La libreta del hambre
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    Perder el miedo para conseguir la libertad
    ROLANDO GALLARDO, Quito (Ecuador) | Octubre 30, 2016

    En el aniversario 58 del derrocamiento de Fulgencio Batista, la toma del
    poder por Fidel Castro y la desaparición de la esperanza nacional de un
    retorno a los valores constitucionales de 1940, el pueblo de Cuba, su
    emigración y el “exilio histórico” continúan con la misma pregunta
    retórica: ¿Cuándo seremos libres?

    Ante el acercamiento de la administración Obama al régimen de la Isla
    saltan las alarmas de una posible perpetuación del actual estado de
    cosas. Grupos opositores han concentrado su fuerza intelectual en
    deslegitimar las acciones del Gobierno estadounidense y pocos se han
    preocupado por analizar el nuevo terreno de acción que se presenta. Se
    exige que Washington retorne a la política de confrontación de los
    últimos 50 años, una vuelta a una Guerra Fría que ya no encuentra
    asideros ideológicos, ni amenazas reales a la estabilidad de Estados
    Unidos. Los tiempos cambiaron, el mundo ya no es el mismo, es un hecho.

    A pesar de que el presidente de EE UU, Barack Obama, rompió el tabú
    poniendo sus pies en La Habana y estrechando la mano del general Raúl
    Castro, a pesar de que las conversaciones continúan, la situación en
    Cuba sigue relativamente igual. Los defensores del régimen apuntan a las
    profundas raíces populares de la “Revolución”; los defensores de la
    política de Obama culpan a la incapacidad de la oposición de articular
    un plan para desestabilizar al régimen o ganar apoyo popular; los
    detractores de su Administración, casualmente la oposición tradicional y
    el régimen cubano, ambos del mismo lado pero por motivos opuestos,
    plantean que el acercamiento es inútil. Para los oficialistas es una
    maniobra para ocultar objetivos mezquinos, para los opositores es una
    maniobra para fortalecer al régimen y traicionar las aspiraciones
    democráticas, etcétera.

    ¿Pero cuáles son los verdaderos motivos para que en Cuba no se produzca
    un estallido social?

    En el conflicto cubano actual se involucran cuatro elementos. Debemos
    asumir que hay cuatro figuras determinantes, tres nacionales y una
    externa. La nacionales son el Gobierno y sus estructuras represivas
    (organizaciones de masas en la jerga oficialista), los grupos opositores
    dentro y fuera del país, y el más importante, la población común y
    corriente (trabajadores, estudiantes, amas de casa, técnicos, doctores
    etcétera), descontenta en su mayoría pero con elevados niveles de apatía
    política. El elemento externo es el Gobierno de Estados Unidos y sus
    políticas hacia la Isla.

    ¿Dónde está el proyecto?

    La oposición tradicional, dispersa y dividida, argumenta sus posturas en
    las violaciones flagrantes de los derechos humanos. La principal bandera
    de las decenas de grupos opositores es la instauración de la democracia
    y elecciones libres, una causa sin dudas justa pero que no plantea un
    plan inteligible para las masas de cubanos que desean un cambio en sus
    bolsillos y en sus cocinas. Los objetivos de la lucha se vuelven fútiles
    para una mayoría necesitada que depende de una libreta de abastecimiento
    y del salario mínimo más bajo del hemisferio occidental. El discurso
    opositor olvida sondear las necesidades acuciantes de la población. ¿Qué
    quiere escuchar el cubano de a pie? Acaso quiere oír hablar de
    democracia? ¿Son los intereses de la oposición los mismos que los del
    pueblo común?

    ¿A qué llaman liderazgo?

    El liderazgo opositor es un punto candente. Algunos evitan hablar del
    tema para que no se les acuse de “hacerle el juego al régimen” y
    terminar con el cuño de “agentes de G2”. La necesidad de un liderazgo
    ético se impone en los nuevos tiempos, un liderazgo inmune a los
    caudillos que permita articular las ideas y proyectos diversos que
    conforman en la actualidad el collage de facciones opositoras.
    Contamos con un rosario de expresos comunes devenidos en patriotas
    opositores, personajes amantes de cheques y recargas telefónicas,
    caricaturas opositoras que no actúan si los intereses de su feudo o
    criterios personales se ven afectados. Un liderazgo que no escatima en
    lanzarse insultos para demeritar a sus adversarios en el cobro de
    remesas. Una suerte de chancleterismo político que termina salpicando
    la labor de opositores éticamente firmes y comprometidos. Cabe
    preguntarse si benefician más a la causa democrática o al discurso del
    régimen. Se debe aspirar a un liderazgo preparado, formado en la teoría
    y la práctica. Líderes, no capataces, es lo que necesita la causa.

    ¿La desobediencia civil?

    La academia de Gene Sharp se ha vuelto famosa entre los opositores. Es
    usual escuchar sobre el término como si fuese un carta oculta, un arma
    per se. La desobediencia civil es un proceso que parte de una idea
    común, un deseo compartido por las mayorías que buscarán en conjunto su
    cumplimiento partiendo en un primer momento del simple hecho de negarse
    a ser parte de aquello en lo que no están de acuerdo.

    El error está en convocar a las masas a participar en marchas y huelgas
    cuando no se les ha incitado primero a abandonar las estructuras
    represivas del régimen. Se participa en conjunto en la desobediencia
    civil cuando se ha perdido el miedo y eso se descubre cuando se toma
    conciencia de que hay muchos dispuestos a ser castigados.

    Un acto simple de desobediencia civil es poner un lazo en la puerta o
    una pegatina en la ventana. No se puede pretender hacer una marcha como
    la del 1 de septiembre en Venezuela si antes las personas no se
    identifican con el proyecto opositor.

    “El síndrome de la sospecha”

    El miedo a ser marcado por el régimen es uno de los motivos de la apatía
    política. La gran mayoría de los cubanos hablan bajo en casa para
    criticar las barbaridades y arbitrariedades del Gobierno. La gente evita
    hablar de más en el trabajo aduciendo: “No se sabe quién es quién”. El
    temor a ser puesto en la lista negra hace que las personas prefieran
    estar fuera de todo debate político y se limitan a repetir la propaganda
    del régimen o se unen a sus organizaciones represivas (organizaciones de
    masas) “para no marcarse”. El oportunismo o la amoralidad se han vuelto
    instinto de conservación.

    El fin del gobierno de carisma

    Fidel Castro llegó a su fin. El líder carismático portador de toda
    verdad es hoy un viejo decrépito. Aunque algunos, pegados a la crítica
    de su imagen y legado, le siguen culpando de todo como si aún gobernara,
    la realidad es que la naturaleza, única opositora eficiente del régimen,
    ha puesto a Fidel Castro fuera.

    La personalidad hipnótica de Fidel fue la piedra angular del Gobierno
    cubano. El traspaso intrafamiliar del poder generó un vacío que
    obviamos. Raúl Castro, anciano general, es una persona con poca
    facilidad de palabra, jovial entre su gente pero poco carismático,
    incoherente, una lánguida sombra de lo que fue la imagen de
    sex-symbol del Comandante en Jefe en sus tiempos mozos.

    La visita de Obama develó un Raúl Castro sin argumentos, desorientado,
    sumado a su voz estridente y desagradable, reflejo de lo que ha quedado
    del “liderazgo histórico de la Revolución”. La dictadura ha perdido su
    carisma y se vuelve más evidente su esencia.

    La posibilidad del diálogo

    La oposición cubana no tiene en la actualidad empuje ni arraigo popular
    para forzar a un diálogo con el Gobierno. Algunos apasionados y poco
    pragmáticos líderes se niegan, como ejercicio de bravuconería, a aceptar
    un posible diálogo en un futuro lejano con el régimen. El diálogo es
    deseable, puede ser una vía para negociar acuerdos y obtener cuotas de
    poder cuando estén creadas las condiciones. Pero, siendo realistas, muy
    poco ha hecho la oposición en Cuba aun para tener elementos de presión.

    La política Obama y la “normalización”

    La “normalización” tomó por sorpresa a la oposición. Algo se cocinaba
    tras bambalinas hasta que el jarro de agua nos mojó a todos. El
    presidente Obama, concluyendo su mandato, se lanza a una aventura que
    tiene un futuro incierto. Guste o no ya hay relaciones diplomáticas
    fluidas entre ambos Gobiernos. Se aflojan tuercas a las restricciones
    del embargo-bloqueo, política que ha sido apaleada durante dos décadas
    en la Asamblea General de Naciones Unidas por la mayoría de los países.
    Mantenerla era ilógico y probar una nueva vía es la única opción razonable.
    La desaparición de tensiones y el fin eventual del embargo acabarían con
    el concepto del enemigo imperialista y marcarían el fin del trabajo
    político ideológico. El régimen se queda sin la excusa que le ha
    mantenido como el héroe de una plaza sitiada. Las culpas no podrán
    recaer eternamente sobre Estados Unidos: no hay motivos para la escasez,
    la corrupción, la persecución de los emprendedores, la desconexión
    impuesta a internet, la falta de libertad de expresión y la violación de
    los derechos humanos. ¿Podrá la oposición adaptarse a las nuevas reglas
    del juego y abandonar las pataletas?

    Las claves

    Un estallido social no ocurrirá en Cuba mientras persista una separación
    de intereses inmediatos entre población y oposición. La población debe
    perder el miedo y tomar consciencia de que la mayoría de los cubanos
    desean un cambio inmediato en las relaciones con el Estado. Se vuelve
    imperiosa una renovación ética de la oposición y el encuentro de un
    punto intermedio que permita la unidad en la idea de cambio para Cuba
    sobre la base de un proyecto viable para socavar las bases de un régimen
    que ha perdido su “líder carismático”. Articular un proyecto de futura
    República que no asuma una retórica anticuada con proyectos económicos
    caducos y licencias para matar. Un estallido social solo llegará cuando
    la mayoría de la población identifique a un solo culpable de sus males,
    para ello deben desaparecer los distractores y las excusas, debemos
    terminar con la idea del “enemigo Imperialista”. Se necesita una
    oposición comprometida que aproveche las nuevas condiciones y no se
    preste a las actuaciones inverosímiles de quienes se han acomodado a una
    forma de vida garantizada por la disidencia.

    La libertad de Cuba no depende de Estados Unidos, depende de nuestros
    esfuerzos. Hasta que no comprendamos nuestra responsabilidad no
    lograremos los cambios a los que aspiramos.

    Source: Perder el miedo para conseguir la libertad –
    www.14ymedio.com/opinion/Perder-miedo-conseguir-libertad_0_2099790002.html

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