La libreta del hambre
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    Los grandes disparates de Fidel Castro
    MIGUEL COSSÍO
    Especial / el Nuevo Herald

    “Me quito el nombre”, exclamaba Fidel Castro en 1970 cuando alguien
    tímidamente se atrevía a esbozar la posibilidad de que no se lograrían
    los 10 millones de toneladas de azúcar. No se lo quitó y los 10 millones
    no fueron.

    El espejismo de aquella zafra se evaporó como la espuma del guarapo y en
    el 2005 apenas se alcanzaron un millón y medio de toneladas de azúcar,
    la producción más baja en un siglo. La nación pasó de la frase del
    hacendado José Manuel Casanova “sin azúcar no hay país” a la nueva
    aseveración de Castro: “El azúcar es la ruina de la economía cubana”.

    Así ocurrió con todos sus proyectos económicos y sus visiones
    futuristas: de metas imposibles a catástrofes permanentes.

    El viraje retórico de Fidel Castro era otra de las expresiones de su
    carácter autoritario y sus aspiraciones colosales. Creía que podía
    cambiar el mundo a su voluntad, y que si algo no cumplía sus deseos era
    necesario destruirlo. La combinación de su autoritarismo político y su
    voluntarismo económico es la explicación más gráfica de la dictadura que
    le impuso a Cuba. A ello se sumaba su concepción apocalíptica de la
    vida. Para él todo era una consigna necrológica: Libertad o Muerte;
    Patria o Muerte; Socialismo o Muerte. Todo debía terminar en la
    inmolación colectiva del pueblo.

    A comienzos de la revolución, Castro aseguró que de no haber otros
    alimentos, la población comería malangas, hoy un producto casi en
    extinción en la vida nacional. Sus planes no tenían límite e iban desde
    la desecación de la Ciénaga de Zapata en 1959, con la idea de producir
    ahí todo el arroz que consumiría el país, hasta la construcción de una
    central termonuclear en Juraguá, que por suerte quedó suspendida después
    de la tragedia de Chernobyl, en 1986.

    Los disparates del comandante incluyeron experimentos de nombres tan
    esotéricos como el gandul, la espirulina, los zapatos kikos plásticos,
    el café con chícharo, el tomate hidropónico, el plátano microjet, la
    hamburguesa de soya, la masa cárnica, la pasta de oca, el picadillo
    extendido, el yogurt de búfala, la morcilla de vaca viva, la tilapia, la
    vaca enana, el níquel de Moa, la planta de vidrio de Las Tunas,la
    textilera Celia Sánchez, el complejo lácteo de La Habana, el PPG, los
    pedraplenes, la zeolita, la Batalla de Ideas y la Operación Milagro. Sin
    olvidar la carretera de ocho vías cuya ruta Castro trazó con un plumón
    rojo sobre un mapa de la isla.

    Todos esos proyectos resolverían los problemas nacionales y al final,
    como presumió en 1962, Cuba tendría “un nivel de vida superior al de los
    Estados Unidos”. Mientras tanto estableció la libreta de racionamiento.

    En 1965, declarado “Año de la Agricultura”, Castro anunció que la leche
    se distribuiría libremente en el interior del país y que “la gran
    batalla de los huevos había sido ganada”. Pero con el tiempo, los huevos
    empezaron a desaparecer, porque esa producción se basaba en la
    importación de pienso para alimentar a las gallinas, que no pudieron
    seguir cumpliendo las promesas del gobernante.

    Por esa época Castro afirmó que “las condiciones del clima y la tierra
    en Cuba eran superiores a las de Europa” y que “usando la técnica y la
    ciencia difícilmente pudiera haber un país en el mundo que compita con
    nosotros en producción agrícola”. Cuba podría producir –según sus
    cálculos– más leche que Holanda, más carne que Nueva Zelanda o
    Argentina, más arroz que China, más café que Brasil, más plátano que
    toda Centroamérica junta, más naranjas que la Florida, mejores pastas
    que Italia, helados Coppelia más sabrosos que los Howard Johnson, quesos
    de mayor calidad que los franceses y hasta fresas, uvas y vinos
    inigualables. En 1966 Castro prometió que en un año el huerto nacional
    daría espárragos: “Tendremos sopa de espárragos en lata por primera vez
    en la historia del país”.

    Bajo el lema de “que el Cordón de La Habana sea un jardín”, afirmó en
    1968 que la capital del país iba a “autoabastecerse de leche, queso,
    mantequilla, arroz, frutas, vegetales y viandas y que incluso produciría
    importantes excedentes para la exportación”. Esta fantasiosa historia
    había empezado con la adquisición de un veterano toro canadiense,
    naturalizado como Rosafé. Por esos días, Castro había leído Dinámica de
    los pastos, del científico francés André Voisin, y creyó descubrir la
    piedra filosofal de la ganadería: hacía falta una vaca biónica, capaz de
    resistir el clima tropical, producir leche y carne en grandes
    cantidades, y consumir lo menos posible. Así nació la idea de las F-1 de
    gen rojo, un cruce de vacas Holstein y Cebú.

    Enseguida surgió el “Hipotálamo”, un experimento que consistía en
    enclaustrar a las vacas en naves especiales donde recibirían aire
    acondicionado en la cabeza y hasta música clásica indirecta para
    estimularles el sistema glandular y lograr una mayor producción de leche.

    Pero no existía un Viagra vacuno y el pobre Rosafé rindió sus armas con
    honores, no sin antes dejar una herencia revolucionaria de 200 ámpulas
    de semen congelado.

    A finales de 1967 los proyectos agropecuarios seguían siendo
    desbordantes para una isla de sólo 110 mil kilómetros cuadrados. Pero la
    geografía nunca fue un problema para sus iniciativas. Así ordenó la
    constitución de la brigada invasora Che Guevara, con la misión de
    arrasar decenas de miles de hectáreas de bosques para ganar espacios que
    se destinarían a la ganadería y la siembra de caña. Desde entonces las
    sequías en Cuba son más prolongadas y el clima es cada vez más impredecible.

    Tras el fracaso de la zafra de 1970, Castro inauguró el primer edificio
    de viviendas construido por las microbrigadas, pero como nunca se
    produjo cemento suficiente y los recursos se fueron desviando para otros
    planes suyos, la ilusión también se desmoronó como las casitas del
    cuento de Los Tres Cochinitos. El déficit actual de viviendas en Cuba
    constituye uno de los más graves problemas sociales del país.

    El 16 de enero de 1982 Fidel Castro se anotó un tanto. Ese día vio
    materializados por fin sus engendros ganaderos en los atributos mamarios
    de Ubre Blanca, una F-2 Holstein-Cebú. La vaca ingresó en el libro
    Guinnes con una producción de 109.5 litros de leche en tres ordeños, una
    “hazaña sin precedentes en los anales de la ganadería mundial”, según un
    informe no corroborado de la Unión de Periodistas de Cuba. Pronto Ubre
    Blanca rompió su propio récord al producir 24,268.9 litros de leche en
    305 días de lactancia. Pero la responsabilidad de alimentar ella sola a
    los niños de Isla de Pinos reventó al famoso animal.

    Ubre Blanca murió a los 13 años rodeada de elogios, fotos con el
    Comandante en Jefe y hasta de un obituario oficial en el periódico
    Granma. Fue disecada y colocada en una estructura de cristal en el
    Centro de Salud Animal a las afueras de La Habana y se le erigió una
    estatua de mármol en Isla de Pinos. Castro desafió a la ciencia y ordenó
    conservar algunos tejidos de la vaca para su clonación, olvidando que
    toda cadena evolutiva es, como demostró Darwin, un proceso en el tiempo
    y en las circunstancias, y no se puede violentar de una generación a otra.

    La partida de Ubre Blanca no detuvo a Castro, quien en 1991 ideó un
    nuevo concepto ganadero: las vacas sin pienso. Los animales tuvieron que
    modificar sus gustos y comer caña enriquecida con torula. El final no
    podía ser otro. De los ocho millones de cabezas de ganado que tenía el
    país a inicios de la revolución, queda menos de la mitad.

    A Castro no le bastó con el ganado vacuno y, tras algunos ensayos con
    las aves y los búfalos, en 1989 decidió importar dromedarios para la
    Guerra de Todo el Pueblo. De Australia llegaron los primeros 23
    animales, a fin de procurar su adaptación para utilizarlos como
    vehículos en la defensa en las montañas de Cuba. Pero los rumiantes se
    enfermaron de las patas y las vías respiratorias. En el 2004 sólo
    quedaban tres de aquel grupo de vanguardia.

    Y estos son solo algunos entre un abultado catálogo de desmanes. Lo
    inconcebible es que este hombre haya gobernado y destrozado el país a su
    antojo durante cinco décadas. De él no quedará nada. Ni siquiera lo que
    el viento se llevó.

    Source: Los grandes disparates de Fidel Castro | El Nuevo Herald –
    www.elnuevoherald.com/noticias/mundo/america-latina/cuba-es/article117208273.html

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