La libreta del hambre
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    El mercado negro del pan normado
    Descubra por qué a las panaderías estatales les conviene hornear un
    producto sin calidad alguna
    Jueves, junio 16, 2016 | Ernesto Pérez Chang

    LA HABANA, Cuba.- Inés sale todas las mañanas a comprar el trozo de pan
    que le corresponde por la libreta. Ella vive sola, está jubilada y
    su pensión, de apenas ocho dólares al mes, no le alcanza para comprar
    otro tipo de pan que no sea esa pieza de 80 gramos que le asegura el
    gobierno por solo cinco centavos en moneda nacional.

    Un precio más que justo pero una ración insuficiente, impuesta como
    “medida coyuntural” durante la crisis de los años 90, que se ha vuelto
    un verdadero sinsentido cuando se habla de una recuperación de los
    niveles de producción de harina de trigo.

    En la panadería donde compra Inés los mostradores están divididos. Igual
    sucede en la mayoría de las 1 700 que regenta el Estado, distribuidas
    por todo el país. En una parte se exhiben panes, galletas y dulces
    relativamente bien elaborados pero que son vendidos a precios que la
    mayoría de los clientes no puede pagar; de la otra, se amontona en
    cestas ese alimento de aspecto nada apetitoso al que todos llaman “el
    pan de la libreta” y que algunos prefieren dejar de comprar porque
    resulta incomestible.

    Quienes lo elaboran, sugieren que se consuma en el momento. “Cuando
    pasan unas horas se pone mohoso, ácido, y es que no traen levadura de
    calidad ni existen condiciones para preparar el pan como debe ser. Por
    eso huele a petróleo. Los equipos son viejos, la harina no es buena: la
    que traen para el pan normado (…) La harina para los panes en venta
    libre está un poco mejor”, asegura Pedro Luis, panadero de la barriada
    de Mantilla, en Arroyo Naranjo.

    Sin embargo, un cliente de la misma panadería interrumpe a Pedro Luis
    con una réplica: “Eso no está bueno ni para hoy ni para nunca. Yo ni
    siquiera se lo doy a los puercos, capaz que se mueran. [El pan] lo hacen
    para botarlo. Es un crimen cómo se bota harina en este país y solo para
    decir que te dan un pan diario. Eso no hay quien se lo coma. Es mejor
    que lo quiten ya”.

    La mala calidad del pan es un tema que se reitera, sin solución, en la
    prensa nacional, tanto en la oficialista como en la alternativa. Las
    respuestas institucionales al problema son demasiado vagas y casi
    siempre consisten en desplazar culpas de un lugar a otro.

    Véanse al respecto reportajes periodísticos como el publicado el 10 de
    junio de este año en el periódico Escambray, de Sancti Spíritus, donde
    la cadena de justificaciones de directivos y “cuadros del gobierno” se
    dilata en una maniobra para eludir el problema esencial, mientras salen
    a flote las contradicciones, divulgadas en otros medios de prensa oficiales.

    El día anterior, el programa televisivo Mesa Redonda había dedicado el
    tema a la producción de alimentos. Entre otras cosas, se elogiaba la
    calidad del trabajo en los molinos de la provincia de Cienfuegos, algo
    que contrasta con el artículo de la periodista espirituana, donde se
    ponen al descubierto las deficiencias de ese centro de producción y el
    mal funcionamiento de los organismos estatales encargados del
    aseguramiento de la materia prima para la elaboración del pan normado.

    En el mismo programa televisivo del 9 de junio, del cual se publicó un
    resumen en el sitio Cubadebate, Betsy Díaz Velásquez, Viceministra del
    Ministerio de la Industria Alimentaria, hablaba, en un mismo segmento,
    de las producciones de pan y de cerveza.

    Sobre el pan apenas dedicó un centenar de palabras, y todas para
    reiterar lo que es vox populi (robo de materias primas, tecnologías
    obsoletas, indisciplinas laborales), sin exponer estrategias efectivas
    que solucionen los problemas ni hablar de un posible incremento de la
    cuota de pan establecida durante el llamado Período Especial.

    Sin embargo, al referirse a la cerveza, se extendió en detalles sobre
    los propósitos de incrementar la producción para satisfacer la demanda
    interna y la posible exportación, así como los ambiciosos planes de
    inversión extranjera, como si la bebida formara parte de los llamados
    “artículos de primera necesidad”.

    “Convertir los debates más peligrosos en una disquisición infinita es
    una estrategia que no le ha fallado al sistema”, afirma Miguel Ángel
    Noda, economista y exfuncionario del Poder Popular: “Se identifican los
    problemas pero, si no hay solución o no se desea dar una, entonces
    vienen esos discursos donde sólo se apela a la buena voluntad de la
    gente (…) El problema del pan no es sólo el problema de la harina y la
    grasa: es el gran problema del mercado negro donde nadie quiere meter la
    mano, ni la misma policía; porque si lo desarticulas, todo se viene
    abajo. (…) Elimina el mercado negro y verás que el gobierno se cae al
    instante. Miles de funcionarios y directivos pedirán la baja y se
    marcharán del país y otros millones de trabajadores se irán a sus casas
    porque ya no tienen nada que robar”.

    En todas las esquinas de La Habana abundan los puestos de ventas
    particulares, algunos de ellos ambulantes, donde se ofrecen variadas
    elaboraciones de panadería.

    Panes, galletas, dulces finos, son vendidos incluso a las puertas de los
    comercios estatales donde se distribuye el pan normado. También los
    negocios privados de pizzerías y dulcerías se han incrementado a más de
    dos mil tan solo en La Habana, en los últimos años; aun cuando las
    licencias obligan a los dueños a comprar sus materias primas en las
    tiendas recaudadoras de divisas donde el kilogramo de harina de trigo
    cuesta poco más de un dólar, un precio excesivo que hace pensar en el
    modo ilegal en que funcionan la mayoría de estos establecimientos de los
    emprendedores cubanos, incluidos los llamados “paladares”.

    Julio Hernández, exadministrador de una panadería estatal, explica a
    CubaNet sobre algunos de los mecanismos que alimentan el mercado negro
    de la harina de trigo y las grasas destinadas a la elaboración del pan
    normado: “No es totalmente cierto que es en las panaderías donde se roba
    toda la harina y la grasa. Ya desde el molino comienza la parte grande
    del problema. En las panaderías la harina y las grasas están controladas
    y a un panadero le es más rentable sacarle dinero haciendo sus
    producciones particulares que vendiendo el saco (de harina de trigo) en
    600 u 800 pesos (entre unos 25 y 35 dólares). ¿Cuánto dinero le toca de
    ahí si tiene que pagarle a un montón de gente?”

    “Los que tienen grandes negocios de pizzas y dulcerías buscan la harina
    en los molinos de Regla, en los almacenes o les pagan a los camioneros.
    En primer lugar tienen mejor harina que la que nos llega a la panadería,
    que es muy mala, y en segundo lugar, los chismosos tienen los ojos
    puestos en la panadería porque piensan que ahí está la mata del robo y
    están equivocados (…) Los periodistas la emprenden contra el panadero
    pero olvidan que existe toda una cadena infinita de gente entre los
    molinos y ellos”, añade.

    No obstante, hay quienes afirman que una buena parte de la harina de
    trigo empleada en los negocios particulares sí proviene de las
    panaderías donde se elabora el pan normado. Regulación que, como todas,
    ha abierto las puertas y sostiene todo el mercado negro asociado.

    El dueño de un pequeño centro de elaboración de panes y dulces en Arroyo
    Naranjo afirma que toda la materia prima que utiliza la obtiene de allí.

    “Los camioneros descargan más sacos de los que corresponden. Son los
    almaceneros de las panaderías quienes venden y después se arreglan con
    los camioneros, y estos, a su vez, le pagan a los del molino, al CVP
    [custodio] que se hizo el de la vista gorda y a todo el que está en la
    cadena (…) Yo compro directo en la panadería, incluso me lo traen hasta
    aquí (…) Según como esté el precio. Hay veces que baja a 500 [pesos
    cubanos, equivalentes a 20 dólares], otras está en 800. Pero ya en más
    de 1 000 pesos no vale la pena comprarlo (…) Por eso cuando baja a 400,
    la gente que tiene negocios compra bastante, y entonces vuelve a faltar
    la harina en la panadería y el pan sale malo, algo que nos conviene a
    todos, porque si no, la gente no viene a nosotros a comprar (…) Al mismo
    panadero le conviene hacer malo el pan, porque eso es negocio para él.
    Hay que vivir en Cuba para entender las ‘cosas buenas’ del socialismo”.

    Para la confección del pan normado de un año, tan solo en La Habana se
    necesitan alrededor de unas 100 mil toneladas de harina de trigo, un
    volumen considerable si se tiene en cuenta el total de la producción
    actual de la industria molinera cubana, de unas 500 mil toneladas al
    año, según datos publicados por el Ministerio de la Industria Alimentaria.

    Aun así, la venta de panes y dulces en el mercado paralelo se incrementa
    mientras la producción de pan normado continúa regulada y disminuyendo
    los estándares de calidad.

    Teniendo en cuenta el número creciente de panaderías, pizzerías y
    dulcerías particulares –con licencia o sin ella– que operan actualmente
    en Cuba, más la producción estatal liberada, se puede deducir que el
    consumo de harina de trigo para panificación alcanza una cifra que
    rebasa la cantidad destinada para esos fines, lo que hace pensar en
    otras fuentes que abastecen ese mercado subterráneo que para algunos es,
    más que el “enemigo”, el verdadero sostén de la empresa estatal socialista.

    Source: El mercado negro del pan normado | Cubanet –
    www.cubanet.org/destacados/el-mercado-negro-del-pan-normado/

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