podías venir de visita, pero no vivir aquí nuevamente. Lo que era tuyo
    debías entregarlo. Tuve que entregar la bicicleta que me habían dado en
    el trabajo y mi esposo tuvo que entregar el carro. Esas cosas las
    pagamos, por supuesto. No fue mucho dinero, pero no nos lo devolvieron.
    En fin, me fui porque quería una vida mejor para mí y para mis hijos. Si
    hubiese tenido esa posibilidad aquí, me habría quedado. Aquí no era
    posible, no importa cuánto trabajara. Allá existe la opción de romperte
    el lomo trabajando para vivir bien”.

    Si asumimos la versión del Gobierno cubano de que la emigración en Cuba
    ha tenido un carácter principalmente económico, ¿cómo es posible que a
    estos emigrantes, durante décadas, se les haya dicho que no podían
    regresar y se les haya privado de sus derechos como ciudadanos nacidos
    en la Isla?

    Paradójicamente, los cubanos que han abandonado el país han sido el
    sostén de sus familiares que permanecen en la Isla. Han contribuido, en
    gran medida, a sostener la enclenque economía cubana, mediante los
    gravámenes aplicados a las remesas que vienen de EEUU, y de los precios
    altísimos de los productos de primera necesidad que ofertan las tiendas
    recaudadoras de divisas (TRD) estatales.

    Volver… ¿con la frente marchita?

    En los últimos años la cifra de cubanos emigrados que deciden
    repatriarse, o sea recuperar su residencia en Cuba, ha aumentado. Las
    razones son muchas y varían de persona a persona.

    Diana contó con muchas ventajas al irse: “Fui directo a Nueva York,
    donde tenía familia. Siempre hablé inglés, así que encontré trabajo
    rápido, con un salario aceptable y llegué a ganar bastante, aunque tenía
    que trabajar muchísimo. Me retiré y con el retiro me habría muerto de
    hambre en Nueva York. Tenía un buen salario, pero me fui de Cuba con 40
    años”.

    El retiro con el que Diana se moriría de hambre en Nueva York, y con el
    que tampoco viviría a sus anchas en Miami, es algo así como 60 veces lo
    que percibe un jubilado en Cuba después de 25 o 30 años de trabajo. Para
    sobrevivir, los jubilados cubanos deben emplearse como mensajeros del
    gas, vender maní, jabitas. En fin, “inventar”, una palabra bastante al
    uso en la Cuba de hoy.

    Diana me cuenta que también hace trabajos de traducción, no para
    sobrevivir, sino para mantener un nivel de vida cercano al que se había
    acostumbrado en EEUU.

    A Bernardo su salario le permitió viajar por toda España, visitar
    Francia, Portugal y aprender a navegar veleros, hacer el camino de
    Santiago en bicicleta con amigos. Pero cuatro años después de abandonar
    su país, decidió regresar: “Miré hacia el futuro y me vi siendo un
    simple currante, como ellos llaman a los esclavos del siglo XXI”.

    Describe la sociedad de consumo como “una en la que puedes obtener
    bienes materiales fácilmente, todo lo que quieras y pagarte vacaciones
    en cualquier país, siempre que estés dispuesto a matarte trabajando o a
    endeudarte”.

    Cuando se le pregunta a Rafael por qué motivos se repatría, rebate con
    la rapidez de un latigazo: “No me estoy repatriando. Cuando hablas de un
    repatriado es como decir que la persona fue deportada de otro país y
    debió repatriarse. Por otro lado, el término implica que uno va a
    residir definitivamente en el país, y no es así. De lo que se trata es
    de recuperar derechos que nunca debimos perder. Nací en Cuba. Ningún
    gobierno puede decirme que por estar dos años fuera del país perdí todos
    mis derechos como residente y como cubano.”

    Y sigue: “Esa es una monstruosidad jurídica, típica de un régimen
    dictatorial. Tengo amistades peruanas, colombianas, chilenas, que pueden
    estar diez o 15 años fuera de sus países. Al regresar tienen su cédula,
    sus propiedades y todo esperándolos, nada les impide sacar un pasaporte
    nuevo. Con el cubano no sucede eso. Voy a recuperar mi residencia
    permanente, pero seguiré viajando. La nueva ley migratoria, de hecho,
    asume que tú no vas a vivir permanentemente en el país, porque dice que
    para conservar tu residencia solo debes entrar al país una vez cada dos
    años. O sea, puedes vivir en otro país y venir cada dos años. En otros
    países no se le puede quitar la ciudadanía a nadie, es ilegal, y su
    derecho a conservarla está garantizado en la Constitución.”

    Bernargo agrega: “Pasé por este proceso, en primer lugar, para recuperar
    esos derechos que no me da la gana que nadie me quite. En segundo, tengo
    a mis padres muy mayores y enfermos aquí, y una propiedad que no quiero
    perder. Lamentablemente, por las leyes de este país, que casi siempre
    benefician al poder, si has perdido la residencia y no tienes un carné
    de identidad apto en el país, no puedes heredar una propiedad y la
    pierdes; se la entregan a quien ellos consideran. Pero además, tengo mis
    ideas políticas, abiertamente disidentes, quiero poder expresarlas en mi
    país, sin que un día me prohíban entrar. Con mi pasaporte y mi carné de
    identidad cubanos vigentes, tienen que dejarme.”

    “Quiero aportar en la medida de mis posibilidades, para que Cuba se
    enrumbe algún día por el camino democrático, y quiero hacerlo
    abiertamente. Eso pasa por enseñar al ciudadano a pensar de manera
    política. En Cuba, hay mucha gente culta en cuanto a arte, pero hay una
    incultura política tremenda. La mayoría de la gente no sabe cómo
    funcionan los resortes del poder ni conocen la Constitución vigente,
    mucho menos la anterior, de 1940, que Fidel Castro prometió restaurar en
    dos ocasiones y no cumplió. Quiero colaborar con la sociedad civil, que
    no son, como dice el Gobierno cubano, los CDR (Comité de Defensa de la
    Revolución), o la FMC (Federación de Mujeres Cubanas)”.

    Varios premios de cocina internacional, que incluyen una estrella
    Michelin, demuestran el éxito profesional de Alberto en Italia. Sin
    embargo, también tiene razones para repatriarse: “Eso es una estupidez.
    Prácticamente tengo que repatriarme para poner mi casa a mi nombre y
    coger las cosas de la bodega. ¿Cómo voy a perder mis derechos por haber
    estado determinado tiempo fuera de mi país, si nací aquí?”.

    El Gobierno se reserva el derecho de admisión

    Anteriormente se ha referido a Alberto como dueño de la panadería
    Salchipizza, pero en papeles no es así, justamente porque no reside en
    Cuba. Ese detalle ya no le preocupa: “Todo el mundo sabe quién soy yo”.
    Espera la aprobación de su solicitud para repatriarse y “aunque estamos
    en un país donde supuestamente hay libertad de expresión”, está
    consciente de que sus palabras pueden ocasionar represalias, que
    finalmente nieguen su repatriación. Podría continuar entrando al país,
    pero estaría obligado a salir cada tres meses. Para él, a diferencia de
    muchos cubanos que intentan emigrar, resulta ahora mucho más fácil irse
    a Italia, que residir en Cuba.

    Según el artículo 9.2 del Decreto Ley 302 del 11 de octubre de 2012
    —publicado en la Gaceta Oficial del 16 de octubre de 2012— “se considera
    que un ciudadano cubano ha emigrado, cuando viaja al exterior por
    asuntos particulares y permanece de forma ininterrumpida por un término
    superior a los 24 meses sin la autorización correspondiente, así como
    cuando se domicilia en el exterior sin cumplir las regulaciones
    migratorias vigentes”.

    La nueva reforma migratoria —a través del Decreto Ley 302, del 14 enero
    de 2013—reitera lo mismo al decretar que los ciudadanos pierden la
    residencia en su país hasta pasados dos años.

    Pero Alberto no solo siente incertidumbre por su solicitud de
    repatriación o el futuro de Salchipizza. Se pregunta qué va a suceder
    con “este sistema que sabemos que no funciona. Son 57 años y estamos
    viendo que no funciona”.

    “Tenía fe en los cambios que anunciaron, pero como ellos dijeron, es con
    calma, y veo todo igual. Tenía 24 ancianos que venían al negocio y yo
    les daba su pan; ahora son 48. No viven con la chequera. Hay una
    demencia y una mala educación social tremendas. Quienes vamos a cambiar
    esto somos nosotros, no es el tipo de afuera”.

    Rafael agrega que “históricamente, este Gobierno se ha reservado el
    derecho de admisión. Después de dos años pierdes la residencia y ellos
    determinan si te dejan o no volver a entrar. Por tanto, es mejor decir
    que uno se fue por razones económicas. De hecho, ellos han determinado
    que solo pueden invertir en Cuba los extranjeros, he ahí la primera
    discriminación, y en los negocios que les convengan. ¿A quiénes? A
    quienes están en el poder. Pero lo disfrazan de intereses colectivos”.

    De acuerdo a la última Ley Migratoria de 2013, el proceso de
    repatriación debe tardar tres meses. En la práctica, a algunos les toma
    más tiempo.

    Para Rafael “fue un proceso largo y tenso que duró seis meses, no tres.
    Me mantenía llamando o yendo a la Oficina de Emigración y siempre me
    decían ‘te llamamos’. Les decía que ya habían pasado los tres meses y me
    respondían que el proceso podía tardar hasta seis porque a veces había
    que hacer otro tipo de verificaciones. En un caso como el mío, que he
    escrito algunas cosas y tengo ideas que no coinciden con el régimen,
    pensé que podía tratarse de algún tipo de represalia”.

    “Puede haber sido así”, reconoce, “pero no te lo dicen. Este gobierno ha
    sido por tradición muy vengativo. Ellos se reservan el derecho de
    admisión. La nueva ley lo dice: aquellas personas cuyas inclinaciones
    puedan poner en peligro la seguridad del Estado, le van a negar la
    repatriación a pesar de haber nacido en Cuba”.

    Sin embargo, no es necesario que la persona haya cuestionado
    abiertamente al Gobierno para que el proceso de recuperar sus derechos
    de residencia, se demore. O para que las autoridades del país consideren
    que usted, una persona nacida en Cuba, no sea bienvenido en su país.

    La cantidad que debe abonar un cubano que intente repatriarse es 100 CUC
    —más de 100 dólares—, además de 25 pesos en moneda nacional. Para un
    cubano residente en el país equivale al salario de entre cuatro y seis
    meses, pero alguien que viva aquí no necesita pasar por ese trámite.
    Quienes lo hacen residen en el extranjero, y por tanto 100 CUC no debe
    representarles una suma alta.

    Sin embargo, Rafael plantea que algunos regresan a Cuba porque no les
    fue bien en el extranjero y traen una economía precaria: “He vivido en
    Miami; hay gente que no tiene más de los 100 dólares que hay que pagar.
    Aunque para mí no fue un problema, me parece una cantidad excesiva”.

    Por otra parte, Bernardo, que ahora puede comparar y dice ver cosas
    positivas en el socialismo, y que nunca se ha manifestado contra el
    régimen, quedarse en su país fue complicado, según sus propias palabras:
    “Cuando llegas te dicen que puedes quedarte tres meses aproximadamente,
    como si no pertenecieras aquí. Te dicen incluso que te pagan el pasaje,
    pero debes estar listo para viajar”.

    Compara esta situación a estar preso o en libertad condicional. Debía
    presentarse cada cierto tiempo en la estación de policía y le daban
    fecha para volar: “Simplemente no iba. Al día siguiente decía que no me
    había presentado en el aeropuerto y empezaba todo el proceso otra vez.
    Después de estar un mes en esa historia, dijeron que mi caso había sido
    analizado y habían decidido que podía vivir en el país”.

    La historia de Bernardo sucedió en 2008, antes de la reforma migratoria
    que entró en vigor en el 2013. Fue afortunado, a las autoridades solo
    les tomó un mes analizar su caso para, según el derecho que se reservan,
    admitirlo de regreso en su país.

    Alberto, sin embargo, lleva seis meses esperando: “Una agonía; me la
    dan, no me la dan. Es como cuando la gente necesitaba la carta blanca
    para irse del país: me la darán, no me la darán”. Pero en su caso no
    solo ha tenido que esperar meses en agonía. Su inscripción de nacimiento
    se perdió, y tuvo que ir al hospital Maternidad de Línea donde nació.

    “Estuve allí cuatro días, ayudando a esas personas que tienen una carga
    de trabajo muy grande, y la computadora no existe. Estuvimos buscando en
    un bulto de papeles. Me encontré entre los nacidos el mismo día que yo;
    con ese papel se buscó mi número de control, y con eso se me hizo un
    nuevo tomo y folio de la inscripción de nacimiento. Aquí parece que
    cuando uno está equis tiempo fuera del país, lo cancelan igual que te
    dan baja de la libreta. Ahora es que se están archivando las cosas en
    computadora, antes era papel y lápiz”.

    Diana fue la más afortunada de los cuatro. Le concedieron la
    repatriación a los tres meses, como establece la ley, pero solo lo supo
    a los seis meses: “Fue un proceso horroroso. De entrada, uno no debería
    tener que repatriarse. Yo nunca me despatrié; alguien decidió eso por
    mí. El hecho es que yo iba a Emigración para preguntar por mi solicitud,
    y la compañera que me atendía siempre me decía que aún no estaba. Al
    cabo de los meses, cuando por fin recibí los papeles, tenían la fecha de
    tres meses antes. O sea, me la habían concedido en tiempo. No sé por qué
    esa compañera no me lo dijo”.

    Diana considera además que la repatriación tendrá que desaparecer en
    algún momento, y que limitar el tiempo que un cubano puede permanecer
    fuera de la Isla es ridículo: “¿Quién puede decir que no puedes vivir en
    el país donde naciste? De todas formas, sé que la Ley Migratoria
    beneficia a mucha gente, y me alegro. En otros países, si eres
    residente, no ciudadano, pierdes la residencia al cabo de un tiempo por
    permanecer fuera, ¿pero en tu país?”

    ¿Quiénes sostienen la sociedad civil?

    Para Rafael, quienes financian los servicios de salud y educación
    gratuitas en la Isla son “los cubanos que viven en el exterior con el
    envío de remesas, y los que trabajan aquí por una paga miserable. La
    salud y la educación están al alcance de todos, es cierto. Pero la
    calidad es pésima. Hace poco debí ingresar a un familiar, y tuvimos que
    llevar cubos, sábanas, detergente, jabones, papel sanitario, toallas. No
    hay nada”.

    El simple hecho de que los cubanos que deciden regresar lo hagan con
    dinero suficiente para montar negocios, comprarse un apartamento, un
    carro, o vivir decorosamente con su jubilación, puede significar que el
    Gobierno tiene razón al afirmar que la emigración cubana es económica.

    Pero también puede significar que quienes se marcharon tomaron la
    decisión correcta: ellos prosperaron, mientras que quienes se quedaron
    aquí, no importa el motivo, sobreviven en medio de penurias.

    Los cubanos repatriados recuperan el derecho a residir en la tierra
    donde nacieron, y recobran la posibilidad de no perder una propiedad o
    montar un negocio. Recuperan además el derecho de buscar cambios, de
    influir en el futuro de su país no solo de manera directa en la economía
    —no desde lejos y con remesas—, sino también en lo social y político.

    Aun quienes solo ven la posibilidad de emprender negocios y cuentan con
    el capital para hacerlo, tienen la capacidad para poner en evidencia los
    frenos que el Gobierno pone a la prosperidad de sus ciudadanos.

    La inmensa mayoría de los cubanos residentes en la Isla, carentes de
    capital para montar negocios de envergadura —muchos sin el capital
    necesario incluso para un pequeño negocio—, no piensan en cuestionar el
    impedimento a los cubanos para tener una empresa importadora o para
    realizar inversiones en su propio país.

    De la misma forma que la mayoría de los cubanos no cuestionaron durante
    mucho tiempo la prohibición de hospedarse en hoteles —que nunca fue ley
    escrita porque habría violado la Constitución—, o la necesidad de un
    permiso de salida para viajar —que el Partido decidió que ya no
    necesitamos y la Asamblea Nacional lo confirmó— hay cuestiones más
    urgentes para la mayoría de los cubanos, como qué comerán hoy, con qué
    comprar los zapatos de escuela de los hijos…

    En el intento de dar la imagen de que Cuba se está flexibilizando, el
    Gobierno cubano deja brechas para el fortalecimiento de la sociedad
    civil cubana, tanto con los viajes de ida y vuelta de los cubanos —más
    fácil ahora que no es preciso un permiso de salida—, como con la
    incorporación de los cubanos emigrados a la sociedad.

    Como afirmaba Diana, la repatriación debe desaparecer. En algún momento,
    el Gobierno tendrá que renunciar a reservarse el derecho de admisión, si
    pretende parecerse a un país normal donde se respetan los derechos de
    todos sus ciudadanos. Ese debe ser un reclamo de los cubanos en
    cualquier lugar del mundo.

    Cuando no haya un límite de tiempo para que los cubanos permanezcan
    fuera de su país, serán más los cubanos que regresarán a Cuba —hayan
    prosperado o no— a ejercer plenamente todos sus derechos, y reclamar
    aquellos de los que han sido privados.

    Los cubanos que regresan tienen mucho que aportar a la sociedad civil.
    Nadie tiene que contarles lo que es vivir fuera de Cuba. Nadie necesita
    meterles miedo con el capitalismo salvaje y brutal. No traen una visión
    idealizada de la vida “afuera”, pero han vivido en sociedades donde
    existen libertades básicas que aún faltan en Cuba.

    Source: Los cubanos que se repatrían | Diario de Cuba –
    www.diariodecuba.com/cuba/1462990904_22311.html

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