La libreta del hambre
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    Sorda y muda – Diario de una extranjera repatriada 4
    DOMINIQUE DELOY, La Habana | 05/09/2016

    A veces tengo la impresión de debatirme dentro de un acuario: no puedo
    abrir la boca sin miedo a ahogarme, nadie quiere escucharme, mis
    preguntas siguen sin respuestas. Algunos, por supuesto, me juzgarán
    indiscreta, atrevida, incluso “comemierda”, como se dice aquí, aunque no
    sé lo que realmente significa esta palabra, intraducible en francés pero
    agradable a mis oídos: ¿estúpida, timorata, ingenua?

    Es un hecho que aquí no está bien visto preguntar demasiado. A menudo me
    responden: “No sé, no he preguntado”, dando a entender que hace falta
    ser muy extraño para preguntarse tales cosas, casi sospechoso.

    Y no solo cuando se trata de política. ¿Política? ¿Quién habla de
    política aquí? La palabra misma es… ¡sospechosa! Cuántas personas no
    me habrán dicho: “No me gusta nada meterme en política, no me interesa
    absolumente”. Hablar de este tema aquí es como si fuera obsceno,
    indecoroso. ¡Lástima del francés repatriado, al que le gusta tanto la
    política y que rehace el mundo una y otra vez hablando con los amigos!
    ¡Casi un deporte nacional! ¡Cierra la boca, pobre pez repatriado,
    comemierda!

    Pero es así. El francés repatriado quiere saberlo todo. No sólo por qué
    el salario mensual de su tía Candita, arquitecta y jefe del servicio de
    Vivienda, no le permite comprar un par de zapatos. También por qué en
    Cuba todavía hay dos monedas: una denominada “nacional” y la otra…
    ¿cómo llamarla, entonces? ¿”Extranjera”, tal vez? ¿Y cómo saber cuándo
    sacar una o la otra (cuando además billetes y monedas son muy
    parecidos)? ¿Por qué a veces se puede pagar con cualquiera de las dos,
    haciendo la conversión, y a veces no: cuando hay dos precios diferentes
    en cada moneda, uno para los cubanos reales y otro para los turistas, o
    “falsos cubanos”, como yo?

    Ayer tuve que pagar cinco CUC para entrar en el Museo de Bellas Artes
    –aunque su magnífico techo está a punto de colapsar sobre las obras de
    Courbet y Degas y se ve el cielo a través–, mientras mi compañero pagaba
    24 veces menos en moneda nacional; sin una explicación, como si el
    cajero fuera sordo, mirándome en silencio cuando le pregunté el motivo.
    ¿Por qué, sí, por qué? Un verdadero rompecabezas. Es una suerte que no
    me cobren el pan de la libreta en CUC, pero siempre voy a la panadería
    con aprensión y un poco de vergüenza, como si fuera un ladrón tratando
    de quitar el pan de la boca de los verdaderos cubanos. Eso es también lo
    que siento cuando me paseo sola a bordo de estas máquinas fascinantes,
    el pelo al viento, la nariz llena de olor a gasolina y los oídos de un
    atronador reguetón. Yo pago como los demás: 10 pesos en moneda nacional,
    pero me siento “clandestina, ilegal”, citando la canción de Manu Chao.

    Pero no es solo el dinero, aunque este sea el principal tema de
    conversación (además de saber dónde conseguir ese día el yogur o el
    pollo). También quiero saber por qué la frontera entre la legalidad y la
    ilegalidad es tan delgada aquí. Por ejemplo, ¿por qué, delante de todos,
    en una panadería con nombre francés, me tienden un paquete de galletas
    abierto y vaciado a la mitad y, sobre todo, por qué, cuando pido
    explicaciones, me ponen mala cara en vez de disculparse? Lo mismo para
    las botellas de agua o los paquetes de pasta, en los cuales un ojo
    entrenado puede discernir ranuras sutiles e ingeniosas utilizadas para
    reducir el producto de un tercio de su contenido y cuyo precio sigue
    siendo el mismo.

    Sí, el francés repatriado quiere saberlo todo. Le gustan las
    explicaciones inequívocas, racionales, las palabras directas, claras.

    Además, en su acuario, el repatriado está sordo: aquí no hay internet, o
    muy poco. Algunos minutos carísimos en un punto wifi, siempre que no
    haya una avería, de la que no se puede saber ni la duración ni el
    motivo. Queda claro que no sirve para informarse. Por no hablar de la
    prensa… que dice lo que quiere y cuando le da la gana. No queda más
    que radio bemba, el boca a oreja. Así que aquí no se sabe nunca nada. El
    repatriado está obligado, pues, a preguntar sin que le respondan,
    abriendo y cerrando la boca en su acuario. Sin resultados.

    Source: Sorda y muda – Diario de una extranjera repatriada 4 –
    www.14ymedio.com/blogs/cajon_de_sastre/Sorda-muda-Diario-extranjera-repatriada_7_2062663716.html

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