La libreta del hambre
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    Siempre es 26 (por eso nada funciona bien)
    Machado Ventura o el vacío absoluto
    Eugenio Yáñez, Miami | 28/07/2016 9:44 am

    Sin gloria y con penas el régimen celebró 63 años de derrotas el pasado
    26 de julio.
    La fiesta nacional cubana más importante, el supuesto día de la rebeldía
    nacional, celebra un rotundo fracaso, bajo la dirección de un Capitán
    Araña, en las escaramuzas de asalto a los cuarteles Guillermón Moncada
    en Santiago de Cuba y Carlos Manuel de Céspedes en Bayamo, que
    provocaron innecesarias muertes de ambos bandos.
    Trifulcas sin las más mínimas posibilidades de triunfo, y que en el
    milagroso e improbable caso de victoria hubiera colocado a los
    asaltantes en una situación donde no sabrían qué hacer, porque no habían
    pensado seriamente en eso. De ahí que lo más probable en ese hipotético
    caso es que ocurriera un baño de sangre con muchas más muertes y luto
    para los cubanos, y todo por las ansias de gloria y poder de un cobarde
    que pretenden llamar “invicto”.
    Una fiesta nacional en cualquier país constituye un día de asueto,
    cuando se celebran acontecimientos importantes de la historia, se reúnen
    familias y amigos, se comparten conversaciones, comidas, bebidas, risas,
    bailes, y todos lo organizan y recuerdan como una jornada agradable de
    celebración.
    Menos en Cuba, territorio libre de América, donde los “beneficiados” con
    la sede del acto nacional de la celebración del fracaso deben madrugar y
    llegar temprano al lugar de concentración, muchos sin haber desayunado o
    tras tomarse una taza de café mezclado con chícharos, porque la
    celebración del fracaso se realiza temprano en la mañana, para
    protegerse de las inclemencias del sol y los calores del implacable
    verano cubano.
    Un personaje anodino lee un discurso, previamente aprobado por “la alta
    dirección del país”, donde repite consignas vacías y superficialidades;
    no anuncia resultados positivos reales, porque no existen; y todos los
    asistentes están deseando que termine “la descarga” para irse a sus
    casas a tratar de resolver los muchos problemas cotidianos que los
    cubanos de a pie enfrentan continuamente para subsistir.
    El resto del país posiblemente duerma un poco más en la mañana, porque
    no le interesa en lo más mínimo la perorata que se recita en la sede del
    acto central. Y también tiene que dedicarse a tratar de resolver
    problemas cotidianos para subsistir.
    Este año el orador fue el gris y desabrido José Ramón Machado Ventura,
    segundo al mando de Raúl Castro y vicepresidente del Consejo de Estado y
    del Consejo de Ministros, por encima de Miguel Díaz-Canel,
    independientemente de los cargos formales.
    Su discurso, como de costumbre, fue aburrido, soso e insustancial. Alabó
    la supuesta “visión” de Fidel Castro cuando habló allí treinta años
    antes. Después mencionó “logros” de Sancti Spíritus, sede del acto
    central este año: dijo que la provincia cumplió los planes de producción
    de leche y de azúcar, pero no dijo que el país produce actualmente la
    mitad de la leche que se producía en 1958, ni que la zafra azucarera
    este año fue menor que la que se lograba hace cien años en Cuba. Los
    dirigentes cubanos no pierden tiempo con “detalles” que no aportan nada
    trascendente al discurso oficial.
    ¿Qué más dijo el burócrata? Con estilo típicamente norcoreano, comenzó
    su diatriba expresando “el sentir de nuestro pueblo y de millones de
    amigos de Cuba a lo largo y ancho del mundo”, para enviar “la más cálida
    felicitación al compañero Fidel Castro Ruz, líder histórico de la
    Revolución, por su ya cercano 90 cumpleaños”. Hecho que no tiene nada
    que ver con lo que se celebraba, pero así son las reglas del culto a la
    personalidad.
    Justificó todas las barbaridades de este decenio donde el “invicto” tuvo
    que apartarse por razones de salud, y atiborró su catilinaria con
    soporíferas cifras de cantidad de reuniones realizadas para discutir
    documentos del tedioso séptimo congreso del partido, así como cifras de
    participantes, intervenciones y propuestas, lo que no interesa a nadie.
    De problemas concretos resueltos o soluciones específicas para enfrentar
    la crisis que atraviesa el país —que ellos llaman dificultades
    coyunturales, porque las crisis son para el resto de los países de
    mundo, no para el paraíso castrista— no dijo nada. Porque no tenía nada
    que decir.
    Habló de lo mal que se vivía en Sancti Spíritus antes del triunfo de la
    revolución y lo bien que se vive ahora, es de suponer que gracias a la
    libreta de racionamiento, colas, escasez de productos alimenticios,
    vestuario, transporte, cortes de electricidad, precios por las nubes,
    salarios que no alcanzan, doble moneda, insalubridad, viviendas
    derruidas, y deterioro de la salud pública y educación.
    Mediocre discurso de 2.245 palabras donde no dijo algo que valiera la
    pena. Expresión perfecta del vacío absoluto. Mientras las cosas en Cuba
    empeoran diariamente, ninguna mejora o ni siquiera funciona
    adecuadamente, donde todo es un desastre, el discurso de un mayoral de
    segunda categoría no tiene la más mínima importancia.
    En definitiva, siempre es 26 en la finca de los Castro. Por eso nada
    funciona bien.

    Source: Siempre es 26 (por eso nada funciona bien) – Artículos – Cuba –
    Cuba Encuentro –
    www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/siempre-es-26-por-eso-nada-funciona-bien-326140

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