La libreta del hambre
We run various sites in defense of human rights and need support to pay for more powerful servers. Thank you.
Recent Comments

    Los nietos de la Revolución aspiran a una vida normal, sin utopía ni
    frustraciones
    YOANI SÁNCHEZ, Guatemala | Octubre 12, 2016

    Este será un viaje por al menos tres etapas que ha vivido mi nación.
    Tres instantes en que los jóvenes amasaron esperanzas, recibieron
    frustraciones y emplearon su ingenio para sortear los obstáculos del
    camino. Sin esa energía renovadora y esa capacidad para desafiar lo
    establecido, muy probablemente hoy estaríamos mucho más hundidos en la
    falta de derechos, en la vigilancia y el control.

    Ellos abrieron la ventana cuando la puerta estaba cerrada, pero el reto
    es cruzar el umbral de la libertad sin necesidad de subterfugios ni
    concesiones ideológicas.

    De la primera generación que quiero hablarles es la de mi padre.
    Maquinista de trenes, militante del Partido Comunista, integrado al
    proceso político que llegó al poder en Cuba en enero de 1959. Él no pudo
    elegir, apenas siguió el cauce diseñado por otros que se parapetaron
    tras el nombre de la generación histórica y bajaron de las montañas,
    barbudos, jóvenes, poseedores de la esperanza en una era convulsa y
    memorable.

    Mi padre era un niño en ese entonces y vio como todo el país a su
    alrededor daba un vuelco. La euforia se instaló en las calles, los
    himnos llenaron cada espacio y en las fotos de entonces sus
    contemporáneos se ven sonrientes y optimistas frente a la tribuna donde
    el Máximo Líder hablaba por horas, con el dedo índice extendido y
    desafiante. A la generación de mi padre le tocó las tareas heroicas,
    como la campaña de alfabetización y los trabajos voluntarios para
    catapultar al país a los máximos estándares de prosperidad y conocimiento.

    Sin embargo, lo que más marcó a ese momento fue esa sensación de que se
    trabajaba para el futuro, de que todo el esfuerzo, el sacrificio y la
    entrega terminaría por construirle a sus hijos un mañana mejor. Eran
    jóvenes, querían divertirse y conocer, pero aceptaron ser conducidos y
    reducidos a la actitud de meros soldados, para que quienes llegaran
    después habitaran una Cuba más próspera y más libre.

    En aras de alcanzar ese sueño, aquella generación aparcó en buena medida
    la rebeldía propia de la edad, aceptó una doctrina ajena, tan lejana
    como el marxismo leninismo, y ofrendó sus mejores años en el altar de la
    historia. Ninguna entrega era suficiente, así que el Gobierno les pidió
    más sacrificio, menos individualismo y sobre todo, ninguna queja.

    Sus nombres fueron los primeros en inscribirse en la llamada libreta de
    productos racionados, que distribuía entre los cubanos una idéntica
    cantidad de alimentos o productos industriales, para evitar las
    diferencias sociales y la aparición de aquella satanizada clase media
    que el régimen de Fidel Castro había borrado a golpe de confiscaciones,
    estigmatización y exilio.

    Mi padre solo pudo optar por el ateísmo en una Cuba donde las familias
    escondieron al fondo del cuarto los cuadros con el Sagrado Corazón de
    Jesús, evitaron siquiera decir “gracias a Dios” y pospusieron por varias
    décadas la posibilidad de celebrar las Navidades. Para la ideología
    imperante, la religión no solo era el opio de los pueblos, sino que
    dotaba al individuo de un mundo espiritual al que el Partido no tenía
    acceso. Cuando los cubanos se escapaban en un rezo, en una plegaria, los
    burócratas y los teóricos materialistas perdían ascendencia sobre ellos.

    En cada formulario que debían rellenar para entrar a un centro de
    estudios o un nuevo empleo estaba aquella pregunta sobre sus creencias
    religiosas. Muchos tapaban el crucifijo debajo de la camisa, enfatizaban
    que eran “compañeros confiables” y marcaban que “no”… que no creían en
    otra cosa que no fuera la Revolución, su líder y su Partido. De esa y
    otras maneras se sentaron las bases de la doble moral que hoy recorre la
    sociedad cubana.

    Fueron esos cubanos, que llegaron a la juventud un par de lustros
    después de enero de 1959, quienes engrosaron las filas de soldados que
    partieron para las guerras internacionalistas en la lejana África. No lo
    sabían, pero eran solo carne de cañón, “soldaditos de juguete” que la
    Unión Soviética desplegaba a su antojo en el convulso escenario bélico
    de la Guerra Fría. Miles enloquecieron, murieron y lloraron en aquellas
    latitudes, sin comprender muy bien qué hacía la gente de nuestra Isla
    metida en semejante contienda.

    Pero también fueron aquellos jóvenes de antaño lo que más tuvieron que
    decir “adiós” a muchos parientes que se vieron obligados a emigrar por
    Camarioca o el puerto de Mariel. Muchos de ellos, imberbes y azorados,
    fueron usados como tropa de choque para gritarle a sus propios
    familiares aquella consigna oficial que enfrentaba a cubanos contra
    cubanos y en la que se pedía “que se vaya la escoria, que se vaya”.

    Uniformados, con cortes de pelo a lo militar y optimistas del futuro,
    estos jóvenes comenzaron a tener sus propios hijos, a los que
    amamantaron con la creencia de que habitarían la utopía, la absoluta
    igualdad para todos y la felicidad. Era mi generación, que se
    encontraría al llegar al mundo todo decidido y programado.

    Nací en medio de la más absoluta sovietización de la realidad cubana.
    Los reyes magos, las aceitunas y la privacidad solo eran recuerdos de un
    pasado que no debía volver. Éramos el hombre nuevo que no conocía el
    capitalismo, la explotación del hombre por el hombre, el mercado, la ley
    de la oferta y la demanda, el respeto a la intimidad y, claro está,
    tampoco conocía la libertad…

    Todos sabíamos, en aquella Cuba de los años setenta y ochenta, cómo se
    vestiría o qué comería nuestro colega de aula, porque era exactamente, y
    como una copia al carbón, lo mismo que comeríamos y vestiríamos
    nosotros. Usar la primera persona del singular, “yo”, pasó a ser un
    problema. Así que hablábamos como “nosotros”, nos tratábamos de
    compañeros y proyectábamos sueños colectivos y ansias de pelotón.

    Con ese concepto de “masa” que debía ser manejada desde arriba, mi
    generación se fue a las escuelas al campo. Un laboratorio social y
    docente donde se nos haría cubanos más entregados a la causa, gente
    desinteresada de todo lo material y dispuesta en cualquier momento a
    cambiar los libros escolares por el fusil, si a la patria –o al menos a
    esos que se hacían llamar la patria– les hubiera hecho falta.

    Sin embargo, el ser humano en un entorno de exceso de adoctrinamiento
    siempre reserva un trozo de sí mismo donde no se escucha la algarabía
    del poder y donde ninguna ideología tiene acceso. Ese reducto, defendido
    con máscaras de complacencia y escondido de los colegas, los parientes o
    los vecinos que pudieran denunciarlo, fue el refugio de muchos de
    nuestra generación.

    Ellos, desde el poder nos prometían la utopía, pero nosotros queríamos
    disfrutar el presente. Así que fingimos obedecer mientras incubábamos la
    rebeldía. Repetíamos las consignas con automatismo y minutos después ya
    habíamos olvidado aquellos gritos. Aprendimos a mentir, a colgarnos la
    máscara, a aplaudir sin deseos y a prometer fidelidad eterna cuando en
    el interior solo quedaba apatía y duda. En resumen: aprendimos a sobrevivir.

    Llegamos a la pubertad y el Muro de Berlín se cayó. No éramos nosotros
    los que blandíamos aquellos cinceles ni aquellos martillos que
    derribaron el símbolo de una época, pero cada golpe sobre la piedra
    retumbó en nuestras cabezas. Mi padre lloró por aquella Alemania
    comunista que conoció en un viaje que ganó como trabajador vanguardia,
    diseñado para que conociera el futuro. Pero mi generación sentía un
    cosquilleo, una satisfacción… nuestro telón de azúcar también podía caer.

    Con el congreso del Partido Comunista en 1991, en el que se aceptó que
    los religiosos pudieran formar parte de la única organización política
    permitida en el país, vimos como nuestros padres sacaban los viejos
    escapularios escondidos.

    También llegó el hambre, ese ardor en el estómago que no deja pensar en
    nada más. Con la implosión de la Unión Soviética y del “campo
    socialista”, Cuba perdió los subsidios y el “comercio justo entre los
    pueblos” que la había mantenido a flote durante décadas. Aquella moneda
    con la que habían comprado nuestra fidelidad, aquel campo gravitacional
    que nos hacía orbitar alrededor del Kremlin, se desvaneció.

    Nos dimos de bruces contra nuestra propia realidad. Era dura, triste,
    sin expectativas. En nada se parecía a aquellas proyecciones de futuro
    con las que mi padre me dormía cuando era niña. Su generación nos había
    heredado una doctrina moribunda y nos tocaba a nosotros la pesada tarea
    de enterrarla.

    La crisis de los balseros que estalló en agosto de 1994 fue una de las
    tantas maneras que encontraron mis contemporáneos de sepultar aquel
    espejismo. No lo hicimos enfrentándonos al poder en una plaza pública,
    ni derribando los muros de control que nos rodeaban. Una buena parte de
    los cubanos prefirió el mar, las olas y las precarias embarcaciones como
    un camino para escapar.

    En el Malecón habanero, se les veía armar juntos la balsa de la
    desilusión a quienes tenían la edad de mi padre y a los nuevos retoños,
    lozanos y jóvenes, pero frustrados. Partieron, les dijimos otra vez
    adiós y comenzó el cinismo, la nada, la etapa de no creer, de no
    ilusionarse pero también de no rebelarse. Llegamos a ese momento de la
    historia nacional que puede ser bautizado como el “sálvese quien pueda”.

    Entre el sonido que hacían los remos de las balsas que partían hacia el
    estrecho de Florida y la testarudez del poder que seguía llamándonos a
    resistir las vicisitudes económicas, mi generación se inició en la dura
    tarea de ser padres. Los que llegaban al mundo eran los bebés del
    desencanto: los nietos de los que maldecían haber entregado sus mejores
    años a un proyecto fallido y los hijos de una generación que debió haber
    sido “el hombre nuevo” y ni siquiera llegó a ser un “hombre bueno”.

    No se les puede pedir mucho y, sin embargo, estos jóvenes de hoy han
    sido mejores que nosotros. La generación de mi hijo, que ya tiene 21
    años, mamó de nuestro descreimiento, nos escuchó blasfemar frente a la
    televisión nacional, comprar en el mercado negro, escaparnos
    subrepticiamente de las marchas públicas y desear –en voz baja– que el
    futuro no fuera lo que habían soñado nuestros padres. Porque ya habíamos
    comprendido que aquella era una jaula de oro en la que otros habían
    planificado encerrarnos.

    Con cierto toque de indiferencia y moviendo los hombros en ese gesto tan
    cubano que quiere decir traducido al lenguaje verbal “¿Y a mí qué me
    importa?”, la nueva generación de jóvenes está desmontando lo que queda
    del sistema cubano. Lo hace sin gestos heroicos, casi se podría decir
    que con cierto desgano y un toque de indiferencia. Nada de lo que digan
    desde la tribuna oficial les toca el corazón, ni siquiera les infunde miedo.

    A diferencia de quienes los antecedieron, los cubanos que hoy tienen
    menos de 25 años no conocieron la libreta de productos industriales del
    mercado racionado, donde debían comprar un único pantalón o una camisa
    al año. Apenas recuerdan haber escuchado un discurso de Fidel Castro y
    no han tenido que acumular méritos ideológicos o laborales para poder
    comprarse un electrodoméstico.

    En lugar de eso, viven en una Isla donde solo es válido el dinero real,
    al que se llega haciendo todo lo contrario de lo que una vez tuvo que
    hacer mi padre para tener un refrigerador, y donde el mercado negro se
    ha colado en todas las esferas de la vida.

    Casi desde niños, estos cubanos del tercer milenio están pegados al
    teclado de una computadora. Sus padres compraron los primeros
    ordenadores y laptops en el mercado ilegal. Sus primeros kilobytes y los
    videojuegos les han llegado desde las redes alternativas de distribución
    y representan todo lo contrario de la ideología que les imparten en sus
    escuelas.

    Con un corte de pelo inspirado en los mangas japoneses, en las figuras
    de la farándula internacional o en la rebeldía, pueblan hoy nuestras calles.

    La generación de mi hijo no busca revoluciones porque ya sabe lo que
    ocasionan. Han aprendido a desconfiar, por naturaleza, de los discursos
    al estilo de Robin Hood que sabe robar a los ricos y repartir el botín
    entre los pobres pero jamás ha aprendido a generar riquezas, a hacer una
    nación próspera y de oportunidades como una vez prometió ese forajido
    bajado de las montañas, con barba y uniforme verde olivo.

    Hoy se les ve, con una apariencia y unos sueños similares a cualquier
    joven alemán, inglés, guatemalteco. Miran con el desdén necesario hacia
    atrás y con cierta confianza en que el futuro no será como predijeron
    los libros de ciencia ficción del siglo veinte, pero tampoco como
    vaticinaron las ideologías totalitarias. Creen que al menos será un
    tiempo más humano y plural, más libre.

    Cuando alguien les dice que el castrismo llegó para quedarse y que Cuba
    nunca volverá a su cauce democrático –imperfecto y riesgoso, como el de
    toda nación–, estos cubanos que habitan hoy la Isla sonríen y recuerdan
    a aquellos impetuosos jóvenes que impulsaron los cambios en la lejana
    Unión Soviética. Se dicen a sí mismos, como aquellos, que no importa que
    la generación histórica tenga el poder, ellos –frescos y descreídos–
    tienen el tiempo.

    Crecen, van al gimnasio, escuchan música pirateada como en cualquier
    esquina del planeta, aman, se hacen selfies, intentan compartir su vida
    en la red de redes a pesar de que siguen habitando un país donde el
    oficialismo teme a la información. En fin, se hacen veinteañeros cuando
    Fidel Castro se convierte en nonagenario. Ellos pertenecen al siglo
    veintiuno, pero el viejo caudillo se ha quedado prisionero del siglo veinte.

    Estos nietos de la generación del sacrificio e hijos de la generación de
    la utopía son quienes nutren mayoritariamente, en estos momentos, la
    emigración que atraviesa Centroamérica. Sufren, mueren y se dejan llevar
    por las manos de los coyotes mientras escapan del país que a estas
    alturas ya debía ser ese paraíso que una vez le prometieron sus mayores.

    En estos jóvenes de hoy está el futuro. Lo harán a su manera. Sin
    escuchar los consejos de sus padres. ¿Quién ha visto que con menos de 30
    años se siga la ruta trazada por otros? Sobre todo cuando esos que los
    antecedieron se equivocaron tanto. Son los nietos y los hijos de una
    quimera. Vienen con el necesario pragmatismo del olvido y con el
    indulgente bálsamo del perdón. Ellos habitarán una Cuba que nunca
    previmos, ni supimos lograr. Un país, finalmente, donde quepamos todos.

    Source: Los nietos de la Revolución aspiran a una vida normal, sin
    utopía ni frustraciones –
    www.14ymedio.com/opinion/Revolucion-aspiran-normal-utopia-frustraciones_0_2088391151.html

    Leave a Reply

    Your email address will not be published. Required fields are marked *

    Calendar
    October 2016
    M T W T F S S
    « Sep   Nov »
     12
    3456789
    10111213141516
    17181920212223
    24252627282930
    31  
    Archives