La libreta del hambre
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    Sin azúcar y sin país
    ROBERTO ÁLVAREZ QUIÑONES | Los Ángeles | 29 de Noviembre de 2016 – 14:02
    CET.

    “Sin azúcar no hay país”, decía una muy popular frase en Cuba,
    atribuida al hacendado cubano José Manuel Casanova. Siempre pensé que
    era una exageración, un decir. Pero estaba equivocado, Fidel Castro
    demostró que era verdad.

    Hoy en la Isla no hay azúcar, y tampoco país, pues, ya en ruinas, suelta
    los pedazos y es el fantasma de la otrora próspera nación que llevamos
    en la memoria quienes vimos al barbudo comandante entrar en La Habana en
    1959.

    Pretender abarcar en un solo trabajo periodístico el devastador legado
    económico del Führer cubano, ya definitivamente fuera del escenario
    político, no es viable. Me limitaré a la industria azucarera, la espina
    dorsal de la economía cubana desde fines del siglo XVIII.

    De entrada, Castro convirtió a nuestro país en importador de azúcar,
    luego de haber sido el mayor productor y exportador mundial durante más
    de un siglo y medio. La producción azucarera cayó al mismo nivel de
    1894, cuando la Isla era colonia de España.

    En 2002 Fidel tuvo una “perreta” debido a la ineficiencia azucarera y,
    sin convocar al Consejo de Ministros o al Buró Político del Partido,
    ordenó desmantelar 95 de los 156 centrales azucareros del país y reducir
    la superficie cañera de dos millones de hectáreas a 750.000. Luego se
    desmantelaron otras cinco fábricas. Quedaron en pie 56.

    Y él declaró por la televisión: “el azúcar es la ruina del país”.
    Calificó de “disparate” la actividad azucarera. Todo ello cuando el
    precio mundial del azúcar comenzaba a repuntar por la escasez de oferta.
    Desde el 2000, antes de la rabieta de Fidel, el precio aumentó en un
    8,8% anual, y de seis centavos la libra llegó a 31 centavos en 2010,
    récord en 32 años. Luego ha oscilado en torno a los 20 centavos. Hace
    unos días, el 28 de noviembre, el azúcar se cotizó a 19,98 centavos en
    el mercado de Nueva York.

    Parte de la cultura nacional

    El azúcar se enraizó en la cultura y el paisaje cubanos por casi 200
    años. Recuerdo que de niño cuando yo dibujaba un bohío de guano, alguna
    vaca pastando y palmeras, siempre incluía una espigada chimenea a lo
    lejos echando humo. Los centrales azucareros eran una constante en la
    imaginería infantil isleña.

    El azúcar comenzó a obtenerse en forma sólida hace 2.500 años en la
    India y en Persia. La caña de azúcar ya se conocía en Nueva Guinea hace
    8.000 años. La palabra azúcar viene del vocablo árabe hispano
    “assukkar”, que se origina del árabe clásico “sukkar”, a su vez tomada
    del griego “sakjar”, derivada de la palabra persa “sakar”.

    A España la caña la llevaron los árabes, Cristóbal Colón la introdujo en
    La Española en su tercer viaje, en 1498, y Diego Velázquez la llevó a
    Cuba en 1523. Haití, con mano de obra esclava era ya en 1750 el mayor
    productor y exportador mundial de azúcar. Pero en 1791, aprovechando el
    caos resultante de la Revolución Francesa, estalló la insurrección
    liderada por Toussaint L’Ouverture y los esclavos haitianos destruyeron
    los ingenios en los que eran explotados.

    Ello propició una colosal expansión en Cuba, convertida en la azucarera
    del planeta.

    Este auge lo aceleró la llegada de la Revolución Industrial a la Isla.
    En 1819 se introdujo en el ingenio Cambre, de Pedro Diago, en Güines, la
    primera máquina de vapor en el mundo que sustituyó a los bueyes para
    mover los molinos. En 1850 se instaló por primera vez a nivel mundial,
    en el ingenio Amistad, de Joaquín Ayestarán, también en Güines, la
    primera centrífuga, que sustituyó el sistema de purgar el azúcar con barro.

    Ya con el más alto nivel tecnológico en materia azucarera, el 19 de
    noviembre de 1837 Cuba se convirtió en el primer país de Latinoamérica
    con ferrocarril, segundo del continente luego de EEUU (Albany, 1831), y
    el séptimo en el mundo, 11 años antes que en España (aún hay quienes
    dicen que el primer ferrocarril en territorio español fue el de
    Barcelona a Mataró, en 1848), y sólo 12 años después de estrenarse el
    primer tren de la historia entre Stockton y Darlington, Inglaterra.

    Para que las carretas de caña tiradas por bueyes no se atascaran (muchas
    no llegaban al ingenio) con las lluvias, se construyó un primer “camino
    de hierro” de 50 kilómetros entre Güines y La Habana, cuando muchas
    naciones europeas aún lo no tenían, y antes que los mayores países
    latinoamericanos: México (en 1850), Brasil (1854) y Argentina (1857).

    También los habaneros viajaban en cómodos coches “con ventanillas
    corredizas, el techo cubierto con cuero muy fuerte, cojines de paño en
    los asientos, molduras y manijas de bronce”,segúnlas crónicas de la época.

    Cuba fue la azucarera del mundo durante más de 160 años. En 1894 la Isla
    alcanzó el millón de toneladas métricas (1,1 millones), un tercio de
    toda el azúcar producida globalmente. Con la guerra de independencia la
    producción cayó, pero en 1905 se produjeron 1,3 millones de toneladas
    métricas en 174 ingenios. Y en 1925 la zafra llegó a 5,1 millones de
    toneladas métricas. Una de cada cuatro libras de azúcar producidas en el
    mundo era cubana.

    En 1940 Cuba devino el productor de azúcar de caña más eficiente
    mundialmente al registrar un 13,17% de rendimiento industrial: por cada
    100 partes de peso verde de la caña se extrajo más de 13 partes de
    azúcar. Algo nunca visto. En los años 50 la Isla exportaba la mitad de
    toda el azúcar mundial, con una producción entre 5,3 y 7,1 millones de
    toneladas métricas, en 161 fábricas y un rendimiento industrial promedio
    de 12,7%, el mayor del planeta.

    Desde 1934 hasta 1959 las exportaciones cubanas de azúcar hacia EEUU se
    rigieron por un sistema de cuotas de importación fijadas por Washington,
    que pagaba un precio superior al del mercado mundial. Era ese el Mercado
    Preferencial Azucarero de EEUU para Cuba y otros países azucareros. Por
    entonces la Isla exportaba a EEUU más de tres millones de toneladas
    métricas anuales.

    La plaga Castro-Guevara

    Algo que la propaganda fidelista distorsionó es que si bien en la
    primera mitad del siglo XX el grueso del capital invertido en la
    industria azucarera era estadounidense, para mediados de la centuria eso
    había cambiado con el avance de lo que Manuel Moreno Fraginals llamó la
    “sacarocracia criolla”.

    En 1939 eran propiedad de hacendados cubanos 56 centrales, que producían
    el 22% del azúcar. Pero en 1958, con 121 de los 161 centrales (36 eran
    de capital norteamericano y otros cuatro de otras naciones), los
    industriales cubanos producían el 67% del azúcar. Ese porcentaje habría
    seguido subiendo en los años sucesivos.

    Pero llegó Castro y, asesorado por el Che Guevara, a fines de 1960
    estatizó toda la industria azucarera. En solo dos años la producción se
    derrumbó de 6,8 millones de toneladas métricas a 3,8 millones en la
    zafra 1962-1963.

    El “genial” dueto Castro-Guevara consideró que Cuba no podía depender
    más del azúcar y que había que industrializar el país. El 23 de febrero
    de 1961 el dictador creó el Ministerio de Industrias y puso de ministro
    al Che —hasta entonces presidente del Banco Nacional de Cuba—, a cargo
    de las industrias del país nacionalizadas cuatro meses antes.

    Mostrando su ignorancia olímpica en economía, Castro y el Che no
    advirtieron que solo exportando azúcar podrían obtener las divisas para
    instalar fábricas. El ministro argentino viajó por el mundo y gastó
    cientos de millones de dólares en la compra de plantas completas , casi
    todas obsoletas tecnológicamente. Y se desmantelaron 130.000 hectáreas
    de caña.

    La plaga Castro-Guevara se propuso realizar buena parte de la cosecha
    cañera con trabajo voluntario para forjar la “conciencia
    revolucionaria” y crear el “hombre nuevo” comunista.

    Con la consigna “Que no quede una caña en pie”, desde 1961 los
    cañaverales fueron invadidos por oficinistas, médicos, ingenieros,
    obreros, profesores, artistas, y otros profesionales que machete en
    mano cortaban la gramínea cómo podían en jornadas extenuantes.

    Fue implantada la “emulación socialista”. Las brigadas de macheteros
    —habituales o “voluntarios”—, compulsadas a ganar la banderita de la
    emulación (los estímulos monetarios estaban prohibidos), arrojaban
    resultados desastrosos. Al cortar las cañas dejaban unos tronquitos de
    hasta tres pulgadas en la parte baja, que es la más rica en sacarosa.
    Esa azúcar se perdía y obligaba a emplear equipos pesados para arrasar
    los campos y sembrar caña nueva para la siguiente cosecha, lo cual
    elevaba los costos.

    También el corte inadecuado arriba dejaba caña en el cogollo (parte
    verde de donde salen las hojas y que no contiene azúcar), o quedaba
    cogollo en la caña que iba para el central. Eso bajaba el rendimiento
    industrial.

    Costaba más transportar, albergar, avituallar y alimentar a aquellos
    improvisados macheteros citadinos —que seguían cobrando su salario
    normal— que el dinero que generaban con su trabajo. Los costos por libra
    de azúcar superaban el precio en el mercado mundial.

    “Los diez millones van”

    La zafra solo se recuperó a fines de los años 60 cuando la Unión
    Soviética, interesada en tener en Cuba una “cabeza de playa”
    político-ideológica para expandirse hacia Latinoamérica, comenzó a
    subsidiar las zafras, incluyendo los camiones, equipos, fertilizantes,
    pesticidas, etc.

    La URSS enviaba el algodón que en Ariguanabo y otras textileras se
    transformaba en tela dura para ropa de trabajo. Las camisas y pantalones
    “de salir” casi desaparecieron y la industria del calzado casi solo
    producía botas y zapatos “de trabajo”. De paso, Castro prohibió celebrar
    la Nochebuena, Navidad, Fin de Año, Año Nuevo y el Día de Reyes, porque
    interferían con la zafra.

    En el delirium tremens de su megalomanía, el caudillo quiso realizar en
    1970 la mayor producción azucarera lograda jamás en la historia
    universal: 10 millones de toneladas métricas. Fueron virtualmente
    paralizadas las restantes industrias al compás de la febril consigna
    “Los diez millones van”. El músico Juan Formell se lo creyó y creó la
    orquesta de Los Van Van.

    Ni había caña suficiente, ni capacidad industrial para ello. El ministro
    del ramo, Orlando Borrego, se lo dijo a Fidel y fue destituido al
    instante. Además, una gran producción derrumbaría el precio del azúcar,
    pues Moscú compraría solo 3,5 o cuatro millones de toneladas métricas y
    el resto aumentaría la sobreoferta que ya había internacionalmente. Se
    produjeron 8,5 millones de toneladas métricas a un costo tan alto que el
    país entró en una recesión de varios años.

    Durante 30 años, hasta su desintegración en 1991, la URSS gastó miles de
    millones de dólares para mantener y ampliar la producción azucarera
    cubana (que alcanzó nuevamente ocho millones en 1990), y construyó seis
    grandes fábricas. Y pagaba a Castro 45 centavos por libra de azúcar
    cubana, mientras en el mercado mundial estaba a cinco centavos o menos.
    Un subsidio fabuloso que se multiplicaba con la reexportación de parte
    del petróleo soviético gratis “asignado” por Moscú. Al desintegrarse la
    URSS la zafra se hundió, hasta el día de hoy.

    Logro fidelista: importar azúcar

    Si a Julio Lobo, Pepe Gómez Mena, los Falla Gutiérrez o los Fanjul (los
    productores cubanos de azúcar más poderosos en los años 50) les hubiesen
    dicho que Cuba tendría que importar azúcar para cubrir el consumo y
    cumplir sus compromisos de exportación (que ahora prácticamente se
    reducen a 400.000 toneladas métricas destinadas a China), se habrían
    desternillado de la risa.

    Pero lo absurdo devino realidad. A fines de 2001 los cubanos vieron
    sorprendidos que procedían de Brasil las cinco libras mensuales de
    azúcar sin refinar que les entregaban mediante la “libreta”. Según el
    Gobierno brasileño, entre 2001 y 2006 esa nación exportó a Cuba 384.204
    toneladas métricas de azúcar. Y Colombia le exportó 425.609 toneladas
    métricas de azúcar refino entre 2002 y 2006. En 2005 Bielorrusia exportó
    a Cuba 50.000 toneladas métricas de azúcar de remolacha. Y también de
    República Dominicana y hasta de EEUU (el colmo) Cuba ha importado azúcar.

    Por otra parte, desde 1967 los rendimientos cubanos de caña por hectárea
    son los más bajos de las Américas y probablemente del mundo. Luego de
    1960 nunca los cañaverales cubanos han llegado siquiera a las 69-72
    toneladas de caña por hectárea del promedio mundial. Según la Oficina
    Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), desde 2002 el promedio
    cubano ha oscilado entre 24 y 41 toneladas por hectárea.

    En Perú, Guatemala y Colombia obtienen entre 93 y 120 toneladas; Brasil
    entre 80 y 90; El Salvador, 82; Honduras, 70; México 75-85 toneladas.
    Antes del castrismo ninguna nación latinoamericana superaba a Cuba en
    rendimientos cañeros. Y en la industria, la dictadura admite que la
    eficiencia hoy apenas supera el 10% de obtención de azúcar por cada 100
    partes de caña verde.

    Sin azúcar, ni etanol

    En la última zafra, la de 2015-2016, la producción azucarera no llegó a
    los 1,6 millones de toneladas métricas, de las cuales unas 700.000
    corresponden al consumo nacional. O sea este año se produjo tres veces
    menos que en 1925.

    Y ello ocurre cuando el precio mundial del azúcar ha subido a su mayor
    nivel en los últimos cuatro años. La Organización Internacional del
    Azúcar (OIA) prevé un déficit de azúcar de 6,7 millones de toneladas
    métricas y que no habrá azúcar suficiente para cubrir la demanda global
    a corto plazo. Y cualquier precio superior a los 20 centavos la libra
    supera los costos de producción y da ganancia, según los expertos.

    Si Fidel no hubiese destruido la industria azucarera y Cuba en 2016
    hubiese producido seis millones de toneladas, la Isla habría podido
    exportar 5,3 millones de toneladas, por valor de 2.332 millones de
    dólares, tres veces más que los ingresos netos por el turismo.

    Además, Cuba podría ser un importante exportador de biocombustibles. Con
    un millón de hectáreas de caña (la mitad de las que había en 2002)
    destinadas a producir solamente etanol, con un rendimiento como el de
    Brasil, de 7.500 litros por hectárea, la Isla podría producir 7.500
    millones de litros de etanol, que a 1,60 dólares el litro habrían
    significado probablemente unos 12.000 millones de dólares, seis veces el
    ingreso por turismo.

    Pero el comandante calificó de “monstruosidad” producir biocombustibles
    con alimentos como la caña y el maíz.

    Cuba podría también desarrollar una gran industria de derivados de la
    caña para producir y exportar papel, madera de bagazo para la
    construcción y muebles, electricidad, fertilizantes, medicamentos y
    alimento animal. Una sólida industria de la caña podría generar hasta
    13.000 millones de dólares anuales.

    Hoy los cubanos que viven en la Isla no tienen idea de que los hermanos
    Fanjul, industriales azucareros cubanos despojados de todos sus bienes
    por Fidel Castro, producen actualmente más de siete millones de
    toneladas de azúcar en sus fábricas de EEUU, México, República
    Dominicana, Canadá, Gran Bretaña y Portugal.

    La catástrofe azucarera es solo un capítulo dentro del cataclismo
    causado a Cuba por el dictador que más tiempo ha gobernado en la
    historia moderna. Pero solo por haber destrozado el ancestral “sueldo”
    de Cuba, lejos de ser absuelto por la historia el dictador mayor fue ya
    condenado y enviado por los cubanos al noveno círculo del infierno, ese
    que Dante Alighieri reservó para los peores tiranos.

    Para expresar el cataclismo económico causado por Fidel Castro le doy
    la palabra, con tristeza, a Luis de Góngora: “ayer maravilla fui/ y hoy
    sombra de mí no soy”.

    Source: Sin azúcar y sin país | Diario de Cuba –
    www.diariodecuba.com/cuba/1480424560_27052.html

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