La libreta del hambre
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    El anciano dictador murió hace mucho tiempo
    MIRIAM CELAYA , La Habana | Noviembre 26, 2016

    Los medios oficiales recién han anunciado la última y definitiva
    defunción de Fidel Castro y he creído percibir en el mensaje luctuoso
    más alivio que duelo. Si yo fuera una persona piadosa sentiría al menos
    una pizca de pena, pero no es el caso. Definitivamente, la piedad por
    los déspotas no se cuenta entre mis pocas virtudes. Y, como siempre he
    preferido el cinismo por sobre la hipocresía, estoy convencida de que el
    mundo será un mejor lugar sin él.

    De cualquier modo, para mí ya el anciano dictador había muerto mucho
    tiempo atrás, en una fecha imprecisa, sepultado bajo alguna polvorienta
    lápida sin epitafio en lo más recóndito de mi memoria, así que solo
    puedo sentir curiosidad por lo que pudiera significar este esperado
    (desesperado) desenlace para aquellos que han mantenido atados sus
    destinos a cada espasmo de sus numerosas muertes.

    Sin embargo, no porque yo le hubiese hecho un funeral anticipado deja de
    ser un acontecimiento su irreversible salida de este mundo. Ahora
    desaparecerá la imagen de fantasma derrotado en que se había convertido
    y también dejará de gravitar como una fatalidad inevitable sobre el
    ánimo supersticioso de la nación. Finalmente, se esclarecerá si es
    verdadero o falso aquel vaticinio de que “Cuba cambiará realmente cuando
    Fidel haya muerto”, porque para casi todos los cubanos suele resultar
    más cómodo esperar los cambios derivados del curso de la naturaleza que
    arriesgarse a hacerlos por sí mismos. Los pueblos que sienten vergüenza
    de sus destinos suelen arrojar sobre los sátrapas las culpas de su
    propia irresponsabilidad colectiva.

    También están las nigromancias, un buen comodín para la desidia
    nacional. Hay mucha gente que cree en algún dios, en la fatalidad, en el
    tarot, en los signos zodiacales, en el I Ching, en el tablero de Ifá o
    en otras profecías de la más variada índole. Yo nunca he creído en
    ninguna de ellas, quizás porque aceptar como ciertos los misterios de
    las predestinaciones me hubiese llevado a sentir como una maldición
    haber nacido justamente en esta Isla en el propio año 1959. Lejos de
    ello, tan adversa casualidad acabó convirtiéndose en un reto que acepté
    con gusto y nunca conocí la sensación de profunda frustración que oprime
    a varias generaciones de cubanos asfixiados bajo el efecto del poder de
    una especie de entidad suprahumana que parecía reunir en sí el súmmum de
    todos los credos y que intervenía en todos los destinos. Un impostor, a
    fin de cuentas, que pretendía ser a la vez dios, oráculo y mantra.

    No obstante, tengo intactos los recuerdos, que han sobrevivido
    saludablemente a todo el cataclismo. ¿Cómo renegar de ellos si nuestro
    espíritu es pura memoria? Recuerdo sin amor, sin rencor, sin amargura y
    sin remordimientos, como si contemplara en una vieja película mi propia
    historia, que es la de millones de cubanos como yo. Incluso hay pasajes
    que me divierten. ¿Cómo pudimos ser alguna vez tan cándidos? ¿Cómo
    nuestros padres y abuelos permitieron que nos manipularan de una manera
    tan atroz? Fue por miedo. El verdadero poder de Fidel Castro nunca fue
    el amor de los cubanos, sino el temor inconfesable que estos sentían
    hacia él, un caudillo irracional y colérico, un sujeto cuya desmedida
    egolatría solo se equiparaba a su incapacidad para la empatía. A veces
    la fidelidad es solo un recurso de supervivencia.

    Mirando en retrospectiva hacia los primeros 20 años de mi vida, recuerdo
    a Fidel Castro como una especie de magma omnipresente que invadía cada
    espacio de la vida pública y privada. Parecía tener el don de la
    ubicuidad y aparecer en todas partes a la vez. Mis recuerdos de infancia
    más lejanos están invariablemente asociados a aquella imagen del señor
    barbudo que jamás sonreía, vestido de perenne uniforme militar, cuyo
    retrato podía encontrarse en cualquier sitio, ya fuera sobre la pared de
    un edificio, en una valla, en las carátulas de las revistas, en los
    periódicos o en un cuadro cuidadosamente enmarcado de las salas de los
    cubanos revolucionarios, que entonces eran mayoría.

    Ese mismo señor aparecía con mucha frecuencia en la pantalla del
    televisor de mi abuela (en mi fuero interno, yo creía que vivía dentro
    de aquel aparato), o invadía, tronante y fiero, todos los hogares desde
    las estaciones de radio haciendo largos discursos cargados de arengas,
    amenazando y regañando. Lucía siempre irritado, así que yo le tenía un
    poco de miedo y procuraba –con escaso o nulo éxito– mantenerme alejada
    de sus vibraciones. Mis mayores se inflamaban de éxtasis y hasta
    exclamaban entusiasmados ante esta o aquella bravata del falso profeta.
    “¡Es el Caballo! ¡Así se hace!”, bramaban los admiradores del nuevo
    hombre duro, embriagados de un fervor que yo no entendía pero que con el
    paso del tiempo acabó contagiándome.

    En todo caso, “Fidel” era una de las primeras palabras que aprendían a
    decir los hijos de miles de familias que, como la mía, habían
    descubierto que eran revolucionarios repentinamente, al amanecer del
    primero de enero de 1959. Y así, también de súbito, en una nación de
    tradición católica menudearon los que se proclamaron ateos y renunciaron
    a Dios solo para acogerse a una nueva fe, Fidel Castro como salvador y
    el dogma comunista como catecismo.

    Mientras, un sinnúmero de familias se fracturaban por la polarización
    política y la emigración. Padres e hijos, hermanos, tíos, primos que
    poco antes vivían en armonía, se enfrentaron y tomaron distancia unos de
    otros, cargados de rencores. Hubo quienes nunca más volvieron a verse, y
    murieron sin el abrazo de la reconciliación. Muchos sobrevivientes de
    aquella ruptura telúrica andamos todavía recogiendo los fragmentos y
    tratando de recomponer algunas partes de nuestros maltratados linajes,
    siquiera por respeto y homenaje a nuestros difuntos enemistados por un
    odio ajeno.

    Después vinieron las milicias, Playa Girón, la Crisis de los Misiles, el
    servicio militar obligatorio, la cartilla de racionamiento, las zafras
    monumentales, la Ofensiva Revolucionaria, Angola, las escuelas al campo
    y en el campo, la permanente consagración de los delirios interminables
    del Magno Ególatra. Y con el paso del tiempo comenzaron a llegar las
    señales de la ruina que nos empeñábamos en ignorar. Las crecientes
    carencias fueron acalladas con consignas y con descabellados planes
    gigantes condenados al fracaso, todas las libertades quedaron sepultadas
    y desaparecieron los derechos, sacrificados en el altar verde olivo bajo
    el peso de palabras otrora sagradas y ahora envilecidas por los
    discursos (“patria”, la más mancillada; “libertad”, la más fraudulenta),
    mientras –desapercibidos y ciegos– los propios cubanos ayudábamos a
    construir las rejas de nuestra cárcel y, dóciles, dejábamos las llaves
    en manos del carcelero.

    El primer gran cisma entre el orador-orate y yo fueron los sucesos de la
    embajada de Perú y, en especial, la estampida de Mariel, entre abril y
    mayo de 1980. No fueron, sin embargo, eventos aislados. En 1978 se
    habían producido las primeras conversaciones (acercamiento, se les suele
    decir) entre la dictadura y un grupo de emigrados radicados en Estados
    Unidos, cuyo resultado fue la inauguración de los viajes de visitas
    familiares en 1979, aunque en una sola dirección: de Miami a la Isla.

    De repente, ya los apátridas-gusanos-contrarrevolucionarios no eran
    tales, sino “nuestros hermanos de la comunidad cubana en el exterior”,
    que habían sido capaces de conservar los valores culturales originarios
    y su propia lengua en tierras extranjeras, y a los que les asistía todo
    el derecho a visitar su país de origen y reencontrarse con sus familias.
    Ahora venían contentos y cargados de regalos para los pordioseros que
    habían elegido a una revolución que proclamaba la pobreza como virtud.
    Ingenuos o no, muchos sentimos la manipulación y descubrimos que
    habíamos sido estafados, y aunque de un largo y profundo letargo no se
    despierta a la primera campanada, comenzamos a vivir en alerta y a
    cuestionar el sistema.

    Entonces, sin esperarlo, los hombres nuevos, formados bajo los
    principios de esa célebre meretriz llamada Revolución, asistimos
    sorprendidos al espectáculo de la multitud que se aglomeraba en la sede
    diplomática peruana y a la fuga masiva por el puerto de Mariel. Y
    quedamos perplejos ante los miles de desertores y horrorizados ante los
    mítines de repudio, las golpizas, vejaciones e insultos a los que
    emigraban y la impunidad con que se producía una barbarie que solo era
    posible instigada y bendecida desde el poder.

    Para entonces yo recién había estrenado mi maternidad, y ante cada
    escena de espanto me aferraba a la ternura por mi hijo. Creo que fue
    cuando comencé a rasgar definitivamente todos los tupidos velos de la
    mentira en la que había vivido por 20 años y me obsesioné con la
    búsqueda de la verdad en la que formaría a mis hijos: la libertad como
    don que portamos dentro, que nadie otorga, que nace con el ser. Y así
    terminó el liderazgo de Fidel Castro sobre mi persona, arrastrando en su
    caída toda posibilidad de deslumbramientos futuros en mi espíritu. Ese
    año emergió la disidente que vivía acallada dentro de mí, y el
    paradigmático líder de mi adolescencia comenzó a transmutarse en enemigo.

    Por eso no me hicieron mella los difíciles acontecimientos y las
    batallas fidelistas que transcurrieron tras mi conversión: el caso
    Ochoay los fusilamientos asociados, el Período Especial resultante del
    desplome del socialismo real, el Maleconazo, la Crisis de los Balseros,
    el niño Elián, las Tribunas Abiertas, las Mesas Redondas, los Cinco
    Espías, la Primavera Negra, la Batalla de Ideas, la Revolución
    Energética y tantos despropósitos que acabaron engrosando las filas de
    los descontentos y de los desencantados, ensanchando la grieta entre el
    poder y millones de cubanos.

    Mis sentimientos por Fidel Castro pasaron por varias etapas. No podía
    ser de otra manera si nací en 1959, si crecí en una familia fidelista y
    si toda mi vida ha transcurrido en Cuba. Temor, admiración, respeto,
    devoción, duda, incredulidad, rencor, desprecio y, por último, la más
    absoluta indiferencia, fueron las sensaciones que su existencia marcaron
    en mí.

    La noticia de su muerte, pues, no me despierta emociones. Hace poco un
    amigo me decía, sabiamente, que Fidel Castro no era causa, sino
    consecuencia. Me parece una sentencia acertada para resumir la historia
    e idiosincrasia de la nación cubana. Porque los cubanos no somos (no
    hemos sido nunca) un resultado de la existencia de Fidel, sino a la
    inversa: la existencia de un Fidel fue posible solo gracias a los
    cubanos, más allá de las tendencias políticas o ideológicas, más allá de
    nuestras simpatías o rencores. Sin nosotros (todos) no se hubiera
    sostenido el poder de su larga dictadura.

    Por eso aprovecho esta, su muerte definitiva, para brindar sinceramente,
    no a su memoria, sino por la nuestra. ¡Que no nos falte nunca más la
    memoria, para que no olvidemos estas décadas de vergüenza, para que no
    se repitan más Fideles en esta tierra! Y brindo también, con toda mi fe,
    para celebrar la oportunidad que esta venturosa muerte abre a la nueva
    vida que habremos de edificar al fin en paz y concordia todos los cubanos.

    Source: El anciano dictador murió hace mucho tiempo –
    www.14ymedio.com/nacional/Fidel_Castro-Muere-Opinion-Miriam_Celaya-Cuba_0_2115988383.html

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