La libreta del hambre
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    Al socialismo cubano siempre le faltó algo
    septiembre 09, 2016
    Iván García, desde La Habana

    En Cuba se vive con demasiado agobio. Cuando te levantas por la mañana
    ya te falta algo, sea agua, luz o café para desayunar. Sales a la calle
    y el transporte urbano es caótico. Y la escasez de alimentos sigue
    siendo un dolor de cabeza.
    Ni en los mejores tiempos, cuando existían dos libretas de
    racionamiento, una de alimentos, que te otorgaba media libra de carne de
    res per cápita cada quince días, y otra de ‘productos industriales’, con
    la cual una vez al año podías comprar un par de zapatos de fabricación
    nacional, Juan Alberto, 60 años, jubilado, fue feliz.

    En aquella etapa, donde en los estantes de las bodegas habían latas de
    leche condensada y compotas rusas; en el puesto te vendían naranjas y
    los partidarios del régimen podían tirarle un cartón huevos a un
    ‘escoria’ que pretendía irse del país por el puerto del Mariel, Juan
    Alberto reconoce que habían más restricciones, censuras y falta de
    libertades que ahora.

    “Aunque esto siempre ha sido una dictadura. En la supuesta década feliz
    de los 80, creer en Dios, ser Testigo de Jehová o ver películas
    pornográficas te podía traer problemas. No podíamos alojarnos en
    hoteles, viajar al extranjero ni vender la casa y si te ibas
    definitivamente del país, el Estado se quedaba con ella”, indica Juan
    Alberto, quien en los próximos meses piensa emigrar a Estados Unidos a
    través de una ruta irregular centroamericana.

    Para Carlos, sociólogo, cuando se comparan ambas etapas del castrismo,
    “en cada una siempre faltaba algo. Antes, la gente tenía garantizada más
    cantidad de alimentos por la libreta y algo de ropa. En el mercado
    liberado o paralelo se ofertaban más productos alimenticios y se
    desayunaba café con leche. El salario tenía un poder adquisitivo real,
    pero era ilegal tener divisas, adquirir electrodomésticos en tiendas por
    moneda dura y el control social era mucho más fuerte. Ahora, debido a la
    presión social y la aparición de nuevas tecnologías, existe cierta
    libertad personal. Pero esa libertad no es suficiente para cambiar el
    estado de cosas, lograr reformas de calado y participar en estructuras
    gubernamentales”.

    Los académicos oficiales no lo reconocen, pero el rol jugado por la
    disidencia pacífica y la prensa sin mordaza, ha sido una palanca
    silenciosa lo suficientemente poderosa para promover tímidas y
    necesarias aperturas dentro del régimen.

    Todos los cambios promulgados bajo el mandato de Raúl Castro
    (2006-2016), han formado parte de las demandas de grupos opositores en
    los años 80, 90 y a partir del 2000. Desde el libre acceso a internet,
    el uso de la telefonía móvil, eliminar el apartheid turístico, la compra
    y venta de casas y automóviles hasta la flexibilización de la ley
    migratoria.

    ¿Existen diferencias entre la Cuba de Castro I y Castro II? Desde luego
    que sí.

    Los dos gobernantes son autócratas. Pero Fidel Castro fue un caudillo
    con pretensiones de grandeza. Por voluntarismo o capricho, decidía las
    estrategias en la agricultura, construcción de viviendas y pedraplenes,
    siembras de café y plátano burro. O se convertía en meteorólogo en
    tiempos de huracanes.

    Se saltaba todas las normas y hasta la misma Constitución. Creó un
    gobierno paralelo con empresas como Cubalse o CIMEX y manejaba el erario
    público a su antojo.

    A Fidel Castro se le tendió un cheque en blanco y en la práctica actuaba
    como un terrateniente dueño de su finca. El daño antropológico que hizo
    a la nación ha sido proverbial.

    Quizás estudios posteriores puedan demostrar la polarización que dentro
    de la sociedad crearon el Estado y sus medios de prensa, solo por pensar
    diferente, por tildar de disparate el experimento político o considerar
    que la ideología marxista y el totalitarismo han destruido el tejido
    social y la economía de la Isla.

    También deben ser estudiados los ‘daños colaterales’ dentro de los
    propios cubanos, como haber incentivado la delación o chivatería, la
    vigilancia a las personas en sus cuadras y la división de miles de
    familias por simples criterios políticos.

    Si en el futuro el régimen verde olivo decidiera edificar una sociedad
    más plural y democrática, con economía de mercado, pequeñas y medianas
    empresas en un marco jurídico apropiado, cooperativas autónomas e
    involucrar a la ciudadanía en las decisiones estatales, la economía de
    Cuba pudiera crecer al nivel de los llamados ‘tigres asiáticos’ (Corea
    del Sur, Hong Kong, Singapur y Taiwan). Pero costará dos o tres
    generaciones recuperar ciertos valores personales.

    En los diez años de presidencia de Raúl Castro, a pesar de que ahora son
    menos las restricciones, los emprendedores privados tienen más
    posibilidades -pero bajo la mirada de las autoridades-, ha disminuido la
    intrusión en la vida de las personas, y casi han desaparecido los
    discursos y los aburridos relatos políticos, todavía no se ha logrado un
    salto importante en la calidad de vida de la población.

    El déficit de viviendas, de aproximadamente más de un millón y medio, es
    mayor que en la etapa de su hermano Fidel, obligando a tres generaciones
    diferentes a vivir bajo el mismo techo. La proliferación de barrios
    marginales es un llamado de atención: solo en La Habana existe más de un
    centenar de favelas donde sus residentes no reciben agua potable y
    conviven hacinados en covachas con techos de tejas y paredes de cartón o
    aluminio.

    La educación y salud pública han caído en picada. Miles de cabezas de
    ganado mueren anualmente por hambre y sed. La ganadería se ha reducido a
    la mitad en comparación con 1959. Las industrias azucarera, agropecuaria
    y pesquera decrecen o no crecen lo suficiente. Tomar jugo de naranja y
    comer pargo o camarones es un lujo en Cuba.

    El socialismo próspero y sostenible que promete Raúl Castro es solo un
    slogan. A día de hoy, no hay condiciones materiales para respaldar un
    importante crecimiento económico.

    Los grandes logros de su gobierno han sido en el contexto internacional.
    Restableció las relaciones con Estados Unidos, su principal enemigo;
    propició la firma de un acuerdo de paz entre Colombia y la guerrilla de
    las FARC, y consiguió condonar gran parte de la deuda monetaria con
    diferentes acreedores.

    También, aprobó una Ley de Inversiones que, a pesar de sus deficiencias
    -como no permitir a los emprendedores locales invertir en su patria-,
    por sus exenciones fiscales es una golosina para presuntos inversores
    extranjeros. Una Ley que por falta de un marco legal independiente del
    Estado, por el capitalismo militar criollo, que no autoriza el pago
    directo a los trabajadores, y por la incertidumbre sobre el futuro de la
    nación después del retiro de Raúl Castro, no ha concretado las
    inversiones suficientes para comenzar a crecer económicamente.

    En Cuba se vive con demasiado agobio. Cuando te levantas por la mañana
    ya te falta algo, sea agua, luz o café para desayunar. Sales a la calle
    y el transporte urbano es caótico. Y la escasez de alimentos sigue
    siendo un dolor de cabeza.

    Cincuenta y siete años después de la llegada al poder de Fidel Castro,
    la sensación que se percibe es que los cubanos están cansados de todo.
    Por eso muchos deciden marcharse. No ven solución a la vista.

    Source: Al socialismo cubano siempre le faltó algo –
    www.martinoticias.com/a/cuba-socialismo-falto-algo/129611.html

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