La libreta del hambre
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    La crisis migratoria cubana: ni económica ni humanitaria
    MIRIAM CELAYA, La Habana | Junio 29, 2016

    Unos 400 cubanos que permanecieron plantados frente a la embajada de
    México, en la ciudad de Quito, Ecuador, reclamando de un puente aéreo
    que les permitiera su entrada a EE UU fueron violentamente desalojados
    del lugar por la policía en la madrugada del pasado domingo, 26 de
    junio. Fue el colofón de una protesta iniciada el sábado 18.

    Días antes, las autoridades mexicanas habían comunicado a los miles de
    cubanos en Ecuador que no existe ninguna posibilidad por parte de su
    Gobierno de abrir un nuevo puente aéreo, lo que deja sin solución este
    capítulo de la crisis migratoria para los isleños que huyen de las
    cuestionables bondades del modelo socialista de Raúl Castro.

    México, por cuya mediación pudieron llegar a EE UU varios miles de
    cubanos este año, ha señalado la necesidad de una solución a través de
    un “diálogo”, sin especificar quiénes serían parte de él o en qué plazo
    tendría lugar éste. Justo es apuntar que no corresponde a ese país la
    solución de la crisis migratoria cubana. En el mes de mayo se había
    movilizado más de un millar de cubanos en Ecuador, con el mismo
    propósito: encontrar una salida segura para seguir su ruta hacia EE UU,
    sin resultados.

    Como es habitual, la prensa oficial cubana ha guardado un hermético
    silencio sobre este drama, que forma parte de ese flujo de prófugos que
    continúa discurriendo silencioso, como una suerte de plebiscito sin
    urnas, demostrando muy a las claras qué opinión merece a los isleños el
    desempeño de su Gobierno y dónde cifran las verdaderas esperanzas de su
    futuro.

    Mientras el Gobierno de la Isla permanece mudo y sordo, los cubanos
    continúan invadiendo las selvas de Sur y Centroamérica o desafiando la
    corriente del Golfo sobre precarias embarcaciones en las impredecibles
    aguas del Estrecho de la Florida, para alcanzar el territorio
    estadounidense, atomizando la crisis cubana a toda la geografía regional.

    Mucho se ha debatido alrededor de las causas de la actual migración
    cubana. A raíz de la crisis provocada el pasado mes de abril por el
    arribo constante de cubanos a Costa Rica y el cierre de la frontera
    nicaragüense, que causó un embotellamiento de migrantes y fuertes
    fricciones diplomáticas entre los gobiernos de Centroamérica, algunos
    líderes de la región han atribuido la responsabilidad del flujo
    constante de migrantes, especialmente procedentes de Ecuador, Venezuela
    y Colombia, a la existencia de la Ley de Ajuste Cubano.

    Algunos analistas señalan el temor de los cubanos a que se derogue dicha
    Ley tras el restablecimiento de relaciones entre los gobiernos de EE UU
    y Cuba, como la fuente principal de tan constante y creciente éxodo,
    mientras deploran el tratamiento preferencial de las autoridades
    estadounidenses para con los cubanos que arriban a su territorio, que de
    inmediato quedan bajo protección legal, tienen acceso al Programa
    Federal de Reasentamiento de Refugiados gracias a la Enmienda que se
    hizo en 1980 a la Ley de Ajuste Cubano y en poco más de un año la
    mayoría obtiene la residencia permanente, más allá de las razones que
    tuvieron para emigrar desde la Isla.

    En contraste, los migrantes de Sur y Centroamérica, México, y otras
    regiones, son devueltos a sus países de origen cuando resultan
    capturados, ya sea en cualquier cruce fronterizo o por las autoridades
    migratorias dentro de los propios EE UU, pese a que sufren en sus países
    verdaderas situaciones de violencia relacionada con guerras o con el
    tráfico de drogas, pandillas criminales vinculadas a los cárteles,
    asesinatos, secuestros, secuelas de las guerrillas, paramilitarismo,
    miseria y otras situaciones que no sufren los cubanos dentro de la Isla.

    La Ley de Ajuste acaba convertida así en la supuesta causa determinante
    –y por tanto el escollo a eliminar para resolver el problema migratorio
    desde Cuba– cuando en realidad son la desesperanza, la ausencia de
    oportunidades, la pobreza generalizada y el fracaso del “proyecto
    revolucionario” castrocomunista las verdaderas causas del éxodo cubano.
    De hecho, el programa económico de Gobierno dimanado del VII Congreso
    del Partido Comunista de Cuba bajo la forma de los documentos
    Conceptualización del modelo económico y social cubano de desarrollo
    socialista y Plan Nacional de Desarrollo Económico y Social hasta 2030
    constituyen por sí solos un acicate mucho más fuerte para la estampida
    nacional que cien leyes de ajuste.

    Sin embargo, centrar el debate del drama migratorio en la búsqueda de un
    presunto villano responsable, sea la Ley de Ajuste o la casta verde
    olivo entronizada en el poder, no solo enmascara y retarda la solución
    del problema –que sin dudas está en manos de los propios cubanos– sino
    que difumina cuestiones de base que explican, no ya la mera existencia
    de una particular Ley extranjera que pauta el futuro personal de los
    migrantes de la Isla, sino los fundamentos de la existencia en Cuba de
    una dictadura que ha dominado los destinos de toda una nación a lo largo
    de casi 60 años, en buena medida gracias a la aquiescencia de los
    propios cubanos.

    Se trata, pues, de un círculo vicioso que parece no tener fin, porque,
    si bien la causa principal del éxodo cubano es la situación que se
    deriva de una asfixiante y longeva dictadura que anula al individuo –y
    no una Ley dictada 50 años atrás por un Gobierno extranjero–, es la
    increíble capacidad de tolerancia de los isleños la que permite hasta
    hoy la supervivencia de ese sistema que los empuja a buscar el porvenir
    más allá del horizonte.

    Llama poderosamente la atención la capacidad movilizadora de algunos
    “líderes” de ocasión entre los migrantes cubanos, prestos a reclamar
    ante autoridades extranjeras lo que no fueron capaces de exigir al
    Gobierno cubano, e implicar en tales reclamos una significativa cantidad
    de individuos, familias con hijos menores incluidas.

    Cuesta también creer que varios centenares de cubanos se organicen,
    reclamen solución a la crisis que ellos mismos han provocado y se
    apresten a hacer declaraciones ante la prensa y las cámaras que
    mostrarán sus rostros al mundo. ¿Son ellos los mismos individuos que
    callaban aquiescentes ante los atropellos del poder en Cuba? ¿Son los
    mismos que en Cuba aceptaban el adoctrinamiento ideológico de sus hijos,
    la cartilla de racionamiento, la doble moneda, los elevados precios, los
    salarios misérrimos, los apagones, las marchas y todas las humillaciones
    existenciales bajo condiciones de dictadura? ¿Cómo se explica tanta
    voluntad política para exigir en tierra extranjera los derechos que no
    les corresponden cuando fueron despojados de derechos naturales en su
    propia tierra y aceptaron el vejamen con temeroso silencio? ¿Es menos
    peligroso atravesar selvas y montañas plagadas de peligros y arrastrar a
    los suyos en tan impredecible aventura que simplemente negarse a
    cooperar con el régimen castrista que los condena a la pobreza eterna?

    El asunto amerita un estudio antropológico profundo sobre la naturaleza
    de este pueblo y los catastróficos efectos de más de medio siglo de
    dictadura, más allá de cualquier lógica de solidaridad con su causa o
    los deseos de un buen destino para los esfuerzos de quienes huyen de la
    Isla. Son señales que indican, además, cuán profundamente ha calado el
    desarraigo de muchos cubanos por su tierra. Hasta tal punto el castrismo
    ha despojado a este pueblo a lo largo de más de medio siglo que un
    significativo número de sus hijos no sienten siquiera el impulso de
    defender en su país lo que les es propio por nacimiento, por historia y
    por cultura.

    La dualidad moral nativa se hace más evidente en especial cuando se
    trata de buscar soluciones inmediatas a problemas coyunturales,
    evadiendo cuidadosamente cualquier implicación política y colocando
    sobre hombros ajenos el peso de los problemas que son nuestros.

    Es lo que está sucediendo ahora, cuando los migrantes varados en Ecuador
    están definiendo su situación como “crisis humanitaria”, pese a que no
    se trata de grupos que huyen de una guerra, no son perseguidos
    políticos, no son sobrevivientes de un cataclismo natural, de una
    hambruna o de conflictos étnicos. Paradójicamente, están haciendo
    reclamos en países que ya enfrentan sus propias crisis nacionales, sin
    necesidad de sufrir la crisis cubana.

    Más aún, estos migrantes cubanos no corren peligro de cárcel ni de
    muerte en caso de regresar a su país de origen. Ellos mismos lo
    declaran: “no tenemos nada que ver con la política ni estamos contra el
    Gobierno cubano. Lo nuestro es llegar a EE UU”. Se trata de generaciones
    que, formadas en la filosofía de la supervivencia, crecidas en la
    simulación permanente donde todo vale, en una sociedad donde impera el
    principio del sálvese quien pueda… y como pueda, así que apelan a
    cualquier recurso útil para alcanzar sus objetivos, en este caso llegar
    a los EE UU. Por eso se presentan como sujetos atrapados en una
    “situación humanitaria” que, sin embargo, no quieren relacionar con la
    situación política de Cuba.

    Desde luego, no hay que negar los principios humanitarios de apoyo a los
    necesitados ni permanecer indiferentes al hecho de que la mayoría de los
    migrantes cubanos atrapados en su tránsito hacia EE UU –ni más ni menos
    que como otros cientos de miles de migrantes de tantos países de la
    región– carecen de medios y recursos para subsistir, no tienen acceso a
    la atención médica y a otras prestaciones sociales imprescindibles, como
    un techo seguro, condiciones básicas de alojamiento, servicio de agua,
    condiciones higiénicas adecuadas alimentos y ropas, por tanto dependen
    esencialmente de la solidaridad de otros. Pero en esa situación se han
    colocado ellos voluntariamente.

    Estamos ante una situación que no parece ofrecer salidas en el corto
    plazo y cuya solución definitiva en cualquier caso depende de que se
    supere la crisis interna cubana, cuya esencia es marcadamente política,
    aunque la irresponsabilidad de Gobierno y gobernados siga simulando
    ignorarlo.

    Source: La crisis migratoria cubana: ni económica ni humanitaria –
    www.14ymedio.com/opinion/crisis-migratoria-cubana-economica-humanitaria_0_2025997381.html

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