La libreta del hambre
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    De la energía nuclear a la moringa, los proyectos inacabados de Fidel Castro
    MARIO J. PENTÓN , Miami | Diciembre 02, 2016

    Una mole gris se levanta en el horizonte de la bahía de Cienfuegos. La
    inmensa cúpula del reactor nuclear de Juraguá, surcada por el óxido y el
    abandono, destaca como el mayor de los sepulcros de un período
    voluntarista y de construcciones gigantescas que Fidel Castro impulsó
    por todo el territorio nacional a imitación de la Unión Soviética. A la
    larga, la mayoría de estos proyectos fueron abandonados o fracasaron,
    pero el costo en vidas y recursos jamás ha sido suficientemente
    reconocido, coinciden distintos especialistas.

    “Estas obras gigantescas eran necesarias para alimentar el ego de una
    persona a quien la Isla le quedaba pequeña. Todo debía ser hecho a
    imagen y semejanza de su creador. Él se percibía grande y las cosas
    debían estar a su estatura”, opina el académico Sebastián Arcos, del
    Centro de investigaciones cubanas de la Universidad Internacional de
    Florida (FIU).

    El ejemplo más emblemático de estas obras faraónicas inacabadas es la
    central nuclear de Juraguá, bautizada por el Gobierno como “la obra del
    siglo”.Tras la firma de un acuerdo con la URSS en 1976, los trabajos
    empezaron en la década de los ochenta y la construcción de su reactor
    costó 1.100 millones de dólares. Miles de personas, de toda Cuba, fueron
    movilizadas. La Ciudad Nuclear se ha convertido hoy en un sitio casi
    fantasmagórico, lleno de escombros y suciedad, con un considerable
    impacto negativo para su entorno.

    Estudios independientes calculan que su funcionamiento habría podido ser
    letal por los niveles de radiación de plantas similares. Muchos dicen
    que era del mismo modelo que la planta de Chernobyl, aunque los dos
    reactores obedecían a un diseño de segunda generación que no tenían los
    que se dañaron en la URSS. Las obras, que see detuvieron cuando llevaban
    más de un 50% de avance, nunca fueron terminadas, aun cuando tras el
    colapso de la URSS se ofreció a otros países concluirlas. Hoy son pasto
    de los “picapiedras”, personas que desmantelan kilómetros completos de
    estructuras para sustraer las cabillas y otros elementos constructivos
    para venderlos en el mercado negro.

    Otro ejemplo es el Cordón de La Habana. “A Castro le dio por pensar que
    porque sembráramos cafetos en los alrededores de la ciudad podríamos
    exportar más café que Brasil”, señala Arcos.

    El Cordón fue una obra que volcó a estudiantes, profesores y
    trabajadores a largas jornadas de trabajo voluntario. En 1968, durante
    la “ofensiva revolucionaria”, se quiso resembrar las expropiadas fincas
    que desde los tiempos coloniales abastecían a la urbe. La orden era
    plantar café y gandules. Se trataba de crear un jardín que hiciera
    desaparecer la escasez del producto y proveyera de alimentos a la
    ciudad. El resultado fue la agudización de las penurias para conseguir
    frutas, viandas y hortalizas y un estrepitoso fracaso que nunca devolvió
    el café a las cafeteras criollas.

    A pesar de podría ser autosuficiente, según el economista Carmelo Mesa
    Lago, en 2012, Cuba importó alimentos por valor de 1.600 millones de
    dólares, una cifra que alcanzó los 1.800 millones en 2013.

    Jorge Salazar Carrillo, profesor de Economía y director del Centro de
    Investigaciones Económicas en la FIU, cree que uno de los principales
    fiascos de los primeros años del castrismo fue la Ley de Reforma Urbana.

    “Entre 1959 y 1960 comenzaron aplicando descuentos de hasta un 50% en
    los alquileres de las ciudades y luego eliminando incluso la posibilidad
    de tener más de una propiedad. El resultado de esa medida fue que se
    paralizó prácticamente la construcción en toda Cuba. Hasta ese momento,
    la Isla vivía un boom constructivo que nunca más conoció”, señala el
    profesor, que trabajó en el primer Gobierno revolucionario.

    El problema de la vivienda en la Isla es crítico. En 2012, el censo de
    población realizado por el Gobierno arrojó que existían unos 3.882.000
    hogares, para una población de alrededor de 11 millones de habitantes.
    Las condiciones habitacionales son malas en más de un 40% de los
    inmuebles, según datos oficiales, muchos de ellos construidos antes de
    la Revolución. Las autoridades han reconocido que se necesitaría
    construir al menos un millón de casas nuevas para solucionar esta
    situación, por lo cual diversas familias deben compartir espacios
    reducidos o reformar antiguas casas para convertirlas en viviendas
    multifamiliares, con el consabido deterioro arquitectónico y los
    problemas de hacinamiento.

    “Algo elemental es que las personas no tienen estímulo para construir ni
    para restaurar las casas. Hay una parte de la población que no tiene la
    posibilidad económica y otra que ni siquiera tienen títulos de
    propiedad, porque les dieron los inmuebles en usufructo”, explica el
    académico. “A la larga, en vez de solucionar un problema, lo que sucedió
    fue que se creó uno más grande”, añade Salazar Carrillo.

    La génesis de las obras gigantescas de Castro hay que buscarla en la
    desecación de la Ciénaga de Zapata. El proyecto se planteó con la
    llegada de los rebeldes al poder. El mayor humedal del Caribe, con una
    extensión de unas 300.000 hectáreas, por voluntad expresa del Máximo
    Líder debía ser convertido en productivos campos de arroz.

    En 1961, Castro dijo: “Hay un plan de desecación de 5.000 caballerías.
    Es un proyecto que ya se comenzó a ejecutar”. Sin embargo, jamás llegó a
    concluir. La pobreza de los suelos para el cultivo, así como el daño
    irreparable del ecosistema y el costo elevadísimo en recursos, hicieron
    que los dirigentes abandonaran la idea.

    La reforma agraria, que le otorgaría tierras a cada campesino y
    convertiría a Cuba en el mayor vergel de América elevando la producción
    de azúcar a niveles históricos, fue otro de los estrepitosos fracasos.

    El investigador Francisco José Díaz-Pou, que colabora con Caribbean
    Basin Research Institute, explica que en las zafras azucareras de los
    años 50 el país producía más de seis millones de toneladas de azúcar,
    aunque había más capacidad de instalada y más caña por moler.

    Con la expropiación de los centrales azucareros y la apropiación por
    parte del Estado de la mayoría de las tierras, la producción decreció y
    comenzó el racionamiento. En 1970, Fidel Castro anunció uno de los
    proyectos más desastrosos que dejó su mandato: la épica zafra de los 10
    millones.

    “Fidel Castro lo hizo por su ego, para hacer la zafra más grande que
    había tenido Cuba”, explica Díaz-Pou. Todas las fuerzas productivas
    fueron movilizadas para conseguir el logro de ese objetivo. En un país
    de corte socialista, hasta la cultura servía a intereses
    propagandísticos. Una agrupación decidió tomar el nombre de la consigna
    que por entonces estaba en boga, “de que van, van”, y así surgieron los
    Van Van.

    “Fue un desastre. A partir de entonces nunca se alcanzaron las cifras de
    producción anteriores. Acabó con las instalaciones industriales al
    someterlas a esa presión. En cuanto al rendimiento agrícola fue mermando
    también y nunca más se ha recuperado”, agrega.

    De ocho millones de toneladas de azúcar, Cuba en los últimos años ha
    pasado a producir apenas 1,3 millones, cifras similares a las
    producciones de inicios del siglo XX.

    A finales de los sesenta, Fidel Castro se concentró en la ganadería.
    Según el autoproclamado “Ganadero en Jefe”, Cuba produciría más leche
    que Suiza. “Para llegar a este plan gigantesco necesitamos tener por lo
    menos 5 millones de vacas de cría y un millón y medio de las de leche.
    Nuestra tierra da para eso. Todavía vemos infinidad de pedazos de
    terreno llenos de manigua, marabú, mal cultivados por dondequiera”,
    decía el entonces mandatario.

    El delirio vacuno de la Revolución llegó a su clímax cuando la vaca Ubre
    Blanca produjo 109,5 litros de leche en tres ordeños en 1982, entrando
    en el libro libro Guinness de los récords. La rumiante, que era tratada
    con honores, falleció prematuramente. Le fue erigida hasta una estatua
    de mármol en la Isla de la Juventud. Los sueños de autoabastecerse de
    leche se fueron con ella.

    En 2007, Raúl Castro, sucesor de su hermano en el poder, decía: “Hay que
    producir leche para que se la pueda tomar todo el que quiera”. En Cuba,
    este producto, como la mayoría de los de la canasta básica, se encuentra
    racionado. Los niños pueden recibir leche hasta los siete años y el
    privilegio se extiende a unos pocos adultos por motivo de enfermedad.

    El listado de proyectos gigantescos e igualmente ineficaces no paró de
    crecer ni siquiera con el fin del subsidio soviético que Mesa Lago cifra
    en 65.000 millones de dólares en 30 años. La Batalla de Ideas, con sus
    cientos de miles de graduados universitarios, miles de maestros
    emergentes, instructores de arte, profesores integrales; las marchas del
    pueblo combatiente y las tribunas abiertas, sustituyeron a proyectos
    económicos en tiempos de crisis.

    En el ocaso de su vida Castro estaba empeñado en el último de sus
    grandes proyectos: producir a escala industrial la moringa, un árbol
    milagroso del que dijo, era “fuente inagotable de carne, huevo y leche”.
    Tenía planes para crear fincas en toda la Isla dedicados a su cultivo,
    pero la muerte se lo impidió.

    Source: De la energía nuclear a la moringa, los proyectos inacabados de
    Fidel Castro –
    www.14ymedio.com/nacional/nuclear-proyectos-inacabados-Fidel-Castro_0_2119588021.html

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