La libreta del hambre
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    La libreta eterna
    “Con la libreta nadie puede vivir, pero sin la libreta hay mucha gente
    que no puede vivir”, dicen muchos cubanos en la actualidad
    Redacción CE, Madrid | 16/11/2016 10:13 am

    Ha terminado en una larga agonía. Una muerte por adelgazamiento
    aplazada. Y no hay gran mérito en ello. La llamada “libreta de
    abastecimiento” en Cuba, es no solo un símbolo del fracaso del sistema
    imperante en la Isla, sino también ejemplo de las contradicciones que,
    en ocasiones, paradójicamente contribuyen a dilatarlo, aunque sea de una
    forma indirecta.
    La cuestión fundamental es que la libreta tiene dos aspectos, aunque se
    tiende a enfatizar uno y olvidar el otro. Siempre se la menciona como el
    instrumento que regula la cantidad que se puede adquirir de un producto
    alimenticio, desde frijoles hasta alguna mezclada denominada “café” por
    el régimen. Esta función reguladora y restrictiva es objeto de crítica,
    en Cuba y Miami desde hace décadas.
    Pero hay otra función que cumple dicho documento regulador, y es la de
    canasta básica de alimentos: un medio que permite la adquisición de
    alimentos subsidiados. En este sentido libretas o cartillas similares
    han existido en otros lugares, y siempre se les ha visto en un sentido
    positivo. De hecho, si la cubana termina por desaparecer, es posible que
    el Gobierno se vea obligado a poner en práctica alguna forma de
    subsidio, para un grupo básico de alimentos, destinado a las familias
    menos favorecidas.
    El gobernante Raúl Castro se refirió años atrás a este sentido, y no a
    la función igualitaria que con poco éxito la libreta ha desempeñado
    durante décadas.
    Resultó conveniente cuando se impuso un enfoque más realista sobre la
    situación en la Isla, y comenzaron a publicarse cifras más cercanas a la
    realidad en cuanto a datos productivos, así como críticas puntuales a
    establecimientos, entidades y normas. Pero ese enfoque realista no ha
    ido muy lejos al no aplicarse a profundidad las reformas necesarias para
    superar las deficiencias.
    Hoy la libreta solo resuelve, a duras penas, la alimentación por algunos
    días, y continúa provocando rechazo, en ocasiones más que cualquier otro
    sentimiento y opinión, pero en la práctica el cubano se ha visto
    obligado, cada día más, a prescindir de ella por lo inútil. Ese abandono
    involuntario —producto de la necesidad y no de la abundancia— ha
    relegado a la libreta a un segundo o décimo plano, sin que por ello se
    haya logrado aún relegarla al olvido.
    Desde el inicio hubo una confusión semántica, alimentada por el propio
    Gobierno cubano, en que la libreta fue al mismo tiempo “de
    racionamiento”, una terminología preferida por el pueblo y en especial
    por la ciudadanía descontenta, y libreta de abastecimiento, nombre
    utilizado por las instancias gubernamentales. Pero en teoría el
    racionamiento implicaba la existencia de artículos que la población
    tenía el derecho a adquirir de forma regulada para lograr una
    distribución igualitaria. Racionar era un mecanismo de distribución
    social que soslayaba el dinero en favor de brindar un reparto
    equitativo. Mientras que el abastecer se fundamentaba en la capacidad
    del Estado para darle a los ciudadanos lo necesario para la satisfacción
    de sus necesidades.
    De esta manera, el concepto de racionamiento imperó durante los primeros
    años del triunfo revolucionario y partía del fundamento del reparto de
    lo existente. A partir de que ese “existente” fue languideciendo o
    desapareció, primó el concepto de abastecer en base de la creación
    material por parte del Estado. Solo que dicha creación nunca ha pasado
    de una ilusión y la libreta nunca ha dejado de ser un modelo
    distributivo más cercano a la ciudad amurallada y rodeada por el
    enemigo, que extiende al máximo lo poco que conserva o que logra burlar
    el cerco (y de ahí el uso del término “bloqueo”) simplemente con el
    objetivo de sobrevivir.
    El gobierno de Raúl Castro ha intentado romper este cerco con el
    establecimiento de lo que vendría a ser una ciudad o un mundo paralelo,
    donde la distribución pierde su carácter de protección y se limita a la
    práctica de la ley de la selva: los más aptos comen y los demás mueren,
    languidecen o son comidos.
    Por supuesto que ambos mundos producen situaciones de ansiedad en la
    población. Si se depende de la libreta nunca se sabe que será
    abastecido, incluso en los renglones más habituales de distribución
    mensual, y el sujeto vive a expensas de la capacidad del Estado —léase
    Gobierno— para cumplir su función, incapaz de ejercer su voluntad y
    presa del sometimiento. Por otra parte, el otro mundo le permite actuar
    de acuerdo a sus capacidades —dentro, por supuesto, de los límites
    establecidos—, pero lo condena a otra angustia: la falta de apoyo y el
    recurrir solo a uno mismo. La libreta desaparece y vuelve a regir la ley
    de la oferta y la demanda.
    El que la libreta nunca se limitara solo a una medida económica, sino
    que fuera esgrimida como norma política, le sirvió al régimen para
    acrecentar todo tipo de desviaciones sociales —donde la envidia y el
    resentimiento jugaron un papel fundamental—, y por ello siempre a sido
    ajena al supuesto objetivo igualitarista bajo el cual fue creada.
    De ahí que en la actualidad la libreta —ese documento burdo, casi
    siempre sucio y gastado por el uso— continúe formando parte de esa
    amalgama de limitaciones y desaciertos que caracterizan a la situación
    cubana actual, en lo social, económico y político. Es cierto que brinda
    unos pocos productos con un valor de cambio subsidiado. Pero al mismo
    tiempo, los precios de los mismos artículos, cuando se adquieren “por la
    libre” son excesivos, incluso en comparación con el mercado
    norteamericano. Esto, por supuesto, sin tomar en consideración la
    diferencia abismal entre los salarios entre las dos naciones.
    Como los productos por la libreta no cubren ni remotamente las
    necesidades mínimas y el problema de la falta de alimentos en los
    establecimientos estatales es ya una situación endémica en Cuba, el
    Gobierno ha intentado organizar un poco mejor la economía, combatir la
    corrupción e incentivar ciertos sectores productivos como el
    campesinado. Hasta ahora, con resultados muy limitados.
    En buena medida, lo que impide el avance tecnológico es el tratar de
    mejorar un modelo obsoleto. Es como empeñarse en echarle aceite a los
    ejes de una carreta tirada por bueyes, con la ilusión de que va a poder
    competir favorablemente contra un tractor.
    La conclusión es que, al tiempo que el aparente esfuerzo por disminuir o
    eliminar la hipertrofia de la superestructura gubernamental de la Isla
    se ha convertido en una especie de “mover fichas”, sin resultados
    notable, tampoco se han realizado otras trasformaciones que se requieren
    para iniciar al menos la adecuación de la estructura económica a la
    realidad del país, desde la disminución del número excesivo de centros
    universitarios hasta el traspaso de ciertas funciones del comercio
    minorista y mayores servicios a manos privadas, más allá de
    restaurantes, peluquerías y reparaciones de artículos caseros y personales.
    Tras las primeras esperanzas de cambios, además del uso de la represión,
    el Gobierno de Raúl Castro depende cada vez más, para su legitimidad, de
    la herencia revolucionaria legada de su hermano y no de una eficiencia
    pretendida y no alcanzada.
    La libreta “se ha venido convirtiendo, con el transcurso de los años, en
    una carga insoportable para la economía y en un desestímulo al trabajo,
    además de generar ilegalidades diversas en la sociedad”, dijo Raúl
    Castro al comienzo de su mandato, cuando hablaba de la eliminación de
    “subsidios y gratuidades indebidas”. Por entonces se pensaba que la
    nueva política sería subsidiar a personas con bajos ingresos, ya no
    productos. Pero poco o nada se ha avanzado en este sentido.
    “Con la libreta nadie puede vivir, pero sin la libreta hay mucha gente
    que no puede vivir”, dicen muchos cubanos en la actualidad.
    En marzo de este año, el programa humorístico cubano Vivir del cuento
    realizó un sketch en que el personaje “Pánfilo” soñaba que había
    desaparecido la libreta de abastecimiento.

    Source: La libreta eterna – Noticias – Cuba – Cuba Encuentro –
    www.cubaencuentro.com/cuba/noticias/la-libreta-eterna-327689

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